En la intimidad de quien te observa (The Cabin in the Woods, 2011. Drew Goddard)

“Estarás hueco. Te vaciaremos y te rellenaremos de… nosotros.” 1984. George Orwell

Que grato es el domingo cuando a la mesa nos espera una enorme paella y las ingentes cantidades de agua que contrarrestan las pedradas que rebotan en nuestra cabeza. Una costumbre familiar arraigada que es acompañada por las imágenes del telediario. Crujo los nudillos y me chascan los dedos, allá voy:

Una gran ola arrasa casas como si fueran maquetas, un hombre se quema a lo bonzo, caen dos torres gemelas, una familia entera es desahuciada, hombres de traje ríen, beben y fuman, una guerrilla secuestra a un periodista, otra fusila a sus iguales, alguien viola a una muchacha colegial, otra es asfixiada por su pareja; niños que mueren bebiendo bocanadas de aire putrefacto y fuego, otros que beben vodka y esnifan pegamento, un ministro desprestigia su propia y endeble industria cinematográfica, un presidente lee comas, puntos y acentos; un país de barras y estrellas bombardea tierras que eyaculan energía negra, hay muerte y destrucción, hay pobreza y frustración. ¡¡Cuidado!!, tápense los ojos, se atisba un pecho en ese minúsculo bikini.

Estas trágicas historias diarias nos inundan, son descritas de manera insensible y procesadas con rabia e impotencia. Las imágenes se reproducen rápidas entre suspiros e indignación para morir en el postre.  Las punzadas de malestar que conllevan estas historias ajenas perdurarán hasta la siesta. Demasiada información, quizás; demasiada desdicha. Hay enfermos y enfermedades, hambre y hambrientos, ricos y pobres, hay vidas sesgadas y miedo colectivo. Aquí, entre arroz con colorante y gambas sin cabeza, y allí, en esa pantalla repleta de gente de papel y gente de cristal, decía Bukowski; se muestran historias no tan distantes, firmadas con intereses, odio, sangre y semen.

Existen personas obcecadas en clasificar nuestra conducta entre una dualidad contrastada de géneros (el bien y el mal, el blanco y negro); dejando, de esta manera, un erial entre ambas al cual no te dejarán acceder. Tanto tú como yo podemos estar incluidos en algún grupo, sin que tú ni yo nos identifiquemos con él. Ante todo el caos, ocupamos el papel de meros observadores. Entonces, ¿qué nivel de conciencia social obtenemos de estas imágenes terribles? ¿Vale con solo esto? Difícil reflexionar cuando tienes la tripa llena de arroz y vino.

Las masas son un problema para el poder. El control de ellas, primordial. En la adolescencia, y es algo que todos hemos vivido, debemos crear nuestro estilo diferenciador dentro de nuestro círculo de amigos. Ni hace falta que nos impulsen hacia el encasillamiento o la clasificación, ya nos catalogamos nosotros mismos. ¿Quién compone, entonces, el grupo? Pues el gracioso, el guapo, el gordo, aquel al que llamamos “Chino”, el cerebrito, el mariquita, el fumao, el deportista, etc. Si alguno se duplica, cojea el grupo. Formamos parte de un género y establecemos los elementos que lo caracterizan, como sus personajes; equivalentes a un género cinematográfico eficaz e inamovible, como puede ser un slasher, ¿Cómo puede ser The Cabin in the Woods?

Los personajes de un slasher son arquetípicos. A saber: El graciosillo porreta, el deportista, la puta, el cerebrito y el personaje más importante de todos, la virgen. Sin embargo, en el guion de Drew Goddard y Joss Whedon (creador de la serie adolescente Buffy Cazavampiros donde los vampiros seguían siendo vampiros y no gusiluz) sus personajes niegan esta clasificación, hasta que, y ahí reside su gracia, una fuerza externa los reescribe. Una fuerza externa, que si lo pensamos bien, no es otra que la del propio género. El propio género destripa las almas originales de los personajes y las restituye por otras ya preestablecidas. Ellos intentarán sobrevivir al slasher extirpados de su propia personalidad, pues deben guardar fidelidad y comportarse, contra su voluntad, como los personajes que componen el género.

No se dejen engañar, porque esto no es otra estúpida película americana. En ella, los manipuladores de conductas se asemejan a los integrantes de la propia industria de Hollywood y los malos, malísimos, a los consumidores de géneros que hacen posible su producción. Con lo que ellos no contaban es con la existencia de personas más allá del bien y del mal, personas que no se identifican con ninguna catalogación. Ellos tienen conciencia, personalidad propia y la fuerza suficiente como para mandar todo lo escrito y descrito a la puta mierda. Divertido, muy divertido.

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The Cabin in the Woods

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