El cine de los jorobados

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El script fue una vez musa. Pasaba las tardes fumando con alguien que creo un club para escupir sus penas por él. Era el club de los jorobados. Con la chepa más pronunciada, los dedos amarillos y tras un reencuentro casual, le ha regalado su visión del interior de una sala de cine.

Recuerdo haber ido al cine una tarde dominado por un amor fatigoso, amor antes fogoso.

Recuerdo bien que me llamó mucho la atención que nadie mirara a la pantalla y todos se limitaran, atrofiados en sus butacas, a mostrarme sus cogotes voluminosos.

Estando yo como estaba tan fatigado por padecer un dolor desesperado, decidí levantarme para cerciorarme de lo que estaba sucediendo pues la sala estaba ya a oscuras y los cogotes empezaron ahora a iluminarse con fulgor violentísimo.

Fue en el preciso momento en que pensé en levantar la voz con solemnidad policial cuando un acomodador adolescente, fingiendo claramente una postura de jorobado, me indicó con mirada asesina que regresara a mi asiento.

Sin más, me acerqué a él con la voluntad imperiosa de propinarle una bofetada o una patada en el culo, según se diera, pero el joven deformado, viendo mis intenciones, hizo un gesto evidente y apaciguador para que le siguiera hacia el fondo de la sala.

“No me fío” Pensé

-No me frío.Repitió el acomodador con socarronería.

Si el acomodador trataba de confundirme con su artimaña mental llevaba todas las de perder. Estaba claro que había detectado cierta desazón espiritual en mi manera de andar y pretendía burlarse mis pensamientos.

“Muy bien –me dije- acepto el desafío, mendrugo”

Entonces, forzando una exagerada manera siniestra de darse la vuelta, con voz impostada de oráculo maldito me dijo: “Asumo en mí mismo la personalidad de la desgracia cósmica. A quien mendruga, Dios le ayuda”.

Quedé quieto, sin embargo, con un vigor turbador y cerrando la boca por si las moscas. Me dio dos palmaditas en el hombro, sonriendo. Entendí que se había activado la palanca. Quiero decir que el resorte de los desafíos había comenzado a poetizar mi tremenda borrachera.

El joven acomodador, como salido de una extraña película, fijando con extremo sometimiento su mirada al suelo, comenzó a decirme que todos los que entraban en esta sala no venían precisamente a ver una película. Más bien, interrumpidos únicamente por el rumor del proyector, forzaban una postura inédita. Estaban convencidos de que el peso de un trauma amoroso debía llevarse eternamente acomodado sobre un cogote descomunal.

-¿Quieres decir que están locos? -dije con evidente temor de quien no quiere molestar.

-Iluminan con fuerza el vientre de los termiteros. Me respondió con una nueva frase oscura, llevando sus ojos esta vez a uno de los cogotes de la sala.

-Que mire obsesivamente todos y cada uno de los cogotes de este mundo no significa que esté loco- dijo uno de los asistentes más próximo a nosotros como para auxiliarle- Aunque no deja de ser sospechoso que nos maldiga- matizó, volviendo a agachar tanto la cabeza que la punta de su nariz rozaba la moqueta.

-¿Se ha percatado de que, en el mejor de los casos, la vida es una sombra mal acomodada, acomodador?- dijo otro hombre con un cogote monumental que le impedía mirarnos directamente a los ojos.

Sentí lastima por el joven maldito. Recuerdo que, poseído por un sentimiento de desamparo, le dije muy cerca de su oído de murciélago que aun estábamos a tiempo de unirnos a la fiesta, que el amor que nos había marginado en este saloncito nos iba a brindar el gozo de un cogote montañoso, que debíamos almacenar nuestras sospechas sobre la vida a modo de colmena, sujetos a una escultural joroba.

-El amor es una herida sin futuro de costra, ¿verdad?- me increpó al borde del llanto.

No contesté.

Intercambiando nuestros papeles le indiqué dos asientos vacíos donde podíamos dejar de fatigarnos por la soledad de los abandonados.

Y fue entonces cuando tuve la revelación que cambió mi vida: yo sería siempre un jorobado, una postura tremenda que forzaría obsesivamente hasta encontrar a alguna mujer que me quisiera y adorara a pesar de mi complexión amorfa e irritante.

Sólo de este modo tan espasmódico conseguí ser quien soy ahora: un hombre que nunca va al cine, vive soltero y hace carrera en el oficio de los que pasan siempre inadvertidos. Un hombre que hace poco más que la misma vieja cosa: quejarse como suelo de madera creyendo que el amor es un proyector cósmico que ilumina con fuerza el vientre de los termiteros. Un hombre solo con joroba.

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