Entre el cielo y el Infierno (“Carnivàle”, 2003/2005, Daniel Knauf)

Por @nmories

“Sujetaos bien y saludad a la Luna de mi parte”

En 2003, un vendedor de seguros, llamado Daniel Knauf, jugó bien sus cartas, probablemente los Arcanos Mayores, y consiguió que la HBO, entonces llena de tacones, soldados, periodistas y mafiosos, hiciera un hueco a la magia, la suciedad y el horror.

Unos carromatos desvencijados recorrían la América Profunda, la más profunda y sórdida, en el año 32, durante la Gran Depresión. En paralelo a ellos, un reverendo visionario obraba milagros y todo anunciaba un gran combate. Bien contra mal, luz contra oscuridad, locura contra cordura. Ese era, en esencia, el planteamiento principal.

El señor Knauf se sacó la carta de la Luna de la manga y mostró que todo era más complejo. Mucho más. Y horripilante.

La heredera más directa de “Twin Peaks” te hipnotizaba con la estética esotérica y a la vez costumbrista de una cabecera fuera de lo común. Eso no era un “Freak Show” con un lavado de cara, no, eso era “The Golden Age of Grothesque”. Polvoriento. Herrumbroso. Hijo bastardo del morbo, el horror y el cristianismo arraigado en la médula de las clases más bajas.

Así eran ésos que te daban la bienvenida a su carnaval de lo marginal y lo deforme. Cogías su mano, te dejabas llevar al ritmo hipnótico de los violines, pianos y banjos, que a ratos electrizaban y, en otros momentos, te envolvían con etéreas melodías que no sabías si celestiales o infernales.

Te agarraste bien a la barra de la noria. Disfrutaste del espectáculo intentando no gritar… demasiado.

“La gente está dormida, son sonámbulos, es bueno despertarles”

Encontraste la belleza en lo inhumano: en la deformidad corporal, en la moralidad relativa, en las tormentas de arena negra. La decadencia era hermosa, y la senda de la virtud, por el contrario, hacía chirriar los dientes.

Te alegró comprobar que los límites se desdibujaban. Que en este festejo de lo hórrido nada era blanco o negro, más bien tenía mil matices de grises y ocres, ofrecía dudas en lugar de respuestas, solo sembraba espanto y dolor en el nombre del señor, fuera este quién fuera, se invocara desde un tarot o desde un púlpito.

Los antagonistas compartían visiones y pesadillas, confundiéndolas con la realidad, levantándose los dos con la misma sensación de locura y contaminación, de esa que se huele entre las sábanas sudadas tras una noche de espanto. También ellos dormían con el enemigo.

Pero a pesar del ambiente al margen de la realidad, el verdadero mérito era lograr la inquietud y el escalofrío sin sustos, aspavientos o terror al uso. Todo era más sutil, cotidiano y palpable, siempre cubierto de esa pátina polvorienta que se te colaba en la garganta (realmente podías sentirla) y te asfixiaba e hipnotizaba al mismo tiempo, queriendo saber más, ansiando conocer más.

“La Luna indica confusión y desamparo. La Muerte, presagio de transformación”

Decrépita belleza y maravilla, eso era “Carnivàle”. Mucho de horror y pecado. Impactantes pero sutiles imágenes que no quieres ver, colándose por el rabillo del ojo, en forma de fetos delicados flotando en formol, parpadeando tan frágiles y bellos, mirándote con sus ojos esféricos y negros, mientras te preguntabas: “¿Pero qué coño estoy viendo?”

Su encanto y potencia residían en esos pequeños gestos, en los mínimos detalles. La ternura y la brutalidad se cogían de la mano y no podías dejar de mirar. Y de pensar.

Y de estremecerte cada vez que Él, el Reverendo, llenaba la pantalla entera con su enorme presencia. Tenía los ojos enloquecidos y una espléndida e inquietante sonrisa que absorbía toda la luz a su alrededor. Desde que le vi, para mí el demonio tiene esos ojos y esa sonrisa. Mi Satán particular, el que me espera en cualquiera de los círculos infernales al que vaya a parar, es él. El Reverendo y su voz plena y sin dudas. Porque el mal, si hay algo que no tiene, son dudas. Y camina erguido, vestido de negro, mientras te revuelves en la comodidad de tu sofá.

Tenía mucho mérito conseguir eso. De verdad que lo tenía.

“Los hombres han cambiado el milagro por la razón”

Eso fue lo que sucedió. La razón se impuso.

Las audiencias, los costes inasumibles (venga ya, si había dinero para los zapatos de Carrie Bradshaw también lo habría para unos carromatos que se caían a pedazos) y la poca voluntad, cerraron para siempre el carnaval que nunca fue tal cosa.

En 2005, tras dos temporadas, la noria dejó de girar y los feriantes recogieron sus tiendas, en silencio (y con los gritos de muchos fans huérfanos de magia), que es como se van todas las pequeñas cosas tan maravillosas que son incapaces de perdurar o de sobrevivirse a sí mismas, salvo quizá, en nuestra memoria, donde unos desconocidos menos monstruosos de lo que creíamos, siguen viajando hacia Babylon para siempre.

“A todo esto… ¿Donde coño está el Patrón?”

En el próximo capítulo: “Retorno a Brideshead”

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