Llévame al cine vida mía

Existe un momento en toda relación emergente que puede destruir o acelerar la aparición del amor: Ir al cine.

Es típico, incluso cultural, que después de los dos o tres casquetes de rigor, cuando dos tortolitos deciden intimar en lo personal y no solo en lo físico, se citen para pasar dos horas bajo el influjo de las imágenes en movimiento. Una no va al cine con cualquiera, tiene que haber algo más, de ahí que esta cita sea tan determinante para el futuro de la pareja.

Digamos que en materia cinematografica de primera cita existen tres tipos de hombres:

– Al primer tipo les llamaremos Los Lumiere. Ellos son los que te proponen ir a la filmoteca a ver una película inédita, muda, normalmente jamás anterior a los años 40, demasiado moderno cualquier cosa posterior. Se adecúan al perfil de profesores universitarios de arte, comunicación, historia. Auténticas enciclopedias andantes. Conocen fechas, detalles de producción, filmografías completas y por orden cronológico de todos y cada uno de los directores clásicos italianos, franceses y demás europeos a destacar. Anclados en la Nouvelle Vague y el neorrealismo italiano suspiran porque cualquier tiempo pasado siempre fue mejor, cinematográficamente hablando, claro está.

– Los Vincent Gallo te llevan a los Renoir, a los Golem, a los Verdi. Cines en versión original. En sus bolsas o mochilas, si siguen siendo estudiantes, podréis encontrar infinidad de papeles arrugados con las fichas de las películas que vieron, quieren o quisieron ver. Se criaron entre cine de serie B, cine indie americano y adoran a Bergman. Se enamoran de Annie Hall y se emocionan con las de Clint Eastwood. Acuden a los estrenos de Gus Van Sant con sus camisas de cuadros y abrigos tres cuartos. En verde militar, a poder ser. Grandes consumidores de series como The Wire, el séquito o Mad Men. En ocasiones el espíritu de Los Lumiere se apodera de ellos, sobre todo durante la pubertad, los años de los primeros escarceos amorosos y el primer ciclo universitario.

– Los Tom Cruise ocupan el tercer lugar. A este grupo pertenecen todos aquellos que exclaman: “¿Ver una película en VO? ¡Yo no puedo leer y ver las imágenes al mismo tiempo!”. Pueden acudir al cine como a la bolera, lo mismo da, y no se sientan en una sala de cine si no llevan su maxicombo con ellos. Engullen palomitas y medio litro de Coca-cola antes de que hayan podido emitir un trailer promocional. Adoran la acción, los efectos especiales, que la sala tenga Dolby Surround y que les den unas gafas en 3D. Se quejan de que a las mujeres les gusten las comedias románticas pero lloran con ellas como s¡ tuvieran doce años y vieron en su día todas y cada una de las mamarrachadas que hizo Jennifer Aniston. Pueden coincidir en algún gusto con los Vincent Gallo, normalmente en Clint Eastwood. Ellos ni siquiera saben de la existencia de los Lumiere y creen que una filmoteca es un lugar donde la gente recoge firmas. Para ellos ir al Kinepolis es un gran plan.

¿Se imaginan que creen que están ante el hombre de sus sueños y, en ese gran momento como es ir al cine por primera vez, les sugieren ver Furia de Titanes II en cualquier cine multisalas de un centro comercial del extrarradio de Madrid? Escogen ese sitio porque “aparcar es mucho más fácil, cariño“. No se alarmen, simplemente no es el hombre de sus sueños.

En el término medio está la virtud, reza el filósofo. Nada más agradable que un Vincent Gallo que de vez en cuando te habla de ese ciclo de la filmoteca, o de esa pequeña joya inédita de [Incluya aquí el nombre de cualquier director europeo] que solo proyectarán durante dos jornadas y sin audio porque no logró rescatarse. Que está cansado y se permite ver a Woody Allen en el cine de debajo de casa, “porque es una comedia y así no nos reimos antes de los chistes”, pero que siempre lleva su tarjeta Renoir en la cartera.

Amor, llévame a ver Lars y hazme tuya para siempre.