Cuento de otoño: ”Porque sueño no estoy loco” (Leólo, 1992, Jean-Claude Lauzon)

El 10 de Agosto de 1997, Jean-Claude Lauzon, conocido por haber dirigido ‘Leólo’, moría en accidente de avioneta junto a su prometida, entre la niebla de las montañas del Québec esquimal e impronunciable. Pilotaba él.
La noticia llegó un par de meses tarde a Logroño, como todo, y yo me encontraba ya rodando mi segundo cortometraje. No recuerdo sentir ninguna emoción especial más allá de la contrariedad: Habitaba ya en mí el estrés torturador que me haría abandonar el cine años más tarde, y aquel día no pude, no supe, o no quise recordar ‘Leólo’.
Ahora creo que puedo permitirme hacerlo.
Esta pequeña historia tiene lugar cuatro años antes.

El tema era cambiarme del Dúplex-A al Dúplex-B al finalizar las películas mediante la táctica de pasar de una sala a otra por su baño compartido. No era ninguna idea genial, ni original, se la sabía media ciudad, pero casi nadie veía dos películas, y nunca seguidas. Y mucho menos solo. Y jamás con quince años. Era indetectable.

Como no habían conseguido ‘Aladdin’, aquella semana los Dúplex programaban ‘Reservoir Dogs’ y ‘Leólo’. Los restos de serie de un verano con ‘El silencio de los corderos’, ‘Indiana Jones y la última cruzada’… Porque ese era el cine comercial de aquel entonces, si no me engañan el tiempo y la nostalgia.

Hasta donde llegan mis recuerdos, mi primer gesto con Leólo fue torcido. Tardé en entrar en el mundo de grotesca y sórdida belleza de la pelí; porque creo que, como nadie sabía absolutamente nada de ella, ni nadie me había podido advertir, no iba preparado.

Puede que fuera Tom Waits. Era la primera vez que lo escuchaba, aunque ‘Smoke’ llegaría pronto. Pero sí, fue él quien me metió en la película. Él, ‘El guardián de las palabras’, y una especie de amor de juventud temprana que sufría ya en mis propias carnes… Y sentirme identificado con una vida ajena, para nada remitente a la mía, aunque adolescente, al fin y al cabo: El niño follándose un hígado de ternera. Engendrado por un tomate. Meando en la nieve, proclamando a voz en grito su Italianidad, su amor por su jóven vecina semi-prostituta, tratando de huir de “El valle de los avasallados”-No lo conseguiría, lógicamente. Como yo.
No es mi vida, pero me fascina, pensé para mí, tontamente; las auténticas complicaciones tardarían años en llegar, y, como es lógico, no podía ni imaginarlo en aquel momento. Resulta curioso que, a lo mejor, ese fuera el día en el que decidiera irracionalmente, no premeditadamente, y sin saberlo, dos cosas: Dedicarme al cine y ser raro. Lo del cine ocurrió y fue bonito, lo otro me acompaña a modo de maldición destructiva.

Desaparecería, como Lauzon, en el muelle de las brumas de las montañas canadienses. Pero no dejé herencia, no dejé un ‘Leólo’: Solo deudas y mil perdones que pedir. Sí, acabé mal: Pero no por un gen dominante y recesivo, como nuestro poeta entomólogo/estreñido y parricida potencial, no.
Lo hice adrede.

* * *

La cuestión es que, entusiasmado como estaba con la pelí, y como aún no comprendía bien de que iba esto de la vida, al fin de semana siguiente mi grupo de amigos propuso ir al cine y LES OBLIGUÉ a entrar a ver Leólo. Yo repetiría, por supuesto, ya habíamos visto Aladdin, y Reservoir Doigs había sido eliminada de cartelera por presiones de familias consternadas y catecumenales: La habían cambiado por cualquier cosa que no nos tentaba y que nadie recuerda ya.
Lo que mis amiguitos nunca olvidarían sería Leólo: No es que no les gustara ni la entendieran, es que me torturaron a insultos durante meses (Aunque alguno se hubiera divertido durante la proyección con las simplicidades mas obvias), y fue el chascarrillo cómico durante años. Tantos que, cuando vuelvo a esa ciudad, a veces aún me lo recuerdan. No recuerdan que por aquel entonces empezaron a llamarme El poeta, cosa que, con el tiempo, hasta me hace gracia. Con el tiempo. Con los años. Porque ser El poeta a los quince en una ciudad de viticultores y obreros, no mola nada.

Alguno de ellos incluso ha vuelto a ver la peli años después- me lo han comentado entre risas -en uno de esos canales de pago que nunca utilizan y que yo no puedo permitirme. Y me han devuelto la memoria de una adolescencia difícil, infeliz. Y me ha hecho pensar, quizá me ha descubierto, que mi amor por el amor y el horror puede que, de algún modo, estallaran aquella tarde de Agosto. O no. Los recuerdos mienten. Como le miente la vida al pequeño Leo Lauzon.

“Un conejo blanco sobre la nieve”, que dice su hermano: No es nada, en realidad.

Porque éste no es un cuento de verano, es de otoño. Del otoño de la vida, cuando todo es más fácil de contar, cuando es más fácil sincerarse. No lo hubiera podido hacer antes, ya os lo he dicho… Y eso que, hasta donde llegan mis recuerdos, lo que os he contado sucedió en Verano, uno de aquellos veranos infinitos y despreocupados, cuando todo parecía posible pero nunca pasaba nada. De ese día que se cruzaron en mi vida el cine, Leo Lossone, la locura y la libertad. Y ya no me abandonarían nunca.
Como este otoño perpetuo.

leolo3

leolo2