Operación fracaso por Nacho Vigalondo (The Tenant, 1976. Roman Polanski)

El script está comenzando a salir de esa amargura adolescente. Ya no ve el futuro tan negro y empieza a creer que quizá algún día pueda tener un mejor puesto en el equipo de realización.  Recuerda cuando hace unos años se descojonaba con Código 7   y hoy, Nacho Vigalondo  descubre sus entrañas para hablarle de The Tenant. A veces las cosas pueden salir bien.

No se cuántas veces he visto The Tenant (El quimérico inquilino en España), pero puedo decir cuáles de esos visionados han sido los más reveladores para mi, el primero y el último.

La vi por primera vez en algún punto de mi época universitaria. Había llegado al campus con una cinefilia más bien pobre a cuestas, y fue gracias a Borja Cobeaga y su gigantesca videoteca familiar, levantada con asombrosa pasión y conocimiento por Mamen, su madre, que pude rellenar ciertos agujeros vergonzosos. Uno de los descubrimientos de entonces fue esta película, descatalogada por aquella época, de Roman Polanski. La disfruté muchísimo, pero, ahora lo reconozco, de una forma un tanto… universitaria. Había visto las películas que todo el mundo había visto de Polanski, sabía de las circunstancias amargadas de su autor durante su rodaje, conocía de refilón la obra de Roland Topor, el autor de la novela adaptada, así que pude interpretar la película en relación a su posición en el mapa. También me sorprendió lo actual que era el negrísimo humor de la película, tan próximo al de los comics norteamericanos indies que se publicaban en España por aquel entonces, con las obras de Daniel Clowes en cabeza. De hecho, ‘El quimérico inquilino’ me pareció un antecedente directo de ‘Como un guante de seda forjado en hierro’, esa pequeña obra maestra de la desorientación y el horror.

Supongo que contemplé la película desde todos los ángulos, siempre desde fuera.

La última vez que la vi, hace un año más o menos, se invirtieron los papeles. Esta vez era la película la que me señalaba a mí con el dedo.

Imaginad Alien contada desde el punto de vista del bicho. Un ser que nace en un entorno cerrado hostil, donde todos los demás seres vivos quieren acabar con él por algo de lo que él no puede sentirse culpable, o sea, nacer a través del estómago de alguien. La criatura deambula por un negro laberinto sin salida mientras evita ser asesinado por los demás, matándolos antes con sus manos desnudas y devorando sus cadáveres por puro instinto de supervivencia. El pobre animal consigue esconderse en un rincón, pero al final es descubierto y arrojado al vacío infinito del cósmos negro.

Desde el punto de vista de los humanos, Alien es una película de terror en el sentido más tradicional, en el que un grupo de personajes tienen que enfrentarse a una amenaza que viene a romper el orden establecido. Sin embargo, desde el punto de vista del bicho, Alien es una pesadilla existencial.

El personaje que interpreta Roman Polanski en The Tenant no es un jóven con las hormonas disparadas, ni un padre de familia, ni un aristócrata, ni un agente de la ley, ni nadie que pueda representar una estructura social a punto de ser amenazada. Él es, precisamente, la amenaza, el intruso, el fastidio. El vecino que hace ruido por la noche, que pone trabas a la hora de pagar el alquiler, un patoso que no es simpático, ni interesante. Es el equivalente no cómico de Peter Sellers en El Guateque. ¿Os imagináis qué sería El Guateque si no fuese una comedia? Exacto, sería una pesadilla existencial.

El relato ni siquiera le concede una mínima dignidad como antihéroe. Durante la escena en la que se cita con el personaje de la bellísima Isabelle Adjani, su objeto de deseo, todos damos por hecho que la situación va a desembocar en un cruel desencuento. Y, en efecto, la noche termina en fracaso, pero porque ella no quiera acostarse con él, sino porque él se queda dormido en sus brazos.

Supongo que si en mi época universitaria sólo contemplé la película desde la distancia de las referencias cruzadas y demás juegos culturales es porque con esa edad no te puedes permitir identificarte con un personaje que no folla porque se queda dormido. Cuando eres más joven sólo puedes proyectarte en un macho alfa, o en un perdedor en la tradición de Woody Allen. Alguien que triunfa en la cama, o alguien que triunfa contando cómo fracasó. Pero con treinta y tantos eres más realista a la hora de fantasear con tus propios límites. Con el rabo entre las piernas te das cuenta de que The Tenant es algo más que un ejercicio kafkiano. Es una mano tendida a todos los que estamos habituados a la catástrofe en las distancias cortas, ya sea perdiendo la llave del buzón u olvidando sistemáticamente los cumpleaños. A todos los que somos o fuimos el vecino que no cumple, el despistado de la familia, el trabajador desordenado, el amigo impuntual, el amante calamitoso. A todos los que nos hemos sentido inadaptados pero nos pillaban demasiado lejos las ojeras de los personajes de Tim Burton o las chaquetas de pana de los de Wes Anderson. Para todos los que hemos fracasado a última hora de la noche sin poder contarlo al día siguiente, The tenant es nuestra película de terror.

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