Una mínima grandeza (La isla mínima, 2014. Alberto Rodríguez)

Por @nachojouve

Llevo días oyendo, viendo y leyendo de todo sobre que si mínimos o sí mágicos. Éstas cosas que nacen vaya usted a saber donde y que, por lo que sea, se instalan y casi casi que te obligan a estar en un sitio o en el otro. Y sí, lo más normal es que el noventa por ciento no tengáis ni idea de lo que estoy hablando. Aclaremos. Mínimos: defensores de ‘La isla mínima‘. Mágicos: defensores de ‘Magical Girl‘. Pues bien, aquellos y aquellas que han tenido la fortuna de ver ambas, ya se han posicionado. Y no, parece que no hay termino medio. Por suerte o por desgracia, que nunca se sabe, los comunes mortales tendremos que esperar al estreno de ‘Magical Girl’ para poder formar opinión sobre las dos y, de paso, si gustan, posicionarse. De momento, ambas se han podido ver en el último Festival de San Sebastián, se han repartido los premios y para desgracia de muchos (para hacérselo mirar) han triunfado las dos y de paso, ganamos todos. El premio gordo fue para Vermut y su mundo mágico, habrá que esperar todavía para sentarse ante su obra así que, de momento, lo cierto es que la primera batalla de verdad la ha ganado Alberto Rodríguez. Ha salido a competir justo el fin de semana del cierre del Kursaal y ha arrasado. Salas llenas, millón de euros prácticamente conseguido en unos días y, lo mejor de todo, mucho ruido. El ruido siempre es bueno.

Porque sí, ‘La isla mínima’ es una gran película. De principio a fin. Lo que se empezó a atisbar en ‘7 vírgenes‘ y lo que unos confirmaron y otros muchos descubrieron en ‘Grupo 7‘ se asienta de pleno en ‘La isla mínima’. Un thriller sí, pero en la trama, porque en la concepción y en el resultado final es un clásico del cine negro por derecho propio. Puesta en escena solvente. Simple. Nada llamativa pero muy efectiva. Los mejores resultados suelen conseguirse así, con sencillez. Parece fácil y no lo es. Como el dominio y el control del tiempo que tiene el director sobre absolutamente todo el metraje. Perfecto. Dos personajes con grandes actores y mejores actuaciones a la cabeza de una trama que avanza cuando y como Alberto Rodríguez quiere y, el espectador, ni se inmuta. Se limita a seguir sin rechistar el hilo que le marcan con destreza. Algo al alcance de muy pocos.

La historia es de las que siempre funcionan: paraje más o menos inhóspito, crímenes violentos sin resolver, personajes enfrentados pero obligados a entenderse y tramas secundarias que ni estorban ni molestan. Enriquecen. Así, poco a poco, uno va entrando en esa búsqueda de dos detectives de ciudad que llegan a las marismas del río en plena zona rural andaluza para buscar a dos niñas desaparecidas. La fecha, 1980. El trasfondo, todo lo que se pueden imaginar y más. Desde una democracia en la incubadora pasando por la liberación de la mujer y hasta el mal llamado sueño americano. Mal llamado porque no es de allí. Es de todas partes. Pero todo eso, en segundo plano, sin molestar pero haciendo avanzar a la historia principal. Esa que al final, en mayor o menor medida, contiene lo más efectivo: lujuria, gula, avaricia, pereza, ira, envidia y soberbia.

Puede que al verla muchos piensen en ‘True Detective’, algunos en ‘Zodiac‘ y ‘Seven‘ y hasta otros pocos en ‘Twin Peaks‘. Lo siento, chicas muertas y colgantes siempre me hacen pensar en Laura Palmer. También es inevitable visualizar a la par ‘Memories of Murder’. El coreano Bong Joon-ho está muy presente. Sobre todo esa dualidad policial, la lluvia o los campos extensos y húmedos sembrados con cadáveres femeninos. Pero no. ‘La isla mínima’ tiene vida propia. Raúl Arévalo y Javier Gutiérrez no son Matthew McConaughey ni Woody Harrelson. Sus personajes tampoco se parecen. El escenario sí y hasta alguna de las pistas, pero las casualidades son así. Eso y que el thriller es algo tan visto y tan tratado que al final, si uno quiere, todos pueden ser iguales. Por cierto, Arévalo y Gutiérrez no son su dupla americana porque simplemente están mejor que ellos. Javier Gutiérrez hace el papel de su vida, así, tal cual. Mientras que Raúl Arévalo está al nivel acostumbrado y ese no es otro que el de uno de los mejores actores del cine actual.

​Pero La isla mínima no es perfecta. Es soberbia. Eficaz. Contundente. Pero le falta algo. No sé el que, algo. Es uno de esos trabajos redondos que, por lo que sea, no termina de cerrar. Eso sí, y volviendo a las odiosas comparaciones, su final, es mejor que el de ‘True Detective’. Bastante mejor.

​Así que ni mínimos ni mágicos, con películas así ganamos todos. Como con ‘10.000 kilómetros’ o ‘Stockholm’. Curioso. Todas recientes y todas de la misma nacionalidad. Lástima no extirpemos los clichés, mejor nos iría. Pruébenlo, no se arrepentirán.

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