Quiero ser una estrella del pop (Pelo Malo, 2013. Mariana Rondón)

Por Henar Álvarez

En un mundo donde el miedo de los mediocres te espera con el hacha en la mano a la vuelta de la esquina ser diferente se paga caro. Los adultos tenemos mecanismos para defendernos de estos seres, incluso si estamos en su mismo grupo: difamación, demandas, puñaladas traperas, ignoración… La gente está cómoda en la burbuja que han creado y no quieren hacer nada que lo modifique ni un ápice. Algo así como la casa de metacrilato que diseñan para la protagonista de El ente. Los coaches llaman a esto “la zona de confort” y te enseñan mecanismos para ampliar el espacio donde sentirte cómodo. Paparruchas. Estas personas que tienen su vida tan diseñada al milímetro empiezan a temer por su integridad económica y social cuando aparece alguien que hace algo diferente en su misma competencia. Completamente diferente. Véase el ejemplo de Madonna y la aparición de Lady Gaga, suena a coña, pero de repente todas las divas de la canción popular se sintieron amenazadas. Madonna, que es una señora, llegó incluso a hacer sketches con ella y a alabar sus dotes e inclusión en el mundo de la canción. ¿Qué hubiera hecho un mediocre? Tratar de destrozarle la vida.

Estas historias entre adultos duelen poco, estamos demasiado acostumbrados a escucharlas, verlas o vivirlas. En la película venezolana ‘Pelo Malo‘ es un niño quien tiene que pagar un peaje demasiado caro por ser diferente: El amor de su madre. Al comienzo del curso escolar todos los alumnos deben hacerse fotografías para entregar al maestro. Ellas de misses, ellos de soldados. Junior solo quiere alisarse el pelo y vestirse como un cantante pop para tomarse la dichosa instantánea. Algo normal en un niño, ¿por qué no? Su madre, sin embargo, comienza a pensar que es homosexual y deja de quererle. Deja de quererle.

Con el tiempo he llegado a la conclusión de que la gente que se sale de la norma es la que ha superado la necesidad de ser querida o aceptada. La presión de ser animales sociales y pertenecer a un grupo nos hace participar de unas normas no escritas que además de absurdas están obsoletas. Junior por ser un niño tiene que querer vestirse de soldado o Angélique Litzenburger en Party Girl tiene que querer formar una familia por ser mujer. Pues miren… no. El personaje que interpreta la pequeña María Emilia Sulbarán representa todo lo contrario. Está rellenita, tiene los dientes descolocados y de diferentes tamaños, pero sueña con ser una miss espigada de sonrisa blanca y pelo Pantene. Quiere ser bonita solo para que la quieran. Percibe que los hombres sólo aman a mujeres con esas características. Estamos llegando a un punto en el que incluso, cuando se habla de la profesionalidad de una mujer siempre se incluyen adjetivos referentes a su físico magnífico, si es que lo tiene, para ensalzar aun más su labor. Mea culpa, porque yo también lo hago. Lo ideal sería que la pequeña, tal y como es, decidiera su destino como lo hace Junior.

Que les voy a contar, incluso yo que defendía a muerte mi incisivo central, partido en un accidente de coche cuando tenía 9 años, ahora está completo. Sucumbí a la necesidad de aceptación, a no tener que volver a escuchar que necesitaba ir a un dentista a pesar de ser para mi un símbolo de mi individualidad y de mi creencia en la libertad personal. 

Ser diferente sale caro y ahora mismo no tengo dinero para pagar el peaje. ¡Suerte Junior! Yo también quiero ser una estrella del pop.

Pelo-malo

PELOMALO-Junior-2