Algunos sueños están hechos para niños…

Llega un momento en la vida en que uno se pregunta, ¿por qué me levanto cada día? Te levantas porque tienes que llegar a la oficina, llegas a la oficina para recibir un salario, recibes un salario para poder pagar el alquiler y las facturas, pagas las facturas y el alquiler para vivir decentemente, vives decentemente porque comes, bebes y duermes diariamente, sacias tu hambre, tu sed y tu sueño para poder sobrevivir; y entonces, la cadena de sucesos y necesidades diarias toca a su fin desvelando el enigma. Te levantas para sobrevivir. Y todo lo que existe cercano a la supervivencia diaria son sueños. Te levantas gracias a la motivación de una ilusión que haga olvidar que vives para sobrevivir, que giré tus entrañas y deje espacio a la preciada sensación de vivir una vida. De vivir tu vida.

Careciendo de sueños, u olvidándolos por el camino, dejaremos taponada la única salida de escape que se nos ofrece, si una de las piezas superiores de la cadena se rompe. Si esto llegase a ocurrir, si se rompiese un eslabón de tu supervivencia y la red tejida por tus sueños y motivaciones se desvaneciese, nos sentiriamos como gotas de agua sobre piedras calientes. Solo existiria una via de escape, una sola forma de huir, la evaporación. Entonces, ¿para qué levantarse?; o peor aún ¿para qué vivir?

Frente al padecimiento de un dolor inabarcable o un vacío interior que nos destripa, la mente se aleja del sentir de la vida acercándose al borde del precipicio. Aquel lugar donde comienza el baile de seducción con la muerte. El encuentro onírico podría producirse a través de una invitación a cenar, por poner un ejemplo, donde nadie, en ese lugar de tu mente maltrecha y cansada, pudiera desviar tu atención del cometido de la cita. Pactar tu muerte con la misma muerte. Ser cómplice de tu propio asesinato. Suicidarte. Un tema por el cual más vale repasar tu pasado y sobre todo el porvenir de tu existencia. Nadie sabe que podrá depararte la suerte mañana por la noche, cuando tu decisión este tomada. Puede que El Sabor de las Cerezas te haga cambiar de opinion. En esta conversación interior, la muerte ofrece sus servicios con cierto desinterés, presentando ante tu alma herida los beneficios de su producto. De fondo, suena Carlos Gardel. Cuando el acuerdo llega a su fin y los dos bailarines salen a pista, la muerte te agarra y te lleva en un tango que no encontrará final.

Dicen que el suicidio es cosa de cobardes que no saben afrontar sus problemas. Personalmente, creo que hay que tener un par de cojones para hacerlo. Dentro de un estado de consciencia moderada, por supuesto, de lo que pretendes hacer. Porque afrontarlos, los estas afrontando con la muerte. Y ponerse frente a ella y abrazarla ya es atrevido. O al menos es esa fina línea que separa, pero no diferencia, en ciertos actos, la locura de la valentía. Mucho se ha hablado de las razones del suicidio de Jean Seberg, siendo la desesperación y el miedo causado por la presión que el FBI ejerció sobre ella, por orden de J. Edgard Hoover,  la más comentada y aceptada. La estrella de la Nouvelle Vague fue inducida a la locura, perdiendo cualquier persperctiva de sus actos. Ella pisaba la linea. Regresando al suicidio sin agallas, podría decir que ir disimuladamente a la ferretería a comprar el arma que ahogará tu vida ya me parece un acto valeroso. Para planificar el escenario y anudar los tres metros de cuerda hay que tener coraje. El Golden Gate de San Francisco, el lugar con mayor indice de suicidios del mundo, guarda cierta distancia con la muerte. Sesenta y siete metros de elevación sobre la superficie del agua que en el momento del impacto transmuta en grafeno. Mirar el vacio desde lo alto del puente (The bridge) es atrevido. Joder si lo es. Suicidarte es el camino fácil, de acuerdo, pero si eres un cobarde serás un cobarde también para planificar este error. Porque me parece un error, sí, pero valiente el que lo ejecuta. Valiente, al menos, en tus últimos instantes de vida. Tiene cojones, cobarde en vida, gallardo ante la muerte. Así se encuentra el personaje de Jean-Pierre Léaud en Contraté un asesino a sueldo. Ignorado por la misma sociedad a la que ignora, destripado de toda alma, carente de sueños y motivaciones. Reafirmando mi opinión, Léaud es tan cobarde que no encuentra una pizca de valentía para suicidarse.

Kaurismäki dirige esta película llenando el metraje de alegorías a la muerte. La muerte como entidad, por supuesto. La muerte personificada. Por mucho que corras la podrás encontrar en cada esquina, podrás enfrentarte a ella mirándola fijamente a los ojos sin interiorizar tu miedo, podrás amarla o podrás ignorarla. Todo cabe en el metraje. La acción transcurre en el barrio londinense de Whitechapel, el barrio de los asesinatos cometidos por Jack el Destripador. El barrió en la que la muerte no tiene rostro, ni identidad. Asimismo, los personajes se impregnan de un gel luctuoso, siendo la florista el más ambiguo de todos ellos. Una ocupación que une el amor y la muerte. Con un ramillete seduces, con una corona mortuoria despides a la muerte. Pero de entre todas las citas, existe una que me interesa vivamente y a la que Lovecraft hizo mención. La muerte de la propia muerte. Si la muerte se encarna en un ser humano, esto conllevará, inevitablemente, las desventajas de su recipiente. Podrá enfermar, morir o estudiar un posible suicidio.

El líder de The Clash (Joe Strummer) interpreta Burning Lights en un pasaje de la película. Léaud queda pensativo ante las dos primeros versos de esta canción:

Some dreams are made for children
But most grow old with us

Algunos sueños están hechos para niños
Pero la mayoría envejecen con nosotros

Estos dos primeros versos componen la salvación de Léaud y puede que la salvación de todos nosotros. Con ello descubrimos el sentido de la vida. Y ese no es otro que aferrarnos a nuestros sueños y motivaciones. Si es que no los hemos olvidado por el camino. Por ellos vivimos y por ellos nos levantamos cada mañana.

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