Submarine (Richard Ayoade, 2010)

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Para considerar la adolescencia la peor o la mejor época de nuestra vida sólo es necesario que pasen los años suficientes. Un día volvemos la mirada atrás y empezamos a recordar con verdadera nostalgia momentos de una época repleta de miedo, inseguridad, incertidumbre, ensayo y error con una inesperada pátina de romanticismo. Todos nos sentíamos fuera de lugar, ajenos a los demás, incapaces de encajar en un mundo con unas reglas que no acabamos de comprender nunca. Con quince años todo está transformándose a nuestro alrededor porque nosotros mismos cambiamos a cada minuto que pasa. Eso es lo que intenta retratar Richard Ayoade en ‘Submarine‘ desde un tono amable e irónico.

Cualquiera puede entender a Oliver, ese joven con inquietudes, perpetua expresión seria y que siempre va vestido de negro. Él es de esos que sufren toda clase de desprecios y abusos porque no se deja llevar constantemente por la corriente. Cuestiona todo a su alrededor desde los ideales que ha ido forjando pero no duda en renunciar a sus principios si se interponen en el camino del progreso. Y el progreso significa encontrar el amor en Jordana, la chica del abrigo rojo que no destaca especialmente por nada salvo lo que es capaz de ver en ella. La convierte en alguien diferente, en el objeto de deseo en el que por primera vez invertir y exponerse emocionalmente.

Desde la impostura de quien se cree capaz de manejar dilemas adultos, Oliver no quiere que nada cambie. Tampoco está preparado para asumir las consecuencias de sus propias acciones o aceptar la tragedia definitiva que a todos nos afecta en algún momento: la muerte. Aun así, es el último en enterarse de esa dura realidad, porque cuando relatamos nuestra propia historia desde un punto de vista personal siempre nos concentramos demasiado en juzgar a los demás y no a nosotros mismos. Todas estas experiencias sirven de catarsis para el aprendizaje y el crecimiento en ese camino de toma de decisiones prácticas buscando la felicidad, mientras renunciamos a nuestra visión estática del mundo que siempre podremos recordar como una película rodada en Super 8.