El futuro negado (Mommy, 2014. Xavier Dolan)

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Por Imanol Martínez

Cuando en la pasada edición de Cannes Xavier Dolan recibió ex aequo el Premio del Jurado por ‘Mommyjunto a Jean-Luc Godard, muchos vieron en el gesto un momento simbólico, el de un relevo generacional. “Una película nueva dirigida por un viejo, y una película vieja dirigida por un joven” diría el autor de Adiós al lenguaje‘ al tiempo en que el canadiense anunciaba un crepúsculo generacional. Dos infantes terribles entre los que median sesenta años. Uno, cuyo lugar en la historia del cine es indiscutible, y el otro con una precoz carrera que aún siembra dudas.

Hijo de la velocidad y las revistas de moda, Dolan revisita su universo con las mismas taras y destellos de astucia técnica, regalándonos momentos de belleza cuando la música conjura alegorías simplonas que, pese a todo, le permiten a uno conmoverse. La historia de una madre que debe hacerse cargo de su hijo adolescente diagnosticado con TDAH se enmarca por momentos que suspenden el tiempo y que resuenan después de vistos. Ahí están Dido y Oasis y Lana del rey, donde antes estuvieron The Knife o Moderat o Dalida. Quizá lo que requiere el realizador canadiense para validar su envidiable currículum sea reinventarse, abandonar la comodidad de lo que cree dominar, o hallar instantes de grandeza en una historia conocida a riesgo de ser el pastiche de sí mismo.

Las clases de ética en el colegio habrán enseñado a más de uno que el último resquicio de la voluntad, de la libertad de nuestros cuerpos, es poder decir no. Decirlo cuando no baste el amor por terrible que éste sea, cuando ello signifique cargarse al presente imaginando que el futuro será mejor. Nadie nos previene contra ello, contra el delirio de pensar que lo peor ha pasado. Mommy bordea esas cuestiones,  la de los personajes fracasados que intentan que el mundo –esa sucia realidad de un futuro distópico- no les rebase. Dice Dolan que no le interesan personajes débiles, sino aquellos que en su intento por salir adelante fracasan. Y así acudimos en el que quizá sea hasta el momento su mejor largometraje a una pasarela de horrores que van de una macabra piedad por partida doble a la felicidad que se instala en empujar un carro de supermercado en medio de una vía o contonearse con Céline Dion. La trama flaquea cuando una segunda historia no termina de aparecer; se intuye algo que no se aclara nunca y que se echa de menos, el contrapunto de una relación monstruosa entre madre e hijo. La maquinaria de ‘Mommy’ es el pasado que funciona como combustible ante un futuro negado, imaginando que fue mejor, menos terrible, como si se tratara de un viejo sitio en el que todavía sonaba música con la cual cantar y bailar por este perro mundo. No cambiamos, dice la cantante canadiense, sólo nos disfrazamos de otras personas.

Cuando, por ejemplo, los personajes de Band à part seguían bailando o medían un minuto de silencio acudíamos a la antesala de una carrera prodigiosa como un guiño sobre las posibilidades del cine ¿Será la verticalidad de ‘Mommy’ eso mismo?  Donde Godard aborda el sentido del cine, Dolan lo maneja a su antojo. Uno está en el borde, en la última instancia; otro, pareciera, en el jugueteo. Todo es cuestión de enfoque, dice uno de los personajes cuando habla de cómo afrontar la querella legal que da pie a la historia  Todo es cuestión de enfoque, de encuadre, de saber cómo salir de esta. De alcanzar a decir no una vez más. Luego se encienden las luces de la sala. La música sigue sonando.

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