Vivir/Sobrevivir: ‘Rebelle (War Witch)”, 2012. Kim Nguyen

El amor que nace en los Psiquiátricos. El compañerismo de los Campos de Concentración. Canciones nocturnas, junto al fuego, en las Leproserías. La solidaridad de los niños guerrilleros del África Central.

No es necesario ser Antropólogo, ni Psicólogo Social, para saber que es el grupo, el clan, la tribu, lo que nos hace personas. La condición humana, y todo lo hermoso que puede traer consigo (El arrebato del amor, la magia de la felicidad), sólo es posible en compañía, ya sea de iguales o extraños, familiares o amigos, espíritus o coexistentes… La soledad es una opción inconcebible para la vida: Aunque el corazón siga latiendo, los días avancen y el saber o el trabajo engorden currículums, eso es sobrevivir, no vivir. Y no es agradable, ni siquiera humano por definición.

En ‘Rebelle (War Witch)’, Komona, la niña/bruja que es capaz de ver las almas de los muertos deambular, se convierte en un arma aún más estratégica que los Kalashnikov: Solo ella puede detectar los lugares donde han sido asesinados los soldados de uno y otro bando, porque ve físicamente sus espíritus, y determina sin saberlo las estrategias de guerrilla de los luchadores del Coltán, aquellos que la arrebataron de la infancia de la manera más brutal… Pues bien, incluso Komona encuentra a alguien, encuentra a Magicien, un albino con conocimientos de medicina tradicional que le salvaron de vivir en un ghetto de Kinshasha o, peor aún, ser desmembrado para utilizar partes de su cuerpo como amuleto, por viejos tabús que los colonizadores Belgas no se molestaron en erradicar… Ambos, Komona y Magicien, junto al grupo de niños convertidos en asesinos por la “savia mágica” que les proporcionan los guerrilleros para odiar, forman un Clan: Un grupo social, enormemente humano, donde se vive comunalmente, se comparte y se ama… Porque Magicien quiere a Komona. Y como todas las más bellas historias, ésta es una historia de amor en entornos y días adversos. Y de huída en busca de la libertad.

Kim Nguyen, Director y Guionista (Que pese a su equívoco nombre, es un señor norteamericano de ascendencia Vietnamita) integra en ‘Rebelle’ la idea del Hombre como parte de un todo desde el principio en la multiculturalidad del equipo; de bandera Canadiense y espíritu Quebequés (‘Incendies‘,’Inch’Allah‘), se introduce en la realidad de un país que le debería ser ajeno con la sutilidad reivindicativa que caracteriza a su progresista nación francófona (“Monsieur Lazhar”, “Laurence Anyways”, todo Denys Arcand…), sin mencionar el nombre del país concreto en el que rueda, ya que podría ser cualquiera, dentro de un Continente que diseñamos los Europeos en una suerte de partida de Risk decimonónica; mostrando la crudeza de lo crudo sin excesivos artificios, la magia de lo que es mágico sin caer en el exotismo, y el lirismo del amor sea cual fuere su origen y circunstancias.

El “Antropólogo astuto” que es Nguyen, sumerge la cinta en el sincretismo permeable que caracteriza al África negra y a su propia filmografía (Películas indies, ciencia ficción, un thriller psicológico), y con tres pinceladas de Tragedia Griega imbuye al espectador noroccidental en una historia aparentemente ajena, pero por ello mismo fresca y sorprendente; consigue una nominación al Oscar y el reconocimiento internacional, que no es poco, pero como mayor logro personal, supongo, hace que Rachel Mwanza, Komona, la bruja personal del Señor de la Guerra, se levante el Oso de Plata en Berlín a la mejor actriz y pose pizpireta en la alfombra roja del Kodak Theatre antes de los Oscar. Aunque eso sea un mérito indiscutiblemente propio de la ya adolescente intérprete.

‘Rebelle’ es, en efecto, una película dura, pero no dolorosa. Nos puede doler ver la guerra, los atisbos de miseria en un país enormemente rico, la cotidianeidad del asesinato y la muerte… Pero aunque aquí “los negritos no sonríen todo el rato”, es únicamente desde el prisma de la deshumanización y el aislamiento progresivo de los paises supuestamente desarrollados, desde donde podemos apreciar e incluso envidiar la vida de las comunidades de auténticas personas, unidas bien sea por gracia o desgracia, pero jamás aisladas; solidarias con los débiles, fuertes como grupo, y nunca abandonadas a su suerte por más intensas que sean sus desdichas o fragilidades.

No nos engañemos, es en el llamado “Primer Mundo” donde muchos sobrevivimos, pero no vivimos. Aunque quizá tengamos suerte, y esta monumental crisis económica y ética, como ya se está empezando a atisbar, nos devuelva al punto cero que cohesione en la lucha por los débiles nuestra maltrecha fraternidad social.

Empieza a parecer que los valores humanos vuelven, aunque los poderosos aún no estén por la labor. Confiemos en que no sea un espejismo pasajero.

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