Encerrados en un ajustado traje de etiqueta (El Ángel Exterminador, 1962. Luis Buñuel)

En la creación de cualquier proyecto, sea cual sea, nuestros allegados juegan un papel fundamental. La familia, los amigos y la pareja hacen que no decaigamos; y otros, que casualmente también forman parte de nuestra familia y amigos, crean obstáculos con los que estamparse. El apoyo en cualquier aventura puede ser tan crucial como el inicio de ella. Aunque claro, más valiente es aquel que la emprende y logra con ello generar adeptos que la respalden. Sin iniciativa todo es caos y la larga indecisión solo acrecienta el descaro de aquellos que no dudaran en pisotearte. Sin decisión, cualquier sencillo plan puede convertirse en un imposible, incluso el mero hecho de cruzar una puerta. Esta acción nos será inalcanzable si esperamos que otro la cruce primero por nosotros.

El miedo a ser superado socialmente o dañado sentimentalmente forja la armadura con la que nunca despertamos por las mañanas, pero si portamos frente a ciertos individuos. La armadura de un yo diferente puede quedar estilizada mediante una actitud, un simple traje ajustado de etiqueta o la unión de ambas. El propósito final de estas conductas fingidas se contraponen, y siento que su unión, la actitud generada por vestir un traje ajustado de etiqueta, es peligrosa, altamente peligrosa. Nuestra prudencia e inteligencia velará por nosotros al quedar desnudos ante tal, tanto como moderar nuestros actos ante cual.

Muchos comienzan vestidos por los pies y acaban esparciendo su orgullo y sus secretos por el suelo del salón. En una situación extrema, estos secretos ocultos afloran hasta el punto de exponer nuestros instintos primarios, a los que algunos, por alguna razón, tan costoso esfuerzo les produce blindar. Y cuando se agrieta tu apariencia ficticia, quedas retratado.

Bajar la guardia con el desarropo de una chaqueta de solapas redondas, presentar insolencia a través de un chaleco desabotonado, sacrificar tu vida en pos del lazo negro de una pajarita, morir de amor merced a unos pies inflamados y embutidos en zapatos de charol, mostrar tu lado cautivador con un aspecto desaliñado y un peinado alborotado, o virar y simplemente exhibir  tu desprecio ante un excesivo retocado. Un fajin puede ahogar tus sueños y la retirada de un guante sumergirte emocionado en las melodías de un piano de cola. El honor, la suspicacia, la generosidad, la valentía y la cordura quedarán salvaguardados bajo un pantalón negro de corte clásico para que, por fin, podamos encontrar que el sentido de todo esto es tan real como sentido real aporta nuestra existencia surrealista.

Desde siempre, no como obsesión pero si como hábito, he disfrutado más observando que siendo observado. Más escuchando que siendo escuchado. Uno aprende de la belleza que le rodea y de la duda, siempre de la duda. Odio los discursos repetitivos redactados en la memoria que no dejan espacio para la modificación. Odio la falsedad de las palabras creadas para crear confusión. Y desconfío, siempre desconfío de los hombres ajustados en un traje de etiqueta. A ellos y a ellas los espera paciente El Ángel Exterminador, que destripará sus almas cuando muestren indecisión.

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