Gone Girl (David Fincher, 2014)

GoneGirlFincerSpecialShoot ¿Quiénes somos en realidad? ¿Quiénes son todas esas personas que nos rodean? ¿Qué les pasa por la cabeza? No sabemos hasta qué punto conocemos a nuestros amigos, familiares, allegados, compañeros de trabajo o figuras públicas que admiramos u odiamos visceralmente. En cada contexto y nivel social representamos un personaje en función del objetivo que tenga interactuar con los demás. La dinámica cambia completamente si pretendes conseguir atención, amor, simpatía, comprensión, fama o dinero. Puedes ser un marido modélico, una dulce y dedicada esposa, una joven inocente, un ex pirado o visto por otros convertirte en un maltratador adúltero, una bruja distante, una zorra universitaria o un antiguo amante que no ha superado la ruptura.

Gone Girl‘ es una sátira del matrimonio, una disección de los efectos del tiempo y los problemas económicos en las parejas, un análisis acusatorio de la falta de honestidad en nuestra forma de relacionarnos, un retrato amargo de la cultura mediática en la que estamos inmersos. David Fincher sigue con la cámara a un típico hombre medio estadounidense que se encuentra con la sospechosa desaparición de su mujer en el mismo día de su aniversario. Pero en verdad somos nosotros los protagonistas. Todos aspiramos a ese matrimonio ideal con una persona interesante, inteligente, divertida, bella, con una profesión creativa, sin problemas de dinero y a vivir en una casita en las afueras con todo tipo de comodidades innecesarias y, por supuesto, un gato.

Pedimos demasiado a la vida y sufrimos las consecuencias de fingir que estamos a la altura de nuestras exigencias. Mucho más de lo que decimos nos define lo que no contamos, los secretos, nuestros más oscuros deseos, nuestras insatisfacciones. Por eso interpretamos siempre un papel, incluso en la intimidad. Y da igual cuál sea la percepción pública, cualquiera que nos juzgue desde fuera lo estará haciendo a partir de una de las infinitas capas de la muñeca rusa que forma nuestra identidad. Lo más perturbador es que ni siquiera dentro de una relación podemos estar seguros de las intenciones o de la autenticidad del supuesto amor de nuestros sueños. O de nosotros mismos.