Sobre los vivos y los muertos (“Dublineses/The Dead”, 1987, John Huston)

Por @WillyGChristmas

Bette Davis dijo una vez que “Envejecer no es para cobardes”. Porque ”Las películas quedan, pero la gente se va”, como afirmara Madronita Andreu también hacia el final de sus días.

Sabias y fuertes, grandes mujeres, ambas; como muchas que he conocido. Como me imagino que hubieras seguido siendo tú.

Una vida cualquiera consiste en acumular muerte. Muertos. Hayan fallecido éstos o no.
Lo normal es que en la infancia y adolescencia vivamos la desaparición de familiares ancianos, quizá de alguno que no lo sea tanto; incluso puede que algún destino estúpido nos lleve a presenciar la ilógica catástrofe del fin de la partida de alguien joven y cercano. Y así será durante el resto de nuestras vidas. Muerte.

Poco después empezaremos con nuestros asesinatos selectivos. Y nos suicidaremos en honor a quien no queremos volver a ver, en torpes ritos inseguros.
Me explico: Ya en la juventud, y más en la madurez, haremos desaparecer de nuestras vidas para siempre a algunos de los que nos han rodeado, incluso muy íntimamente. Morirán. Los apartaremos de nuestros caminos, y no hablo sólo de antiguas parejas: Amigos, compañeros de fases puntuales de la vida, divertidos extraños pasajeros… Del mismo modo harán muchos con nosotros, ya sea por distancia, inconveniencia, o simple y detestable funcionalidad: Nos fusilarán al amanecer, y ni siquiera seremos conscientes de ello hasta pasado un tiempo.
Los más débiles desaparecerán incluso de todas las vidas que les han acompañado, ya sea por la necesidad de rejuvenecerse, por una relación de pareja posesiva y absorbente, o por el falso placer de la soledad: Huirán de nuestro mundo y del mundo, y fallecerán dos veces. O más.
Y estarán, claro, los muertos. Los de verdad. Los que, dependiendo de lo que hayas acercado tu vida más o menos al peligro, tendrás en número proporcional. Sepultados y cada vez más difuminados en el recuerdo de su historia, su pequeña o gloriosa historia, dependiendo de quién los evoque… A ti te recuerdo siempre, estás casi viva. De hecho, estás viva. Necesito creer que lo estás.

Porque aquella tarde tú me pediste que te grabara la peli y el documental que iba a reponer Canal+ sobre “Dublineses (The Dead)”, y yo no la había visto ni sabía nada de ella, y casi me matas tú a mí; pero como solía ocurrir con tus “recomendaciones forzosas”, me devastaste en cuanto la pude ver y te pude ver en ella. Lógicamente, mientras se emitía, atacábamos juntos dios sabe qué noche delirante. De ésas que no he sabido revivir desde que te fuiste.
Con los años leí “Los muertos”, que además de aquella maravilla de peli, era el relato que cerraba la compilación de cuentos “Dublineses”, de James Joyce, casi una novelita aparte, y desde luego, el más interesante y profundo de los escritos del irlandés… Para mí, claro: Para ti este señor había escrito “Ulises”, y ya; y además “Finnegans Wake”. Sea lo que sea eso.

“The Dead”, por su parte, (“Dublineses” para los distribuidores españoles, siempre con sus cosas), fue también la última película de John Huston, tan última que la dirigió con una botella de oxígeno y dos sondas nasales, en silla de ruedas, y cuyo rodaje tuvo que ser completado por su hijo: Al enfisema pulmonar del viejo John le dio un día por asfixiarle en la cama.
Aún así, fue un final perfecto. El final perfecto de una trayectoria fílmica a puñetazos, infravalorada por la crítica de todas las épocas por su irregularidad, por la falta de un estilo definido, pero que a mí siempre me pareció un canto a la vida (Véase “Cazador Blanco, Corazón Negro” de Clint Eastwood. O la filmografía del propio Huston. Bueno, toda no)… Y en justicia al boxeador de estilo anárquico que lo diera todo por su lucha sin sentido, quiso premiarle el destino con que el último combate pudiera ser con su ya compatriota Joyce.
Porque en honor a sus antepasados, John Huston se había nacionalizado Irlandés en 1964. Una decisión bastante polémica, como casi todas las que tomó, impulsiva; pero al fin y al cabo, una muestra de romántica lealtad. Seguro que murió tranquilo después de que el cine, su vida, le permitiera la voluntad postrera de rodar “The Dead”.

