El punto de vista equivocado (“Olive Kitteridge”, 2014, Lisa Cholodenko)

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Por @WillyGChristmas

He pensado en “Olive Kitteridge”. No en la serie, en la mujer. No en Frances McDormand, en “ella”. Durante una semana.

He buscado en sus aristas, escrutado cada gesto, intentado leer entre líneas; tratando de encontrar en Olive la mujer, la persona, la madre … Y todo lo que tenía era una cita:

“Líbranos de las armas, y de los padres suicidas”*

… Un trocito de un poema de John Berryman que viene a resumir el fatalismo de Olive Kitteridge: Encontró a su padre muerto cuando era poco más que una niña, y este hecho la marcaría para siempre.

Bueno, pero… ¿Y…? ¿… Y ya está? ¿Justifica un trauma infantil la incapacidad de Olive de amar, de tener un solo gesto de cariño, de reaccionar ante los vaivenes de la vida?

Entonces me puse manos a la obra en el sano ejercicio de no documentarme: No leer la novela homónima, no repasar, más allá de lo que recordaba, la cinematografía de Lisa Cholodenko, la directora, (“Los chicos están bien”, “High Art”) y, en mis múltiples horas de soledad buscada, pensar en “Olive Kitteridge” y en qué coño le había dado a la HBO para que hicieran una serie sobre ella.

Porque, pensándolo bien, cualquiera de los otros personajes de la trama hubiera merecido para sí el protagonismo de esta historia: Su marido (Richard Jenkins, magnífico como siempre), al que podríamos calificar como “el hombre tranquilo y soso que ve cómo la vida se le escapa”; la ayudante de farmacia (Zoe Kazan, y unas gafas con las que es su abuelo), que sería “la inocencia y la bondad sin rumbo que acaba inexorablemente sometida”; o el jóven vecino esquizofrénico, que nos remarca y nos resalta la importancia en la serie (y en la vida) de la enfermedad mental. Sea grave o leve.
Y luego está Peter Mullan. Y Bill Murray, al final.
Cualquiera de ellos, hasta el perro, hubiera tenido una historia digna de contar; una historia atractiva, siempre dolorosa, pero que hubiera dado al espectador la satisfacción de unos mimbres excelentes, la naturaleza inspiradora de Maine… Todas esas vidas eran golosas. De puro sórdidas.

Entonces, ¿Está “Olive Kitteridge” enfocada desde el punto de vista equivocado? ¿Estamos siguiendo la vida del personaje menos interesante, con el que menos nos podemos identificar?

… Lo quiera o no, mi vida ha sido básicamente femenina. Mi mejor amiga ha sido siempre María, los temas decisivos los trato con mi madre, estoy intentando sacar adelante un proyecto con Nieves… De hecho, este artículo me lo sugirió Aixa. Y claro, no me pude negar.
Creo conocer bien a las mujeres (Bueno…). Con los hombres lo intento, y no se me da del todo mal: En cualquier caso, es difícil escribir guiones si no sabes interpretar las miradas de una pareja en un restaurante bullicioso.
Pero seguía sin entender a Olive. Y me preocupaba.
¿Era, simplemente, una hija de puta sin corazón? ¿Es un personaje mal construido? ¿Me estoy convirtiendo en un idiota simplista?

Entonces probé una tontería que se me pasó por la cabeza mientras compraba yogures en Eroski: Sacar al personaje, a Olive Kitteridge, de la historia. Eliminarla, quitar cualquier influencia que hubiera podido tener sobre los demás.
Y, amigos, no quedaba nada.

Porque Olive Kitteridge es la fuerza que mueve el mundo, la bestia, el animal, la que provoca epifanías y tempestades, la que crea y destruye, la que da vida a la vida, la que sobrevive a los cataclismos, la que queda al final, la que sufre y hace sufrir, porque es humana… Olive no sabe querer y le duele, se equivoca y lo sabe; es muy probable que no haya aprendido a vivir, pero nadie se aferra a la vida más que ella; nadie ama más la vida que Olive, la suicida.

Somos defectuosos y generalmente lo hacemos todo mal, y aquel que no lo acepte, es más defectuoso que nadie.

Como dice Elizabeth Strout (La escritora de la novela en la que se basa la miniserie):

“Amamos de modo imperfecto, eso nos hace humanos”.

… Y así fue como, buscando la forma correcta del nombre de la autora, en un titular de periódico, encontré el sentido y la verdad de “Olive Kitteridge”.

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*Traducción libre y propia.