Animales Humanos (“Bronson”, 2008, Nicolas Winding Refn)

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Por @nmories

No me caes bien.

No me gusta tu bigote de fantoche, ni tu pose de supermacho hormonado. No me gusta tu calva brillante, lo mal que te queda la ropa y esa pinta sucia que tienes.

En serio, tío, no me gusta nada de nada. Y estoy segura de que, aunque te metieras bajo una manguera a presión, seguirías teniendo la misma facha de guarro y descuidado. De barato. De saldo de barrio bajo. No me caes nada bien.

Y la cosa va cada vez a peor. No me gusta tu comportamiento infantil ni tu sumisión ante tu familia. Casi prefiero al bruto descerebrado de antes, que al crío desorientado demasiado grande para una cama en la que es un extraño desde hace años.

No me gusta tu timidez ante una mujer ¿no eras un superhombre? ¿No eras tú ese que cambió su nombre por el de Bronson, creyéndose el paradigma de la virilidad? De verdad, tío, antes eras ridículo y ahora eres un corderito manso y apocado.

No me caes bien, Michael Gordon Peterson. No eres lo que esperaba. Ahora, que tan de moda está la fascinación por el mal, el encanto del horror, los bisturíes pulidos y los banquetes a los que mejor pensárselo dos veces antes de acudir, pensaba que te adoraría desde el minuto cero.

Eres el hombre más peligroso de Reino Unido, ¿no? O eso dicen. Tenía previsto enamorarme de ti al primer vistazo. Como sucede con Alex, como ocurre con Hannibal. Porque estamos programados para ello. Para postrarnos ante el becerro de oro del mal ficticio. Pero tú, Bronson, eres real. No tienes nada de etéreo, elegante o refinado. No eres un hombre de ensueño con “serios problemas emocionales”. No quieres ser redimido. No buscas ser salvado, porque eres víctima y verdugo a la vez, eres carne y eres sangre. Eres un ser mitológico, un Minotauro moderno y criminal.

Bronson. Me caes mal.

Eres real y no puedo más que rendirme. Y eso, eso da miedo. Pensar que en el fondo, deseo esa rendición. No recordar un solo día en el que no esté sometida a la tiranía de la perfección. Contar las calorías de lo que no voy a comer, solo fotografiar. Correr como si me persiguiera un tigre y contarlo en mi red social favorita, y en todas las demás, por si acaso. Enseñar mis puestas de sol y mis playas, pasadas por un filtro suave, que les quite todas las aristas. Sonreír, responder que estoy bien, que todo va bien. Si todos lo hacen, es porque será lo correcto, ¿verdad? Es lo deseable. Lo que se debe hacer sin pensar, siempre sin pensar. Pulir. Sacar brillo. Disimular. ¿Hace cuanto que no me dejo llevar? ¿Hace cuanto que no dejo libre al animal que llevo dentro?

Te odio, Bronson. Me haces desear lo que no debo. Me haces querer gritar de rabia y felicidad, mientras el pulso me late salvajemente pidiendo más y más, y otra vez más. Quererlo todo. Quererlo ahora. Caer agotada después de celebrar el placer sin culpa.

No me caes bien. Porque me haces soñar con ello.

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