Existir en la orilla: Georges Perec, René Magritte y la coherencia cuántica. (Un hombre que duerme, 1974. Bernard Queysanne)

Por @mercutio_montes

Al principio es sólo una especie de lasitud, de fatiga, como si súbitamente te percataras de que desde hace mucho rato, desde hace muchas horas, eres presa de un malestar insidioso, entumecedor, apenas doloroso y sin embargo insoportable, la impresión dulzona y sofocante de no tener músculos ni huesos, de ser un saco de yeso entre sacos de yeso.

Georges Perec, El hombre que duerme

Hay domingos en que uno debe soportar la poderosa sensación de mandar al nuevo día a la mierda. Despertares que suelen venir acompañados por punzantes resacas. El mundo queda reducido a un espacio de un metro, treinta y cinco de ancho; y hasta un mero parpadeo duele. En este mundo limitado, harás acopió de toda tu energía con la que intentar aprovechar el resto de la jornada de manera inactiva. La dura ocupación del no pensar. La vida vegetal. Cuando los domingos desdeñan el calendario, convirtiéndose en cualquier otro día de la semana, comienza a preocuparte. Porque en realidad, la fiesta nocturna te es indiferente, y las mañanas de resaca te abandonaron hace tiempo, pues la bebida dejó de agradarte. Por tanto, ya no existen excusas. No habrá preguntas ni tampoco respuestas. Se renunciará a todo habito, compromiso o responsabilidad con la misma frase: “Preferiría no hacerlo”. La preocupación se volatiliza, el nihilismo te invade, no quieres participar en una vida concebida por otros, tampoco quieres combatirla, solamente quieres negarla desapasionadamente. Estas colapsado.

Así debe sentirse el protagonista de El hombre que duerme desde la primera secuencia, que es de lo único que hablaré, del fondo de su primera secuencia, del modo que se presenta la acción e inacción del personaje, y de cómo, de forma simbólica, mediante tres elementos, nos descubren el transcurso que tomará la historia. Esta película dirigida por Bernard Queysanne, con guion de Georges Perec, que adapta a la gran pantalla la novela de idéntico título que él mismo escribió años antes, trata las dudas existenciales de un joven estudiante parisino.

Ocurre con regularidad que ante un evento importante, uno de aquellos que marcan el futuro más inmediato, o quién sabe si también el más lejano, el sueño se convierte en pesadilla. Esa noche anterior a la cita, donde todo lo estudiado se olvida, lo sufrido no es recompensado o la construcción de la vida en pareja se desmorona, existe angustia y temor. Al despertar, el colchón amortigua el viaje y una fuerte sensación de alivio se apodera de ti. El protagonista de esta historia amanece temprano para dirigirse a sus exámenes de sociología. Para él, las pesadillas comienzan al despertar. Mientras lo habitual, después de tanto esfuerzo, sería presentarse a la cita, él decide ausentarse y, petrificado en su cama, queda desconectado del mundo. En realidad, no es una decisión, es la falta de decisión. “No es un gesto premeditado, no es un gesto siquiera, sino una ausencia de gesto, un gesto que no realizas, gestos que evitas realizar.” A su vez, lo habitual también ocurre. Es aquí cuando se ofrece una paradoja. Hay un mismo protagonista que toma dos decisiones, pero solo una nos será narrada por la voz en off, que durante todo el metraje acompaña al protagonista. Esta voz en off, femenina, neutral, vigilante, abrumadora, analiza las acciones del joven, en tiempo presente y en segunda persona del singular.

El hombre que duerme.

Una escalera mecánica. Dos direcciones.

“Tú no te mueves. No te moverás. Otro, un sosia, un doble fantasmagórico y meticuloso hace, quizá, en tu lugar, uno a uno, los gestos que tú ya no haces: se levanta, se lava, se afeita, se viste, se va.”

Muchos de vosotros estaréis familiarizados con las teorías cuánticas, el fenómeno de la coherencia y el experimento imaginario de El Gato de Schrödinger. Otros estaréis hartos de escuchar y leer sobre ello; para otros será la primera vez. Pasaré de puntillas sobre el tema, pues más adelante mencionaré este fenómeno para explicar uno de los elementos simbólicos que componen la habitación del joven. A groso modo, este experimento consiste en colocar en una misma caja un gato, un átomo radiactivo con una probabilidad del 50% de desintegrarse (en un tiempo cualquiera) y un frasco de veneno. Si el átomo se desintegra, el gato muere envenenado. Sin abrir la caja, la física clásica diría que el gato esta vivo o muerto con probabilidades exactas. Sin embargo, y aquí reside la fascinación por este suceso, la física cuántica diría que el gato esta vivo y muerto al mismo tiempo (coherencia). Solo cuando el observador abre la caja para analizar el estado del mismo, uno solo de los eventos será mostrado (decoherencia). O vivo o muerto. (Cabe destacar que estos sucesos ocurren a nivel subatómico, pero se usan estos ejemplos para representar, de forma común y ampliada, su extraña paradoja.)

