Mea culpa (Un extraño en mi vida, 1960. Richard Quine)

ATENCIÓN SPOILERS: El que avisa no es traidor aunque sí algo cínico.

Viendo ‘Un extraño en mi vida’ me sorprendió, para bien, que un guión de 1960 no culpara a la esposa histérica de la infidelidad del marido, entre otras porque en esta película la esposa es una autentica delicia.

Suele ser recurrente en películas con temática similar, que la cornamenta esté justificada con las acciones del enamorado, hasta el punto que el propio espectador quiere que abandone a su pareja para comenzar una nueva vida comiendo perdices con el/la amante. Siendo normalmente una mujer, dibujan al personaje como alguien histérico con quien es imposible mantener una vida equilibrada en común. El desliz es una forma de escapar a ese infierno doméstico al que se está sometido. Vaya cara más dura, si no te encuentras bien con tu compañero sentimental, hasta otra y encantada de habernos conocido.

Kirk Douglas tiene motivos muy diferentes para dejarse arrastrar por los encantos de la rubia de cejas negras. Un hombre atractivo, arquitecto reconocido, padre de familia y atribulado en la rutina. He ahí la cuestión. Con la llegada del encargo de una nueva construcción, el artista necesita una motivación que le sirva de inspiración. No se puede crear rodeado de la mediocridad habitual que rodea la verdadera vida del dibujante. No es casual que la primera cita que mantiene con Kim Novak sea, precisamente, por los terrenos que serán la base de la casa por construir. Su deseo por ella crece con su obra y muere cuando está terminada. La última vez que mantienen contacto es en el interior del hogar ajeno listo para ser ocupado por su dueño. Kirk Douglas le miente descaradamente comentándole que si ellos dos pudieran vivir allí, levantaría un muro para separarlos del resto del mundo. Sin embargo, parece que este plan debe depender de alguna divinidad, porque se marcha a vivir con su mujer y su hijo a Hawaii donde comenzará un nuevo proyecto profesional y seguramente encontrará una nueva inspiración. En resumen: que sí, que eres lo mejor del mundo pero que yo sigo con mi vida familiar y laboral tranquilamente.

Hay una escena en paticular que me emocionó especialmente. El marido de Kim Novak, enterado de los escarceos de su mujercita, se dirige a la casa de los Douglas y allí se insinúa vulgarmente a su esposa. Ella le echa de casa entre sollozos. Cuando el afamado arquitecto se persona en su hogar ella está con los ojos encharcados pero serena, con toda la templanza que se puede tener cuando uno acaba de enterarse que le han estado engañando. Sin elevar el tono de voz, le explica que ha comprendido porque aquel hombre irrumpió en su intimidad de esa manera: Él andaba muy ocupado con otra, con lo que sería una presa fácil. Nada de platos rotos, gritos, ni niños preguntando que está pasando. Comprensión. Por primera vez uno piensa del protagonista que es un pelín hijoputa, y que por mucho que sea Kim Novak, tiene una mujer increíble.

¿Se arrepentiría Larry de su algo más que coqueteo con Margaret? No lo creo, como decía Tolstoi en Anna Karenina, uno no se arrepiente de las infidelidades sino de no haber sido lo suficientemente listo como para que no le hubieran descubierto. Al menos asumamos los errores, entonen conmigo: Mea culpa.

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