El topo (Alejandro Jodorowsky, 1970)

No puede existir el bien sin el mal, la inocencia sin la corrupción, el amor sin la traición, la fe sin la herejía, lo espiritual sin lo terrenal, la civilización sin la barbarie, la justicia sin la venganza. En ‘El Topo‘ de Alejandro Jodorowsky el desierto es soledad. Esa inherente a nuestra propia existencia, repleta de contradicciones y en constante conflicto. Cada uno elige su camino, sus principios y el precio por renunciar a ellos. Ya sea por algo más grande que uno mismo o por una banal ambición egoísta ¿acaso importan los motivos? El Topo viste como la Muerte y se comporta como si fuera el mismísimo Dios, pero no es el mejor pistolero. Enfrentarse a los cuatro maestros del revólver supone un auténtico camino de iluminación, conociéndose mejor a si mismo y comprendiendo la verdadera naturaleza del universo. Sin embargo, vencerles puede ser en realidad su gran derrota.

Cuando el fracaso es total no queda más remedio que plantearse la autodestrucción o usar lo aprendido para renacer. La mayoría no es capaz de asumir una transformación así de radical, pero al menos será uno mismo el que decida qué hacer con el resto de su vida.

Abandonamos los totems de la infancia porque pensamos que nos atan al pasado. Nos envilecernos con el tiempo y pasamos a otros que nos esclavizan cuando somos adultos. Quizá renunciando a todo y viviendo exclusivamente para el prójimo se pueda detener el eterno ciclo de la violencia. Encajando las agresiones de los demás, teniendo a alguien en quien apoyarse, pensando con el corazón y renunciando a luchar. Esa podría ser la gran victoria: carecer de cualquier tipo de necesidad y sacrificarse. Lástima que hasta la sociedad más avanzada se base en el materialismo, la hipocresía, el miedo y el abuso de los poderosos sobre los débiles, los marginados y los desposeídos. Y aunque cambiemos, siempre nos reencontraremos con quienes éramos, los que siempre fuimos. Esa misma esencia es la que dispara todo tipo de mecanismos de supervivencia y nos permite desafiar el statu quo de un mundo definitivamente hostil.