La película, algo distinta del mencionado relato, transcurre entre dos “epifanías”. En la casa anclada en el tiempo de las dos viejas tías, tías de todo el mundo, se celebra una suerte de cena del día de Reyes (“Epifanía”, para los no iniciados como yo). Es Dublín, es 1904, el tiempo parece haberse detenido y los créditos, y la música de Alex North, nos transportan en un suspiro a aquella nieve incesante y a aquellos carruajes. A la vieja casa. Ya somos Dublineses. Ya compartimos noche con Los Muertos. Dentro de la estancia, de la que sólo saldremos para morir de melancolía, los preparativos son frenéticos, y una manada de familiares no tan directos y viejas amistades, son diseccionados durante una hora por el señor guionista, Tony Huston (Efectivamente: El hijo), quién sabe en qué medida por el viejo y oxigenado John, y desde luego, por el primer espectro que sobrevuela la película: James Joyce.
La llegada de la que será la pareja protagonista de la película (Donal McCann y, ¡Oh, sorpresa!, Anjelica Huston), distante pero solícita esposa y mujer fuerte, mujer grande, mujer sabia, pone en orden el caos de esta caterva de ancianos adorables y despiadados, melómanos solitarios, un protestante, el pobre borrachín, una jóven activista republicana… Incluso Colm Meaney andaba ya por allí. El personaje de Anjelica está obsesionado con mantener las apariencias tal y como las ancianas anfitrionas desean, aunque todos se conozcan hace demasiado y esconder las miserias sea absurdo. Su marido, por su parte, está abrumado y nervioso; tiene que pronunciar un pequeño discurso familiar a los postres y duda si poder hacerlo, si tendrá valor. Cada uno de los cónyuges en sus menesteres, apenas se incomunican un par de veces.
Estamos ahí, en esa cena. Casi nada ocurre y la película ya es mágica.

La Navidad en casa de tu madre era igual de tumultuosa, pero absolutamente opuesta por todo lo demás. Allí tú, la prometedora artista consentida, y yo, el bufón extraño pero aceptado en el clan, hacíamos literalmente lo que nos daba la gana. Tus particulares “tías” nos incitaban, incluso: Éramos el toque pintoresco y necesario en toda buena sociedad.
Guardo con mimo el retrato de aquellos días de divertida estupidez, y no puedo menos que sonreír serenamente al verlo, sobre todo ahora que ya ha quedado nublado el despropósito del funeral que sólo supe honrarte a distancia, y vuelva a plantearme llevar a tu tumba las flores que te prometí. Pero no lo hago, porque me aterraría descubrir que quizá, el muerto en realidad fuera yo.

En la otra casa y el otro tiempo, el otro mundo de ausentes, la cena ha transcurrido todo lo cordial y satisfactoriamente que se pudiera esperar. Llegado el no tan ansiado momento del discurso de nuestro hombre, sus palabras parecen banales y repetidas, pero no menos hermosas en el recuerdo a los que ya no están. Que cada vez son y serán más, hasta que ya no quede nadie.
La cena se acaba, la gente se va. Para siempre.
Pero el rostro de Anjelica. Su silencio al volver a la casa en la campiña, junto a su marido. Su mirada hacia el infinito. La nieve. Y esa canción.
Su otra “epifanía”, que ahora es vital… Y es que un par de desplantes, esa endiablada melodía, emotiva a su pesar, y la angustiosa sensación de la soledad acompañada, le llevan inevitablemente al pasado; y puede que a sorprenderse, entendiendo por fin, que el único hombre al que ha amado no es el que comparte su lecho. Sus lágrimas.
El único hombre al que amó es, desde hace demasiado tiempo, uno de los muertos. Un muerto de los de verdad, de los de las hambrunas que despoblaron Irlanda. La indiferencia de su marido, el viejo Dublín, un recuerdo de Galway, el pavimento de un puente al cruzar por él con su coche de caballos, le han revelado lo que siempre supo pero trató de ignorar. Después de tantos años han llegado los fantasmas.
Se derrumba.
La mujer fuerte, la mujer grande, la sabia mujer.
Pero lo más terrible y contradictorio es que, en la comodidad rutinaria de su alcoba, se lo confiesa. Sin tapujos. A su minúsculo marido, sí, a él.
Su patético pero humano esposo quiere pensar que lo ha desencadenado todo con su estúpido discurso: Pero tiene que aceptar, en definitiva, que nunca ha sido nada en la vida de ella. Y además, maldita sea, ni siquiera se ha permitido sentir nada semejante por una mujer… Es la muerte en vida para quien no ha hecho sino entregarse por inercia, sin realmente desearlo, por una suerte de compromiso moral decadente; para él, que ni siquiera tuvo nunca una experiencia realmente romántica. Es una muerte cruel.
Por lo menos es consciente de que, “Uno a uno, todos nos convertiremos en sombras”. Al ver como su mundo se hace diminuto, “Piensa en todos los que alguna vez han vivido, desde el principio de los tiempos…”. Mira por la ventana y los ve, en un futuro no tan lejano, enterrados “Bajo la nieve que cae, sobre los vivos y los muertos”.

Es un consuelo despreciable, pero nadie ha dicho que fuera una buena persona.
Y no, no voy a hablar sobre la “anagnórisis” del final del relato como forma narrativa, es muy pedante, todo el mundo lo ha entendido, y jamás había oído esa palabra hasta que me la escribiste el martes.
Esto de la ouija moderna que llamamos “WhatsApp” me está empezando a superar.

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