Nostalgia (II):(Días de radio,1987. Woody Allen)

“A Barney Dunn, el ventrílocuo tartamudo, se le hubiera roto el alma de saber que Danny Rose, el peor representante de artistas jamás recordado en el ‘Out-Broadway’, era el causante último de que le hubieran partido todos los huesos; pero es que justo ese día homenajeaban a Harry Block con una Bar Mitzvah Galáctica en la misma Universidad de donde fue expulsado por copiar en el examen de metafísica del alma de su compañero… Y como no había empezado el tercer pase de ‘Sopa de Ganso’, y aún no había encontrado del todo la esencia de la felicidad, el Gángster/Guionista Nick Valenti se largó al estadio de los Brooklyn Dodgers con el Mago Voltan y el Pintor Minimalista Sueco: El Himno Nacional lo iba a cantar Carmen Miranda acompañada de George Gershwin, Mario Lanza, y un tal Leonard Zelig impostando a Cole Porter… Porque no era cuestión de molestar a Louis Levy, el filósofo ateo judío, que la vida era tan maravillosa como él aseguraba, que no podía simplemente ‘salir por la ventana’… Hay que comprender, perdonar y amar.” (Breve compendio de la obra de Woody Allen escrito por un afectado de Transtorno Límite de la Personalidad)

Con tal batiburrillo en la cabeza, yo, bastante cínico a mis veinte años, en el fondo no me decepcioné porque Carmen no volara en el muelle de Pont Neuf mientras bailábamos ‘I’m through with love‘: Después de ‘Poderosa Afrodita’ o ‘Acordes y Desacuerdos’, ya sólo quería una novia tonta, o mejor aún, muda (MATADME), pero sobre todo comprensiva: A esas alturas, pese a toda mi arrogancia juvenil, ya me sentía como el segundo mejor guitarrista de Manouche del mundo. Un Don Nadie al fin y al cabo, con algún tipo de talento quizá, pero claramente destinado al fracaso; y por eso siempre intuí que necesitaba a alguien extraordinariamente especial a mi lado… Tanto, que al final me quedé solo. Disparando ratas en la vía del tren.

Tengo 35 años. Nací en 1977, cuando se estrenó ‘Annie Hall’… De algún modo imaginativo se puede decir que Woody Allen lleva toda la vida conmigo.
Viví intensamente como espectador su Época Dorada (De 1983 a 2005, de ‘Zelig’  a ‘Match Point’, con sus habituales salvedades-petardetes ); Algunas las ví demasiado pronto, otras las entendí demasiado tarde; reí con sus artículos, me enamoré de su Jazz de Nueva Orleans, revisité una y otra vez sus mundos… Pero ninguno como el mundo de ‘Días de Radio‘, película que siempre me fascinó, que me hizo bailar y cantar sus canciones, reír y revivir sus chistes, aunque no la entendiera del todo hasta que me hice mayor. Y nostálgico de un pasado que no he vivido, como creo que ya he mencionado en alguna parte.

Supongo que a cualquier cineasta que pueda hacer lo que le da la gana le llega la edad en que necesita hacer su Amarcord personal. A Fellini le salió de maravilla, aunque nadie entendiera un carajo, pero la necesidad de contar batallitas de infancia y adolescencia, cuando llegas a los cuarenta o cincuenta, es tan humana que, si te lo puedes permitir, no te cortas un pelo y lías a medio Brooklyn o Rímini para que reconstruyan el hábitat de tus recuerdos, revivan al Vengador Enmascarado o a la Gradisca, y te trasporten, al menos durante un ratito, a la playa de tu infancia y la Volpina, al Radio City Music Hall y su Orquesta … Y ojalá algún día al Viejo Estadio de ‘Las Gaunas’ del desaparecido Logroñés, y al ‘Tato Abadía’ (Todos fantasmas de otro mundo a estas alturas).

Desde el minuto cinco de ‘Días de Radio’, tras un arranque especialmente divertido, Allen ya deja funestamente claro que Ahora, todo ha desaparecido. Solo quedan los recuerdos… Te empapa de su desolación por el presente sin ni siquiera mencionarlo; y luego te divierte increiblemente durante ochenta minutos para dejarte al fin con un extraño regusto de melancolía, su melancolía, la que esparce a lo largo de todo su cine pero que concentra aquí como nunca. Puede que en un desesperado intento de deshacerse de ese lastre, y dejar el resto de su filmografía libre de vistazos atrás (algo que, con el tiempo, sabemos que nunca conseguiría. En absoluto).
Porque el cine de Woody Allen, y como quintaesencia esta película, es, básicamente, éso: Una comedia tan dulce que no sabes si enamorarte, llorar, bailar o morir a carcajadas, pero que te destroza cuando acaba. De hecho, ‘Dias de Radio’ lo tiene todo, incluida la Nostalgia final, sello consciente de la casa. Supongo que es ésto lo que nos hace adorar a Woody Allen. Y a su cine, tan parecido a la vida. Divertido, intenso, emocionante… Pero breve, muy breve. Y triste, al final. Sin excepciones.

Y sí, con los títulos de crédito iniciales de Woody Allen (Blanco sobre negro, la tipografía de siempre, alguna música evocadora) es con los que más suelo llorar. Aunque sea la primera vez que vea la película en cuestión.

De hecho, ya estoy llorando por ‘Blue Jasmine’.

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