Bienaventurados los pobres de espíritu: “Mary and Max”, Adam Elliot (2009).

Dedicado a Leopoldo María Panero Blanc, Poeta.

El “Sermón de la Montaña” de Mateo es uno de los momentos más repugnantes de la historia de la Literatura, y la cita que más odio y recuerdo de él es “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos”. El Cristianismo que surgió del Concilio de Nicea, ya con poder Imperial, dejaba así bien claro que el Reino de la Tierra nunca sería para ellos. Para nosotros.
Para los que no sabemos vivir, no nos dejan o no podemos, o no sabemos; para los locos, los humillados, los avasallados; los despojados de la vida por la vida desde el nacimiento, o de los que la van perdiendo por el camino por tragedias personales o ajenas; los que no encajan en el mundo y se ven sometidos, a veces sin darse cuenta, por el alcohol, las drogas o las religiones (Si. Paradójico, ¿Verdad?).
El Reino de los Cielos sería también para los humildes materialmente, para los que hoy llamamos, simplificando, “pobres”: En definitiva, para asegurar su dominio, la Iglesia Católica quiso dar un lugar en el otro mundo a los que no lo tenemos en éste, cumpliendo la premisa primera del poderoso: Someter al pueblo mediante la esperanza en algo intangible.

… Y así quedó, por los siglos de los siglos, en el inconsciente de la sociedad Judeo-Cristiana en la que la mayoría hemos nacido y crecido. Como mucho, los “Pobres de Espíritu” servirían para crear fábulas de esperanza y fe en el ser humano.
“Mary and Max” no es de este tipo de películas.

Max es Neoyorquino, tiene 44 años, Síndrome de Asperger y no entiende el mundo. Es obeso mórbido y carece de empatía; sólo puede trabajar en ocupaciones mecánicas que no le hagan pensar, y le gustaría vivir en la Luna.

Mary vive en Australia y tiene 11 años, es hija de una familia no tan disfuncional (Padre ausente, Madre alcohólica), y luce una enorme mancha de nacimiento en la frente color caca. No tiene amigos y por eso la humillan en el colegio. O a lo mejor es al revés.

Estamos en el año 1979, Nueva York es en blanco y negro, y Australia… Marrón.

Mary es Toni Collete. Una chica bastante fea a la que una película exitosa (“La boda de Muriel”) rescató de lo que podía haber sido una vida anodina.

Max es Philip Seymour Hoffman. Grandísimo actor, heroinómano siempre en recuperación, recientemente muerto. El perfecto “Pobre de Espíritu”; que sirvan estas líneas también para recordarle, a él, que se dio orgullosamente por vencido.

Por azares de un guión milimétrico, Mary, en su búsqueda de amigos, empieza a cartearse atravesando continentes con Max, que no entiende las emociones ni reacciones humanas pero también necesita compartir sus sentimientos; aunque ateo y escéptico, porque ha estudiado demasiada física y filosofía como para no serlo (Es tremendamente inteligente “en algo”, como la mayoría de los Asperger), se siente sólo; porque su amigo imaginario “El Señor Ravioli”, todos sus hot-dogs de chocolate y su televisión en color en un Nueva York de sombras y niebla no son suficientes para él. Y también le gustaría poder llorar. Sin cebollas, éso no cuenta… Por eso Mary le envía lágrimas en un tarro desde Australia, un pompón rojo que dé algo más de color a su vida, y las miles de preguntas que tiene una niña de once años hiperimaginativa pero solitaria.
Por prudencia vecinal, ella recibe las apasionantes e interminables cartas de Max en casa de su vecino: Un mutilado de la II Guerra Mundial agorafóbico que necesita que le recojan el correo, esperando quizá, fantaseo yo ahora, su pensión de Coronel.

Porque sí, hasta la película es disfuncional, pero perfecta: Nunca he visto el género Epistolar fluir tan hermosamente en el cine (Porque “Carta de una desconocida”, de Max Ophüls, es una buena adaptación, pero no la enmarcaría en el género; y “84 Charing Cross Road” funciona bien, pero a tirones).

Ah, y con la dificultad añadida de estar realizada íntegramente con muñecos de plastilina.

Aun así, “Mary and Max” cubre unos 20 años de la vida de éstos dos desheredados, con sus momentos mejores y peores, sus secretos, sus problemas, sus recuerdos; el mundo exterior que cambia pero no avanza, la vida que a Mary le llega y a Max se le va; Ella con sus primeras decepciones, él asumiéndose más a medida que pasa la vida, ambos siempre en las orillas de los cánones de esta sociedad del éxito y las apariencias, nunca tan sinceras y hermosas como las cartas, quizá delirantes de puro honestas, con las que estas dos almas de chocolate decoran sus respectivas estancias en la distancia de un Oceáno, e imaginan que viven ese reino de los cielos, aunque saben que nunca llegará…

Detesto las películas de superación, de lucha, de esfuerzo, de redención. Los que estamos en los márgenes sabemos que nunca saldremos de allí, por mucho que lo intentemos. No hay salida. No hay futuro. Puedes conformarte o enfadarte con el mundo, seguir viviendo como puedas o abandonar. Pero poco más.

No me vengáis con charlas de crecimiento personal, citas de Coelho o libros de autoayuda; porque los “Pobres de Espíritu”, como nuestra Mary, o nuestro Max, como mucho, podemos sobrellevar la vida con la amistad; aunque ésta se halle en una carta llegada de otro continente… O quizá en la instantaneidad de la respuesta ingeniosa en la pantalla de un teléfono, o de un ordenador… ¿Verdad, queridos seguidores y amigos?

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