Tiempos difíciles (Dos días, una noche; 2014. Jean Pierre y Luc Dardenne)

Por Imanol Martínez

La tristeza tiene un modo particular de medirse. Cuando uno lo pasa mal, un día parecen más de 24 horas, y uno pasa por noches que parecen que no terminan, como en la canción de Petula Clark. La más reciente película de los hermanos Dardenne ‘Deux jours, une nuite‘ (Bélgica, 2014) retrata la lamentable tristeza en que al día de hoy vivimos, una tristeza colectiva y terrible: la de vivir con lo puesto y salir al paso día con día.

“Yo no soy quien les puso a decidir entre la prima y mi despido”, les dice Sandra, interpretada por Marion Cotillard; el personaje que cuenta con apenas un fin de semana para convencer al resto, y a sí misma, de que está en condiciones para seguir trabajando. Se agradece –si es que es esa la palabra- que de tanto en tanto una película nos haga cuestionarnos no aquellas “preguntas universales” que nos son propias, sino las más inmediatas: las del día a día. Qué harías tu, por ejemplo, si se aparece un fin de semana en tu casa una compañera de trabajo para pedirte que votes para que se quede en la empresa que emite tus cheques, cuando ello pueda significar renunciar a una prima que equivaldría al pago de todo un año de luz o gas, a un nuevo televisor cuando estás empezando desde cero o a construir la casa que como matrimonio has prometido. La realidad es así, dura, como la película. Nos arrojaron a un mundo sin preguntarnos si queríamos jugar el salvaje juego de sobrevivir. Tomar decisiones. Pensar en uno, en el otro, en el futuro. De eso se trata.

La película se atora en el ritmo, quizá porque se mide de ese modo particular que tiene la tristeza; quizá porque cuando nos apuntamos a vérnoslas por nuestra cuenta el tiempo se suspende. Y en ese encabalgamiento de planos secuencia acudimos a los dos días que tiene la protagonista para saber con quién cuenta. Las reacciones y justificaciones de  aquellos a quienes acude nos muestran un abanico de respuestas que si conmueven o enfadan son porque entendemos tan fácilmente eso de “ponerse en el lugar del otro”. A fin de cuentas todos somos partícipes de este brutal juego.

Para cualquiera que haya estado en el lugar de los perdedores, el que haya hecho de una causa perdida su bandera, encontrará en Deux jours, une nuite una alegoría terrible de los días que nos toca vivir. El paro no es un titular bajo el que se suman cifras, es una enfermedad aún peor que la tristeza. Y como ella, como la depresión y como el duelo, llega de pronto sin que nadie nos pregunte.

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