Cómeme (Alicia en el país de las maravillas, 1951)

“- ¿Me podría decir cuál es el camino que debo seguir?
- Eso depende de dónde quieras ir.
- Es que no sé donde quiero ir.
- Entonces da igual el camino que escojas”.

Gato puñetero.

Existe una delgada línea entre el inconformismo crónico, la inestabilidad emocional, la desidia, la indecisión y el quererlo todo y no querer nada. Entre ser un culo veo culo quiero y un obsesionado con la superación personal. Peor aun cuando se confunden entre ellas.

Engañados por el cine que nos prometió una vida llena de emociones, amores, duelos al sol y demás escenas míticas, vivimos en una meseta aburrida y monótona: Uno es pequeño, estudia en el colegio, en el instituto, primeros amores, universidad, becas, primer trabajo, primer trabajo estable y a partir de ahí la línea se torna horizontal para llegar a adulto-mayor-viejo-anciano (no diré una cifra para no acordarme de mi misma y toda mi familia cuando llegue) y comenzar a descender.

Pobre Alicia, la vida de los cuentos es mucho más interesante. Solo el amor puede hacer que esa línea horizontal se convierta en una auténtica cordillera. Crear inestabilidades emocionales para tener una vida no mediocre. Quiero empequeñecer para colarme por la cerradura de la puerta que yo misma cerré. Cómeme, bébeme. Dos ofertas difíciles de rechazar, suenan realmente deliciosas. Queremos hacernos gigantes para aplastar al gusano que nos incomodó pero señora no me confunda, yo no soy ninguna serpiente.

Algunas personas viven en una constante búsqueda del amor. Quizá encuentren a alguien que englobe todo lo que siempre han querido en un compañero de vida, pero no es suficiente. La curiosidad sigue ahí para tentarte, es el demonio de tu hombro izquierdo o un conejo blanco que llega tarde. Cuando parece que has alcanzado la meta, que puedes sentar la cabeza, centrarte en un amor, aparece la indecisión para pitarte en los oídos y penetrarte hasta el cerebro. La meta es solo un espejismo.

Escojan entre a donde deberían ir y a donde quieren ir. Difícil elección, ¿verdad? La primera resulta soporífera y la vida es demasiado corta como para desperdiciarla con deberes. Normalmente se toma una decisión sopesando las pérdidas y no los placeres que obtendríamos. No sufrimos síndrome de Peter Pan, es Alicia quien nos atrapa. No se engañen: no es que no queramos crecer, es que no queremos elegir.