Solitarios e infelices (Winter Sleep, 2014. Nuri Bilge Ceylan)

Por @henarconh

¿Qué provoca la soledad? Algunas respuestas pueden encontrarse en la última ganadora de la palma de oro en Cannes: ‘Winter Sleep’. Durante el festival muchas eran las voces que afirmaban que Nuri Bilge Ceylan, el director turco de Érase una vez en Anatolia, después de haber recogido premios importantes en anteriores ediciones, alcanzaría por fin el mayor galardón en esta ocasión.

Durante la primera hora y media del film uno se adentra en el mundo de Aydin, un excelso Haluk Bilginer, a través de los generosos diálogos que mantiene con sus vecinos, su inquilino, su hermana o su joven y bonita mujer, que diría François Ozon. Uno vislumbra como ese maduro actor retirado lo consiguió todo y ahora no le queda más que un montón de palabrería y un pasado que no le ha dejado disfrutar de la opulenta vida que su profesión le regaló. Moral. Conciencia. Esfuerzo. Bla. Bla. Bla. Conceptos que sólo minan la moral de quien escucha con los bolsillos vacíos.

Winter Sleep es un precioso rincón en Anatolia donde la tristeza se va posando en los habitantes con la nieve que lo tiñe todo de blanco. Los picudos edificios simulan pequeños icebergs dorados como los rayos de esperanza cada vez más tenues de quienes los habitan.

Aydin y su mujer no tienen otro vínculo más que el techo que les cubre. Aquel que lo tiene todo pasea formando un ángulo de 60 grados con su cuello y barbilla. Alecciona a quien tiene cerca e insiste en todo lo trabajado y sudado para justificar cientos de miles de bienes materiales que le hacen infeliz y los cientos de litros de alcohol que calman una culpa que no se sabe cómo nació. Quien no tiene nada llora porque la vida le debe algo, porque su existencia merece un sentido. Señala con el dedo al que posee, comparan méritos e infancia. Nada les consuela ni les une ni les separa. Ambos acaban volviéndose arrogantes y solitarios. Ambos son igual de miserables e infelices.

El personaje de Melisa Sözen, la esposa de Aydin, no deja de recordarme a Carmela Soprano. Una mujer que no tolera ni lo que hace ni lo que es su marido pero que prefiere vivir al abrigo de la comodidad que le otorga. No es el tipo de pareja de Secretos de un matrimonio, ni de Una mujer bajo la influencia. No se trata de que la pasión les abandonara, o que uno de ellos se haya convertido en el  enfermero del otro. Es algo lamentable, un matrimonio de conveniencia en el que no hay infidelidades ni relaciones entre ellos. Es un acuerdo lleno de reproches en el que lo importante, si es que lo hubo, nunca fue el amor.

“- Maestro, aconséjeme. Los pobres se quejan de que los ricos no les dan limosna suficiente… y los ricos se quejan de que los pobres les piden demasiado… ¿Qué hago? – Majestad: Enseñe a los ricos a dar y a los pobres a no pedir.” Rezá así una de las fábulas pánicas de Alejandro Jodorowsky, que bien podría servir como retrato del conflicto interior de muchos de los personajes que conforman Winter Sleep. El resto, los más importantes en la historia que nos ocupa, han sido vencidos por la soberbia: Los que tienen no ofrecerán, los desposeídos no aceptarán.

Admito que cierto miedo puede recorrer el cuerpo del espectador ante la idea que rodea la película, a modo de terrible profecía, de que la riqueza o la pobreza nos viene adquirida desde nuestro nacimiento. Estamos destinados a pasar hambre o calor. En una de las diversas charlas metafísicas que se ofrece al espectador, se reprocha que no se debe ayudar a quien Dios ha destinado a la miseria. ¿En que grupo estaré designada? Uno siempre prefiere pertenecer a los ruines antes que a los arruinados.

El invierno, el viento y la nieve impiden atisbar un halo de felicidad en Anatolia central. Sólo los extranjeros que se albergan en el hostal del matrimonio protagonista lucen sonrisas. “Sólo es feliz quien aprende a serlo” sentencia Aydin en una discusión con su esposa y tiene razón. Conformarse es tan de nuestros antepasados. Siempre querremos lo que tiene el de en frente y siempre encontraremos algo o alguien a quien echarle la culpa: al pasado, al gobierno, al pelo rizado, al casero, al panadero o al profesor de física. A veces, sólo a veces, la culpa también es nuestra, pero asumir es una cosa muy cara para estos tiempos que corren y no está la cosa para desperdiciar el dinero psicólogos y aprender a repartir los pecados.

¿Y tú? ¿Eres de los que lo tiene todo y se empeña en convencerse de que no tiene nada? Dámelo a mi que sabré valorarlo. Me niego a acomodarme en la infelicidad. SUEÑO_DE_INVIERNO_04©_NURI_BILGE_CEYLAN.jpg_cmyk   SUEÑO_DE_INVIERNO_12©_NURI_BILGE_CEYLAN.jpg_cmyk