Mi Ruby Sparks (2012, Jonathan Dayton y Valerie Faris)

No es que no sepamos lo que queremos. Es que somos unos caprichosos del demonio y después de conseguir la situación/objeto/persona de deseo nos aburre. Ya, ya lo sé, se llama inmadurez y no le sucede a todo el mundo. Que quieren que les diga, tengo 28 años y hace una semana puse mi primera lavadora.

Creo que me enamoro de personajes, situaciones o momentos y luego trato de reproducirlos. Si el susodicho no responde como lo hiceron la primera vez, experimento una decepción frustrante, me desencanto y no doy segundas oportunidades.

Tengo una idea clara de cómo sería mi Ruby Sparks. Les detallo:

Físicamente no sé si querría un Ryan Gosling, un Fassbender o un Leonardo DiCaprio. Dejémoslo en un hombre fuerte, moreno, alto, con cara de cromagnon. A las mujeres nos gusta sentirnos seguras, vernos rodeadas por un gran hombre, creo que un Benicio del Toro sería ideal.

Le imagino algo hortera, destilando la chulería macarra de quien consiguió salir victorioso de un barrio marginal. Un hombre con éxito, que puede vestir una cazadora horrible de piel de serpiente como si fuera una prenda única y básica en cualquier armario masculino, a lo Nicolas Cage en Corazón Salvaje. Que me cante Love me tender al oído subidos en el capo de un coche ajeno y caro.

Su complicada vida le haría valorar la educación y convertirse en un hombre culto. Con marcas de expresión en la frente de leer filosofía. Que mantenga conversaciones como Isaac Davis en Manhattan, que odie a Scott Fitgerald porque todo el mundo sabe que está sobrevalorado.

Sufriría algún que otro problema de estima, nada importante, y estaría especialmente sensibilizado con la idea de la muerte. Amaría imposibles, a mujeres inalcanzables lo que le dotaría de cierta melancolía como Tony Leung en In The Mood for love, y le causaría cierta obsesión con el sexo, ¿por qué no? Le imagino coleccionando cuerpos como Otto en Los amantes del Círculo Polar cuando muere su madre.

En el fondo su vida no avanzaría porque se quedó estancado en el día, que tras acostarse con su profesora de literatura, se dio cuenta que no era más que un niñato.  Fue un joven Max Fisher, solo que su escuela no se parecía nada a Rushmore.

Por supuesto todos estos traumas se esfumarían al conocerme,  lo mandaríamos todo a la mierda y nos dedicaríamos a recorrer el mundo y montar grescas en todos los bares que siguieran abiertos pasadas las 12. Fumaríamos sin parar, leeríamos a Henry Miller y beberíamos mucho whisky, porque díganme, ¿Pediría Humphrey Bogart una ginebra con tónica?