Esperar o vivir… Bergman es para cualquier estación. (Un verano con Mónica, 1953. Ingmar Bergman)

Por @nachojouve

El verano se va tan rápido como llegó. Las primeras lluvias de octubre, esas que tras empaparlo todo no dejan regusto en forma de bochorno insoportable son el certificado definitivo del final estival. Casi como el amor, bueno, como las relaciones más bien. Que cuando se acaban lo hacen tan rápido como llegaron y, prácticamente siempre, con un reguero tan húmedo como el de las primeras lluvias de octubre. Aunque en este caso, lloran personas y no nubes.

Es en ese momento, en esa época, cuando se multiplica ese ansiado deseo. Esa terrible necesidad de dejarlo todo. Ese “salta por la ventana valiente” de los inmortales Ana y Otto. Cortar de raíz. Dar carpetazo, portazo o lo que más rabia les de y abandonarlo absolutamente todo. Poner tierra, mar o aire de por medio y salir sin mirar atrás. Seguro que sí, seguro que han tenido la sensación, el deseo, aunque solo sea una vez. Y lo más probable es que no hayan querido hacerlo en soledad. Que ese impulso haya sido provocado por algo o por alguien. ¿Amor?

Esa sensación es única y, si se lleva a cabo, es lo más cercano a la felicidad que se podrá estar. Es así. Se olvida todo y se deja lo demás aparcado en un rincón. Solo existen dos personas. Nada ni nadie más. El resto del mundo estorba y lo único que se quiere es aprovecharlo para desaparecer.

Las vidas de Harry y Mónica son cansinas, anodinas, duelen de la tristeza que desprenden. Solo hay aire para respirar cuando cada uno puede hacerlo a través del otro. Ya sea en la calle, en un bar lleno de viejos borrachos o envueltos en la magia y en la oscuridad que solo una pantalla de cine es capaz de generar. Hasta que sucede que, un día, uno de los dos no puede soportar más el sopor que le rodea y arrastra consigo al otro. Lo empuja a una aventura que podría suceder en cualquier lugar del mundo y durante cualquier estación pero que, en este caso concreto, es veraniega y por aguas suecas. Mónica no puede más así que da un portazo y sale corriendo sin nada. ¿Sin nada? No. Sola no puede. No se atreve. No es capaz. Así que arrastra a Harry con ella.

¿Quién no se ha visto en esa situación? En la de cualquiera de los dos. No digan que nunca, no me lo creo. No duele admitirlo. Todo lo contrario. Miras atrás y lo recuerdas con una sonrisa. No todo, claro. Pero siempre hay algo que genera esa sensación de felicidad. Ese saber que se está vivo, que se ha vivido. Que se ha sido feliz y se ha disfrutado de la vida. Que, todo eso, se ha hecho con la persona que quería hacerse. Da igual si arrastraba ella o arrastra él. Es indiferente. Los dos estaban vivos. Incluso si después todo acaba de la peor forma posible, da igual. Lo importante no es el tiempo que duran las cosas: un día, una semana, tres meses o sesenta y tres años… Lo realmente importante es cómo se vive ese tiempo. Cómo se aprovecha. La intensidad que se le pone a esos minutos, días, meses o años. Lo que para los ancianos de Haneke eran ochenta y tantos años en esa oda al amar de verdad a otra persona que es ‘Amour’, para Mónica y Harry no es más que unas semanas de verano porque al final, dure lo que dure, su pasión se agota y su magia se acaba. Se puede regenerar claro pero tienen que querer los dos. Es como la vida y, Begman, lo sabe bien. Casi mejor que nadie. Ahí está su inmenso legado, solo hay que acercarse a él. Un verano con Mónica es tan solo un ejemplo más.

Después de pasar poco más de hora y media riendo, llorando, sufriendo y disfrutando con su aventura, lo que quiero es que, cuando llegue ese final, sea consciente de que he vivido. Mejor si son ochenta años que dos meses. Pero que he vivido. Por eso cuando Harry se mira en ese espejo que al inicio devolvía la imagen de la pícara Mónica, lo sabe. Ha vivido la felicidad. Lo que sea que pasase después, es irrelevante.

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