Cuento de invierno: ‘Nunca me pidas que deje de beber’ (Leaving Las Vegas, 1995. Mike Figgis)

“- La verdad es que hoy quiero morirme un poco.
– A mi me ocurre todos los días, pero tranquila. Se pasa.”
Extracto real de conversación por DM entre La Culpa es del Script (@henarconh) y Álvaro Merino (@WillyGChristmas), autor de este precioso cuento. Le agradecemos que escupiera aquí sus entrañas, vuelva cuando quiera.

Caía ya la heladora niebla de Domingo de Invierno en la Capital de Provincias, y el grupo de amigos adolescentes se despedía de otra de esas larguísimas semanas de Instituto en los recientemente abiertos Multicines. Él, que no ligaba, fiel seguidor de Gasset-Dubois, sugirió aquella tarde ir a ver ‘Leaving Las Vegas’, que se acababa de estrenar en el Festival de Donosti; como el speed criminal de los 90 anulaba voluntades, el grupo le escuchó, como siempre, aunque con el secreto deseo de que la peli fuera un tostón y martirizarle con ello el resto del mes.

El caso es que vieron la película con atención esta vez, sobrecogidos como el resto del público de la sala, y absorbidos por aquella historia de alcoholismo, mafia y prostitución. Pero, sobre todo, de amor, pensó Él. El amor de dos personas al límite, conscientes de ello, de dos “pobres de espíritu” que no iban a dejar herencia ni heredar nada, y mucho menos el Reino de los Cielos; el amor de Ben, un alcóholico irredento y en proceso de autodestrucción y Sera, una prostituta solitaria y abrumada por los traumas.

¿Nunca han visto una película dónde no dejan de fumar y tienen esa necesidad constante de encenderse un cigarrillo? Pues eso nos ocurrió con el whisky. Joder, qué ganas de beber… Y sin discusión, en media hora, el grupo se encontraría en un parque, haciendo eso que con los años empezaría a llamarse botellón, y calmando lo que ignoraban era un considerable síndrome de abstinencia, producto del ciegazo que se habían cogido la noche anterior. De haber sabido que, con los años, se iban a convertir casi todos en alcohólicos funcionales (los que siguieran vivos), seguramente aquella noche no hubieran infringido el pacto tácito de no beber los Domingos.

Él siempre se había sentido ajeno a aquel grupo de “amigos” con los que le gustaba salir, desfasar, y poco más. Nunca se sintió ciudadano de la Capital de provincias en la que le había tocado nacer, así que aquella tarde, mientras se empachaba de Calimocho del malo (que ya es redundar), pensaba en Las Vegas, en ser anónimo y libre, en bares abiertos 24 horas y hostales donde no hicieran preguntas; En poder desaparecer entre la multitud y permitirse ser él mismo, sin juzgar ni ser juzgado… Pero sobre todo, pensaba en Sera, en Elizabeth Shue: Fantaseaba con ese amor  incondicional y sin ataduras que solo pude forjarse en una relación en la que nadie puede ni quiere reprochar, limpia de puro sórdida, necesariamente al límite del abismo… Con ese vértigo angustioso pero dulce que sólo da la cercanía del desastre o de la muerte, y que Él tardaría pocos años en experimentar por sí mismo, al despertar siendo meado por un perro en el suelo de La Latina, por ejemplo, o en aquel coma de cuatro días tras su primer intento de suicidio.

Aunque participaba en aquellos juegos absurdos cuya finalidad era beber a lo bestia, trataba de mantenerse digno; sobre todo por evitarse el penoso proceso de vomitar, o volver a casa de sus padres y desmayarse en plena cena. (Refugiándose en el Cine, de hecho, viendo dos o más películas diarias, encontraría en el futuro la adicción sustitutiva al alcohol que necesitaba, siempre provisional, siempre con planes de futuro que nunca llevaría a cabo…  Porque Él, como el resto de su grupo, acabó siendo un alcohólico de manual. De los de carajillo mañanero.)

Con las primeras congelaciones de extremidades, por fin, Él y Ella, pudieron huir del grupo y charlar, de una vez, de aquella maravilla que les había arañado tanto sus agitados corazones de chavalillos: Se referían al amor de Ben y Sera, más que a la película en sí, (Lo suficientemente increíble como para que fuera superfluo decir nada de ella). Ella le  monologueó apasionadamente sobre la fascinación que creía haber sentido, de aquello que sólo ella creía haber percibido, pero coincidiendo finalmente con él en que aquella historia de amor era “la más romántica posible”. Decididos a encontrar a su Ben y Sera respectivos y por ciertas excentricidades que no citaré por prudencia, en su futura vida en Madrid, la ciudad que hicieron suya, Ella llegaría a ser conocida como “La Emperatriz de Lavapiés”… Háganse una idea.

Aquella noche, él tardó en conciliar el sueño más de lo habitual. Su insomnio ya era galopante. No sabía si tomar la firme e irrevocable decisión de beber hasta estallar, a modo de suicidio lento. La cumplió, admitiendo los vómitos, el malestar crónico y la incapacidad de vivir dignamente. Lo había visto en aquella y alguna otra peli… A su Sera la buscó mediante el poco científico método de acostarse con todo Madrid. Buscó y dió con psicópatas, cocainómanas, actricillas de cuarta… (No premeditadamente, aún hoy éste es su “tipo” de mujer)… Hasta que la encontró. No era prostituta, pero por todo lo demás, era la mujer perfecta para la catástrofe: Con ella vendrían años de alcohol y amor siempre al borde del precipicio, un precipicio fascinante, divertido y de una intensidad abrumadora, pero tan cercano al abismo que Él cayó.

Casi una década perdida después toma  la medicación y cae fulminado. Trastorno Bipolar y Alcoholismo (Dos años en abstinencia). Sus pastillas son tan brutales que ya no siente frustración, ni lamenta haber tirado por la borda una prometedora carrera de Guionista… Porque cumplió su principal propósito, su “objetivo”, satisfizo la necesidad autodestructiva con la que nació: Consiguió adoptar el alcohol como modus vivendi, y enamorarse perdidamente de una mujer problemática e inalcanzable, pero que le adoraba tal como era.

Eso sí, es posible que, mientras duerma, sí que sueñe; Sueñe con su Madrid, con su chica, con el perro que le meó, con las arcadas del amanecer, con el éxito, su fracaso, las mil historias que contar, los ridículos, la euforia del amor, la vergüenza… Y sólo se arrepienta de una cosa: Que aquella historia no tuviera el final que merecía, el de ‘Leaving Las Vegas’.

Leaving Las Vegas 1