Mi doppelgänger (Twin Peaks: Fuego camina conmigo, 1992. David Lynch)

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Todo era más que un sueño, todos lo son. Uno que nunca tuve y que nunca volví a tener.

El tren arribó puntual como cada mañana, pero no era una mañana cualquiera. La multitud anónima se reunió ante las puertas del vagón mientras una extraña neblina secaba mis parpados. Algo no iba bien, era evidente. Similar al denominado “efecto túnel”, mi campo visual se reducía por los laterales concentrándose en la figura de un joven, que mezclado entre los viajeros, perturbaba el simple acto de caminar. Las puertas se abrieron y todo mi cuerpo noto una fulminante sensación de fatiga.

Descendimos del vagón e intente fijarme en la señalización que revelaba el nombre de la estación. Sus letras se difuminaron hasta convertirse en ininteligibles. Sin embargo, conocía ese lugar. Se trataba de la estación central de Chamartín, no había duda. Una vez refugiado, al menos, en un lugar reconocible que me tranquilizase, perseguí a quien me inducía ese extraño malestar. Lo localicé entre las decenas de personas. Se encontraba de espaldas, era de mi misma estatura y edad. Me resultaba extrañamente familiar. El recorrido hacia las escaleras que daban acceso al largo pasillo que conducía a la entrada de metro se hizo incalculable. La distancia entre nosotros era elástica, se estiraba, se contraía y volvía a estirarse. Lo perdía entre la gente, lo volvía a encontrar. Mi confusión se aceleraba.

Al fin, los avanzados del grupo giraron y comenzaron a bajar las escaleras pudiendo observarlos, en esta ocasión, de frente. En realidad, no me fije en sus rostros, no gozaban de mi atención. Me detuve, él tendría que bajar. Es entonces cuando pude ver su cara. De ahí hasta el despertar, mi sueño se convirtió en un grito ahogado. Me encontraba en estado de pánico, petrificado. Joder, ese joven que me atemorizaba era yo mismo. Percibí su energía, su espíritu. La cabeza me iba a estallar, ¿Como podría concebir esta situación? Estaba muerto de miedo, horrorizado. Entonces la estación se evaporo y con ello mi sueño. Abrí un ojo, y esa extraña sensación no desapareció. He sentido miedo otras veces, pero nunca como aquella vez. Nunca.

El miedo es una emoción tan desagradable, que podríamos hacer cualquier cosa con tal de alejarla. Al igual que el amor, nos induce a cometer cualquier acto de imprudencia. Nos vuelve locos. La sensación de amar y temer nos convierte en seres desequilibrados. Incluso hay gente que va más allá y combina las dos emociones. Aman el miedo y temen el amor.

Cuando estas sumido en la mierda, en un vacío tal que no encuentras sabor ni en un dulce ni en el carmín de unos labios, tu cuerpo abandona el gusto por los placeres terrestres. Pero los experimentas, con mayor rapidez, con mayor frecuencia. Necesitas dejarte llevar por el día y sentir cada segundo de la noche, volar con drogas o ahogarte en orgasmos irreverentes. Nadie puede sujetarte de cerca, porque estas lejos, muy lejos. ¿En quien puedes confiar? En nadie. ¿A quien puedes amar? A nadie. Solo existe una sensación, el miedo. Te invade y te consume.

El miedo es el alimento de los poderosos. Perciben tu olor a distancia y lo utilizan para sostener sus posiciones sociales. Incluso una persona valiente y llena de bondad puede caer en las fauces de esta emoción inducida, incluso una localidad entera. Laura sucumbió y Twin Peaks se sumió en la desesperación de su muerte. No os pido que dejéis de temer, el miedo nos hace inteligentes. Temed y amad, pero intentad mantenerlas a raya. Sino estas dos emociones pueden acabar por destruiros.

La noche se convierte en el hábitat natural de las almas destripadas. El maestro Buñuel plasmó a estas criaturas en el baile denominado ‘Carne Radioactiva’ en un club de New York en su enésima obra maestra ‘Simón del desierto’. El aprendiz David Lynch hizo lo propio en un antro semivacío que alberga mujeres semidesnudas. En estos clubs el mañana no existe, porque el tiempo nunca llegará a ellos. Es donde tus ansias de sentir quedan, por momentos, falsamente saciadas. La noche es un sedante que adormece nuestra inquietud. La noche es el lugar de Laura. Deseada por todos, amada por pocos.

Volviendo a mi sueño y reflexionando, años después, sobre él, comparecen ante mí varias conclusiones. En esta ocasión, me decantaré por una de ellas. Existen deseos adormecidos dentro de nuestro subconsciente, deseos que desconocemos. Y si alguien o algo lograse introducirse en esos deseos ocultos de nuestro interior y logrará despertarlos de su aletargado estado mediante el miedo. Crearía un doppelgänger. Un duplicado de nosotros mismos que no llegaríamos a comprender pues se compone de todos los rasgo contrarios a nuestra personalidad. Nuestro concepto de dualidad individual. Completamente diferente a nosotros, excepto en su apariencia.

Puede que mi doppelgänger me fuese revelado en sueños. Puede que tenga miedo de algo que desconozco en mi interior. Puede que tenga miedo de convertirme en él, en el joven de mi sueño.

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Comments
2 Responses to “Mi doppelgänger (Twin Peaks: Fuego camina conmigo, 1992. David Lynch)”
  1. Mientras no te lo tropieces en la barra de un bar puedes estar tranquilo, en los sueños los dobles son inofensivos.

    Buena entrada. Un saludo

  2. No creo que sean tan inofensivos. Los sueños pueden llegar a ser tan intensos que es complicado despojarte de las sensaciones que crean en uno. Aun en estado de vigilia siguen muy presentes. ¿No crees?

    Un saludo.

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