Ojalá estuvieras aquí (En la ciudad de Sylvia, 2007. José Luis Guerín)

Cuando eres artista y tu trabajo es crear emociones, el mundo se moldea según tus sentidos. Las flores dejan de aportar olor para sudar una infinidad de colores, el vino consume su sabor para convertirse en palabras de seducción y la entrepierna de una mujer se transforma en corcheas y semicorcheas, abandonando su textura y calidez.

La inspiración se establece como la herramienta de trabajo irremplazable del autor. Sin previo aviso y de forma invisible envuelve sus sentidos en los lugares más insospechados. Cada uno recibe esta energía imperceptible, que semejante a una descarga eléctrica recorre nuestro cuerpo, abriendo puertas entornadas que dejan el espacio suficiente para poder estudiar su interior. De esta manera, se impulsa el talento de cada cual.

Hablo en plural y de forma global, pues la inspiración no esquiva a nadie. Sin excepción, la obtenemos y la expulsamos convertida en melodías, palabras escritas, imágenes en movimiento, guisos caseros o, que sé yo, nuevas posturas sexuales.

La inspiración atribuida a lugares y situaciones concretas no implica un problema. Al menos a mí. En cualquier momento puedes recurrir a esas experiencias almacenadas en tu mente o visitar esos lugares físicos inamovibles donde se percibe esta grata esencia que golpea tus puntos emocionales como la primera vez. Ahora, pensad que esos mismos lugares y momentos concretos fueran evocados irremediablemente por culpa de una persona especial, por un ser que altera tu estado de ánimo, por una mujer que destripa tu alma. Esto si es un problema. Estos lugares y momentos quedan impregnados en tu memoria por culpa de su divina presencia. Ella posee tus carencias y tus virtudes. Se transforma en tu musa, tu inspiración. Todo apostado a un solo número. Y de repente ocurre la fatalidad, ella desaparece. ¡¡PALM!! Tus puertas parecen cerrarse de golpe y el mundo se vuelve ciego, sordo y mudo. Tu talento y tus entrañas pasan a pertenecer a otra persona.

Esta situación es uno de los grandes miedos de nuestro tiempo, más aun si tu estabilidad depende de ello. Miedo a confiar los secretos de tu corazón a alguien que pueda especular con ellos. Es muy recurrente y a la par contradictorio anhelar la sensación de sentirse completo y a su vez desestimar la propuesta de experimentarlo. Todo por miedo a perder esa sensación, una sensación que aun desconoces.

Hace años, cuando iba al instituto, llegó a clase una chica estado unidense de intercambio. Ella era muy mona y un amigo mío enloquecía cada vez que la veía. Sorprendentemente al preguntarle si le gustaría conocerla, él me respondió que no. Argumentó que estaba seguro de que se enamoraría  de ella y que no podría soportar su vuelta a EEUU. Interpuso una posible experiencia ansiada por las consecuencias irremediables que esta le supondría. Un sistema defensivo muy humano, aunque no compartido. ¿Por qué endulzar el café con dos terrones de azúcar sin siquiera experimentar su amargo sabor?

En su eterna búsqueda de la belleza, el artista tiende a idealizar el instante perdido o ensalzar a la mujer desconocida. En ocasiones, al conjunto de las dos. Acojona y mucho el hecho de basar toda tu agudeza artística en el fugaz instante de una situación concreta. De una noche perfecta. De un rostro borroso. De un amor efímero.

Él (Xavier Lafitte) vuelve a la ciudad donde encontró a la mujer que destripa su alma. El encuentro con ella fue fugaz y sus recuerdos quedaron garabateados en su memoria de forma irregular. Concienzudo, con la esperanza de encontrarla, indaga en los rostros y expresiones de las mujeres que inundan la ciudad. Para reconstruir su rostro olvidado recurre a un viejo cuaderno donde traza partes de la anatomía de diferentes mujeres. Porque ella es diferente a todas, pero obtiene lo mejor de cada una.

A mi entender, Jose Luis Guerín, uno de los grandes referentes cinematográficos de este país, es un auténtico enamorado del cine y  lo demuestra desde el concepto de esta cinta que lleva una de las máximas del cine al extremo: Todo lo que puedas explicar con imágenes no lo hagas con dialogo. Y como buen director vanguardista y experimental lo hace con una elegancia inusual en los tiempos que corren. La película es un juego de miradas, de gestos de complicidad, de tímidas sonrisas, de estudio insaciable de la belleza. Una autentica delicia.

El barcelonés elige la bellísima ciudad de Estrasburgo como epicentro de la acción y de paso, le sirve al protagonista como mapa hacia el encuentro de la mujer que envenena sus noches. Aunque, solo descifrando quien es ella se podrá descubrir su paradero.

Ella es la nuca desnuda de una mujer y las mejillas sonrojadas de otra, es el sabor de una pinta de cerveza y el aroma del humo de un cigarro, es la taberna Les Aviateurs y los acordes de That Woman de Migala, es un graffiti de una pared blanca, la suave luz matutina que entra por la ventana y un paseo por las calles de la ciudad, es la espera en la parada de un autobús o un largo cabello alborotado por el aire. Ella se encuentra en cada rincón compartido de Estrasburgo. Su nombre es Sylvia, y todo transcurre en su ciudad. En la ciudad de Sylvia.