Mis domingos Vol.2

– Despertarse poco a poco, mientras Otis Redding te acaricia suavemente con su These arms of mine y tú responderle haciéndote la perezosa bajo las sábanas.

– Aliñar el desayuno con un baile agarrado mientras rueda un disco de Vinicius de Moraes con su Maria Creuza derramando Eu Sei Que Vou Te Amar.

– Ponerte seria con el tema Bella del Señor, la niña bonita de Anagrama, ese título que fue respuesta a tu pregunta a una de las mujeres más cultas y elegantes del norte de España sobre la novela romántica del siglo pasado, y que tú te atreviste a recomendar sin haberla leído.

– Refugiarte en cualquier película de Woody Allen, ese hombre que te acompaña como ninguno en tus soledades desde la primera vez que fuiste sola a una sala de cine con aquellas Melinda y Melinda.

– Espantar los monstruos pintándote los labios de rojo para ir a tomar el vermut, les da miedo porque dicen que es de niñas malas.

– Que mientras paseas por los lomos de tu biblioteca te topes con Seda, el libro que una voz en un arrebato de romanticismo te leyó a través del teléfono capítulo tras capítulo, tarde tras tarde, hace ya no sé cuántos inviernos… bajarlo para releer, volverlo a subir, tú no te dejas al borde del suspiro cada vez que pronuncias Hervé Joncour.

– Que el dulce de la tarde sea el Over the Rainbow de Andrea Motis.

– Prepararte una sesión doble como las de antes, pero con Antes del amanecer y del atardecer, para ir abriendo boca para la medianoche.

– Que te digan que te pongas la mejor de tus sonrisas y el mejor de tus vaqueros, que te llevan a esa pizzería riquísima a dos manzanas de casa que regenta el venezolano con la barba más carismática de la condal y que no deja que te vayas sin invitarte a un par de cervezas.

– Cerrar los ojos mientras suena ese cuento narrado a piano que es Leaves on the Seine de David Lanz.