Doctor Who. Straight on ‘til morning.

Por @JuanmaRuizP

Algo tiene ‘Doctor Who‘, que pide ser compartida. Yo venía a hablar de su octava temporada, y de pronto me ha asaltado esa idea. Y es que más allá de sus virtudes actorales (con las arrolladoras interpretaciones de Christopher Eccleston, primero, y de David Tennant, Matt Smith y Peter Capaldi, después); o de la exquisitez de sus guiones y diálogos, afilados como una katana dialéctica; más allá incluso de unas tramas que ponen el dedo en las llagas éticas y sociopolíticas de la condición humana; por encima de todo eso, lo que el aficionado a Doctor Who quiere es regalarle la serie a quienes lo rodean, como quien regala un pack de experiencias tipo “cata de vinos” o “spa para dos”. Pero no con esa sensación de superioridad de quien se sabe miembro de un selecto club cultural por haber visto o leído algo exquisito. ¿Cómo podría? Al fin y al cabo, hablamos de una serie sobre un extraterrestre que viaja en el tiempo y el espacio a bordo de una cabina telefónica, así que elitismos los justos. Al contrario, el “whovian” quiere extender la palabra, no con ánimo evangelizador, sino por el puro impulso de que el otro descubra y disfrute de un patio de recreo extraño y maravilloso. ¿Qué demonios tiene, entonces, Doctor Who?

Es verdad que la serie es capaz de hilar episodios de calado social con otros revestidos de pura interpretación filosófica. También es verdad que los géneros se mezclan sin solución de continuidad dentro de una misma temporada, o incluso de un solo episodio: de la comedia al terror, al misterio o a la space opera más desbocada. Y que el sentido del humor eminentemente british del asunto le aporta un toque comparable, qué se yo, a las películas de Edgar Wright (‘Zombies Party‘, ‘Bienvenidos al fin del mundo). Pero el ingrediente clave, la argamasa para aunar todos esos elementos, dispares y disparatados, es algo muy diferente. Algo tan primario y elemental que es fácil pasarlo por alto en cualquier receta, como quien se olvida de echar sal al guiso perfecto: es, sencillamente, la emoción. Emoción visceral, básica y pintada en colores vivos.

Porque lo que queremos los seguidores de Doctor Who (y me incluyo, sí: esto no es una disección audiovisual, es una carta de amor a un extraterrestre británico) es que quienes nos rodean vibren con esa sensación tan esquiva en la que se dan cita el escalofrío, la carcajada y el llanto disimulado o desconsolado. Alcanzamos ya la octava temporada (yo venía a hablar de ella, ¿recuerdan?) y el showrunner Steven Moffat ha sabido conjugar una vez más la inteligencia de su Sherlock con el puro disfrute que se siente la primera vez que uno ve en su infancia ‘La guerra de las galaxias’ o ‘Superman. O, si son ustedes de la generación de los ochenta y tuvieron la ocasión, de la primera vez que vieron ‘Hook. Porque no se engañen: ‘Doctor Who’ no es una serie. ‘Doctor Who’ es la isla de Nunca Jamás.

Háganse un favor, y viájensela.

doctor_who_christmas_carol

DW_Series_6-2