Tracks (John Curran, 2013)

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No es algo extraño que alguien concentre todas sus energías y dedique su vida a realizar un proyecto o alcanzar una meta autoimpuesta por el mero hecho de demostrar que puede llevarlo a cabo. No se trata de estar a la altura de las expectativas ni de realizar ninguna hazaña. Tampoco es necesario ser un héroe o un individuo extraordinario, simplemente una persona corriente. Porque en realidad una persona normal tiene la oportunidad de hacer cualquier cosa que se proponga.

En ‘Tracks‘ la joven Robyn Davidson se empeña en cruzar los desiertos australianos desde el Territorio del Norte hasta llegar al océano Índico con la única compañía de cuatro camellos y un perro. Y la de su soledad. Una buscada pero que también lleva años creciendo en su interior, como evidente secuela de perder a su madre siendo niña y que la criara otra persona. Pero los viajes en camello no empiezan ni acaban, sólo cambian. Como muchos otros descubrieron antes que ella, el viaje implica transformación. Tanto para aquellos que puedan encontrar su hogar en cualquier lugar como para los que ninguno lo es. El viaje se convierte para Robyn en una obsesión que sirve de huida hacia adelante, intentando dejar atrás sentimientos que no consigue expresar ni entender.

Es en la ruta que uno se marca donde llega un punto en que crees que no aguantas más. Entonces eres capaz de ubicarte, al conseguir estar en paz contigo mismo. Entre la muerte y la desolación, totalmente desamparada. De ese modo Robyn logra sacar a la superficie su necesidad de conectar con los demás y con la civilización sin sentirse atada. Sólo en el momento en que te conoces es posible experimentar esa auténtica forma de libertad. No se trata de estar al margen de la sociedad o huir de los conflictos, sino de entender el dolor que todos experimentamos y convertirlo en una razón para seguir adelante a pesar de que las circunstancias puedan parecer absolutamente adversas. Así se podrá estar rodeado de la nada, rumbo a lo desconocido, enfrentándote al infinito y conservar la habilidad de sonreír.