La anchura acotada de nuestras miradas (IDA, 2013. Pawel Pawlikowski)

La curiosidad nos hace inteligentes. La duda constante, las preguntas morales, nos hacen mejores. Ya en “2001: una odisea en el espacio” Kubrick narraba la evolución del hombre a través de la inteligencia. Esa siempre fue la versión divulgada, aunque me gustaría añadir que originariamente fue la curiosidad por un hueso lo que conllevo que el primate amaneciera hombre. Encontramos pues, en este ejemplo, que la curiosidad por los misterios de la vida, y porque no del universo, baña nuestras mentes para alcanzar un nivel superior. Tanto intelectual como moral.

Nos educan mediante costumbres y principios que no estamos obligados a mantener de por vida. Con empatía, duda y curiosidad aprendemos a aprender. Nunca es tarde para evolucionar. Y de mezquindad y cabezonería se llenan estadios. Quedando de forma cuadriculada, nuestras miras dejarán de ensancharse si no estamos dispuestos a valorar nuestros errores. Santo Tomás de Aquino se enfrentaría a cualquiera que osase rebatirle cualquier pensamiento, por descabellado que pareciese su defensa, pero estoy seguro que al llegar a casa valoraría la posición del contrario. Se puede elegir entre ser mezquino o valorar el constante aprendizaje. Yo, personalmente, no quiero vivir en 4:3, quiero disfrutar la vida en panorámico.

Podremos mirar hacia los lados, ensanchando nuestra percepción, cuando tengamos las agallas suficientes como para quemar lo aprendido en pos de un salto cualitativo. La evolución del intelecto no se basa simplemente en la curiosidad, si no en el convencimiento de comenzar a valorar nuestro juicio desde una tranquilidad emocional. El mayor de nuestros fracasos es creer de una manera religiosa que nuestra verdad es la única verdad, sin percatarnos, arrogantes, de que al cuestionar lo aprendido evolucionamos nuestro pensamiento. En ocasiones, nos sorprendemos de encontrar otras realidades, otras consignas vitales, que tambalean nuestras convicciones primarias y que, al ser testigos de nuestra derrota, desechamos. Las ignoramos por pura obstinación, por no admitir errores, acrecentando así la distancia con lo superior.

Como que existe lo sublime, diría que existe una verdad única. Exclusiva e incorruptible. Para acercarte a esta, tendríamos que experimentar, aprender o encontrar otras verdades. ¿Una mentira que precede a otra mentira es una verdad? Todos son verdades, solo hace falta que lo creas. La teoría, el profesorado, los oradores, siempre agitarán su enorme mano para embaucarte. Pawlikowski enmarca sus personajes en la búsqueda de otras verdades, contrarias a las aprendidas, en sus engañosas vidas. Unos, buscan en el cielo sus respuestas, otros intentan olvidar su realidad mediante grandes cantidades de alcohol y otros ayudan a los anteriores creando dudas y curiosidades. Sus creencias, falsamente encerradas en un viaje de IDA, se ven volteadas hacia el pasado. Y todos ellos (en realidad, solo tres personajes) son encuadrados por el director a través de una sucesión de imágenes poéticas. Anna, una novicia en proceso de aprendizaje, emprende un viaje por otras realidades. Ella, llena de reglas y obstáculos, experimenta vivencias bajo el manto de los cielos. Esta proposición es expresada por Pawlikowski dejando un exagerado aire en los encuadres por encima de su cabeza. Aquí, en esta premisa, la protagonista comienza otro tipo de aprendizaje vital donde la curiosidad elevará sus convicciones morales y religiosas.

Después de ello, quiero curiosear en mi mente. Ahora lo único que necesito es que Coltrane me persuada con su jazz. Romper todos los esquemas y dejar libertad a mi pensamiento. Destripar mi alma, sin prejuicios, sin cataduras, sin convicciones erróneas.

IDA

IDA

Pawel Pawlikowski, 2013. Festival de Gijón. La culpa es del Script

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Pawel Pawlikowski, 2013. Festival de Gijón. La culpa es del Script