El amor y el verano (Pauline en la playa, 1983. Eric Rohmer)

Llega el verano y con el calor, la playa y las pieles desnudas, las ganas de amar. El verano es el periodo del año en que más parejas se forman y tambien en el que más rompen. Los primeros escarceos, las primeras caricias, aquellos besos inolvidables mirando al mar surgieron en el periodo estival. Es un buen momento para preguntarse que es el amor. Es la mayor de las incógnitas vitales, más que el misterio de la muerte. Es la meta de toda persona, por encima de la búsqueda de la felicidad. ¿Qué es esa fuerza que nos une a otro ser humano?

El cine desde que es cine trata, no sé si de dar respuestas, pero sí de explicar los procesos o la forma en que los distintos tipos de personas vivimos la pasión, el cariño, la rutina, el afecto, la locura, la ternura y todo aquello que deriva de las relaciones íntimas personales.

‘Pauline en la playa’ es una joya de la Nouvelle vague dirigida por Eric Rohmer, intelectual de los años 50-60 en Francia. Digo intelectual porque no sólo fue director de cine: novelista, crítico y figura imprescindible de la mítica revista Cahiers du cinema. Pauline en la playa se sostiene sobre los diálogos que los protagonistas mantienen sobre el amor, algo habitual en la filmografía del director por otra parte. Rohmer muestra una visión adolescente del amor incluso en los líos sentimentales protagonizados por adultos. Sencilla, sin artificios. No hay trucos. Los personajes se desnudan emocionalmente ante las cámaras para introducir al espectador en la historia de lo que pudo ser cualquiera de sus veranos, esto me transporta a Valencia en 1997 pero eso es otra historia.

Pauline (Amanda Langlet) es una quinceañera que viaja a la playa con su prima Marion interpretada por una atractiva Arielle Dombasle. Haré un inciso para decir que los rasgos de esta actriz y cantante americana de nacimiento, francesa de adopción, me atraen enormemente. Es la personificación del atractivo de lo imperfecto. Su cara refleja un aire decadente, quizá problemas con el alcohol, quién sabe si asuntos relacionados con la incapacidad para aceptar el paso del tiempo – esto último más que probable viendo los labios siliconados y los múltiples liftings que acentúan ese toque marchito que tanto me gusta en ella-. Completan el círculo un cuerpo delgado y unas tetas fibrosas que volvían locos a los hombres que la rodeaban en Pauline en la playa.

Ambas chicas vivirán un verano inolvidable. La pequeña Pauline descubrirá el sabor de los primeros besos con Sylvain pero no del primera amor “estuve enamorada de con 6 años. El tenía 12, pero no quiero hablar de eso.” Marion, recién divorciada, se dejará llevar por los encantos de Henri y las adulaciones de Pierre, quien no ha podido olvidarla desde que la conoció hace cinco años. ¿Realmente se experimenta de manera diferente el amor dependiendo de la edad que tengamos? Creo que precisamente Eric Romher quiere acabar con esa visión. Al menos en esta película son los niños quienes muestran actitudes adultas frente a las dificultades que surgen en su relación. Marion, Henry y Pierre juegan a la conquista, a derribar al enemigo, a taparse los ojos ante lo que no se quiere ver. Marion habla con ellos sobre lo que espera de un hombre acariciándose los hombros, enredando en sus dedos mechones de pelo, levantando ligeramente la barbilla al terminar cada frase, entorna los ojos cada vez que pronuncia la palabra amor. No trata de enamorarles sino de hechizarles. Son incapaces de amar porque se dedican a jugar. Imponen reglas unos, otros no quieren realmente comprometerse pero tampoco estar solos.

Marion busca el amor romántico de los clásicos de la literatura, Henri disfrutar cada momento que le brinda la vida, Pierre entender a las mujeres, Pauline entender a los adultos.

Los canallas a veces dicen verdades dolorosas. Henri y Pauline mantienen una conversación hacía el final del film realmente esclarecedora:

“Henri: … odio las despedidas.
Pauline: Di más bien que no quieres dar explicaciones, eres un cobarde.
H: No es cobardía, pero ella no lo entendería. […] Es cierto que Marion es muy guapa. Tiene un cuerpo extraordinario, perfecto como una estatua, el tipo que todas las mujeres desean, modelico. Quizás por eso la admire pero no me atraiga de verdad. En todo caso menos que una mujer con imperfecciones. La imperfección es oprimente. Imagina que los genetistas llegaran por medio de manipulaciones de los cromosomas a crear un tipo ideal de mujer,  como en ‘Un mundo feliz’ de Aldous Huxley, ¿Lo has leido? da igual… estoy convencido de que esa mujer se parecería a Marion y poco a poco todas las mujeres llegarían a parecerse a ese tipo. ¿Te imaginas la tierra poblada de millones de Marions?”

¿Qué es lo que buscamos en alguien a quien amar? ¿Qué queremos? ¿Lo sabemos? ¿Lo sabremos algún día? ‘Pauline en la playa’ es una estupenda y sencilla reflexión sobre el proceso amatorio pero estas preguntas siguen sin contestarse. “El arte nos atrae solamente cuando revela en nosotros secretos” sentenciaba Godard.

Tendremos que seguir indagando en la Nouvelle Vague.

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