Una carretera. Dos direcciones

Una carretera. Dos direcciones

Desde la secuencia inicial de El hombre que duerme, la realidad del protagonista diverge y la película queda quebrada en caminos paralelos, separados por las decisiones tomadas y no tomadas, como un rayo súbito que corta un árbol y aleja la corteza que por entonces formaba una sola entidad. Este es el fondo de la secuencia; en su forma, Queysanne y Perec decidieron emplear tres elementos simbólicos en la habitación del joven con el propósito de orientar al espectador.

El hombre que duerme

Un espejo resquebrajado

El espejo actúa como canalizador entre dos mundos. La ventana donde conectamos con nuestros otros “yoes”. Cuando me posiciono ante un espejo, en primer término veo mi figura, al fondo la habitación donde me hallo. ¿Quién somos ante un espejo? ¿Veo mi reflejo o, por el contrario, soy reflejo de otro? El espejo donde se observa el joven protagonista está quebrado. Parece una única línea emergida desde la parte inferior del espejo, y que al avanzar hacia la parte superior, hacia su inevitable final, desemboca en dos cruces, que como si fueran zonas de toma de decisiones, presentan otros nuevos hilos que también influyen en el cristal resquebrajado.

Ante un espejo, las dos figuras confluyen en perfecta sintonía. Los mismos gestos articulados, en dos espacios paralelos, simétricos. Ante un espejo no hay sorpresas, las dos figuras se comportan de la misma manera, piensan de la misma manera, viven de la misma manera. La persona tras el espejo se compone de todas y cada una de las partículas elementales que forman tu cuerpo, tu ser y tu conciencia. Entonces, es al salir del influjo del espejo cuando esas dos figuras pueden actuar libremente, y decidir, en un mismo contesto, opciones opuestas que separarán sus caminos por siempre.

El hombre que duerme

Relatividad de M. C. Escher

En la habitación reconocemos la impresión en lámina de la litografía Relatividad de M. C. Escher. El artista manipula el espacio y la perspectiva, creando una ilusión óptica, desafiando la gravedad y la construcción de espacios y arquitecturas imposibles. Como sí multitud de universos paralelos concurriesen en un mismo recinto, y creasen, con ello, caminos ilógicos para el espectador.

El hombre que duerme

Reproducción prohibida de Reneé Magritte

La Reproducción Prohibida es el tercer elemento simbólico a analizar, y el más complejo de todos ellos. Aúna tanto la simbología del espejo como la teoría de la coherencia cuántica. De ahí que lo dicho anteriormente sirva, en esta ocasión, para resolver el enigma que esconde la obra surrealista de Magritte. Señal inequívoca de la idea expuesta inicialmente por Perec. A primera vista, identificamos sus componentes: un hombre, un libro y un espejo. El hombre está inmóvil frente al espejo, pero no es el efecto habitual lo que vemos plasmado, sino la imagen de la parte trasera de su cuerpo. Algo imposible de creer, algo absurdo. Ahora, apliquemos la interpretación anterior, donde el espejo actuaría como canalizador entre dos mundos paralelos. En esta ocasión, dos hombres, un libro y un espejo componen el cuadro. O mejor dicho, componían. Me explico. Si vamos más allá, una tercera persona intervendría directamente sobre la imagen. Una tercera persona que actúa como observador y que nos muestra su punto de vista. Dispuesto de tal forma que no vemos su reflejo en el cristal, el observador expone su visión subjetiva de la escena, y con ello, una única realidad, un único estado; pues al observar, se produce la decoherencia. Entra por tanto a colación las teorías cuánticas. Este “espejo cuántico” mantiene un estado superpuesto (coherencia) de un hombre a un lado y otro hombre a otro. Visto anteriormente, la teoría nos diría que la figura estaría en los dos espacios a la vez, en ambos lados del cuadro. Es más, uno se vería reflejado en el otro. Por tanto, al entrar el observador a analizar la escena, solo una de las dos realidades le será mostrada. Podemos suponer entonces que la realidad impuesta sobre la otra es la del hombre de espaldas, pues Magritte nos da la pista duplicando su punto de vista en el espejo. Tanto el observador como nosotros mismos vemos una única realidad, mientras los dos hombres se asoman a la realidad del uno y del otro.

En esta primera secuencia de El hombre que duerme, todo ocurre en silencio. El joven se levanta temprano y hace el examen. Es entonces cuando entra la voz en off y vemos el segundo estado, aquel donde el joven no articula gestos y queda postrado en la cama. Por tanto, Perec nos regala con suma sutileza la identidad de la voz en off, que no es otra que la del observador, que al intentar analizar la escena incide directamente en el estado del suceso, y nos hace, a su vez, participes de la observación (como también lo hace Magritte en su obra) con una narración en presente y en segunda persona. De esta manera, con un cuadro de Magritte, una litografía de Escher y un espejo, Perec y Queysanne nos sumergen mediante simbolismos en la historia existencialista de este joven parisino.

“Que los días comiencen y que los días acaben, que el tiempo transcurra, que tu boca se cierre, que los músculos de tu nuca, de tu mandíbula, de tu mentón se relajen del todo, que sólo el subir y bajar de tu caja torácica, los latidos de tu corazón sigan dando testimonio de tu paciente supervivencia”.

El hombre que duerme