The Kingdom of Dreams and Madness (Mami Sunada, 2013)

¿Sirven para algo las películas? A pesar de haber dirigido algunas de las mejores obras de animación de los últimos treinta años, Hayao Miyazaki duda de la importancia de su filmografía. Duda de su valor para alguien más que para él mismo, de si su legado prevalecerá. Hacer películas es doloroso, pero las sigue realizando. Considera esto como un argumento que pone a prueba la predominante visión de que el objetivo último de la vida es la felicidad personal. Tiene que haber algo más. Miyazaki es un hombre de otra época, un artista del siglo XX con férrea disciplina de trabajo, preocupado por el destino político de Japón y horrorizado por el desastre de Fukushima.

En ‘The Kingdom of Dreams and Madness‘, Mami Sunada sigue el día a día de Studio Ghibli durante los últimos meses de producción de ‘The Tale of Princess Kaguya’ y ‘El viento se levanta’. Sus responsables, los genios y rivales amistosos Isao Takahata y Hayao Miyazaki, llevan adelante los proyectos presionados por la inquebrantable voluntad del productor Toshio Suzuki. La mirada de este documental se centra en Miyazaki, su rutina y su relación con el resto de empleados a su alrededor. En el proceso y con gran naturalidad logra sumergir al espectador en su mente, mostrando destellos de su minuciosa y peculiar forma de afrontar la vida y el arte.

Como la ufana gata Ushiko que pulula libremente por las instalaciones, somos testigos silenciosos del intento de capturar y recrear la desbordante imaginación del director. ¿Son sus películas uno de esos sueños malditos? La profunda conexión humana en que se basan sus producciones se ve perfectamente reflejada. A través de concisos viajes a los orígenes de Ghibli y de relatos que nos transportan a su niñez, se muestra el inexorable y crepuscular anacronismo de un estudio cuyo único objetivo y lema fue siempre hacer buenas películas. El final de una era parece inevitable y, aunque Miya-san diga lo contrario, para todos los que valoramos su cine Ghibli no es únicamente un estúpido nombre que tomó de un avión. Siempre será sinónimo de magia y emoción.

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