Logan’s Run (Michael Anderson, 1976)

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La buena ciencia ficción no lo es por ser capaz de predecir el futuro sino por hablar de los problemas, temores e inquietudes del presente. En ocasiones esas reflexiones trascienden su propio contexto histórico y se convierten en atemporales. como sucede con ‘Logan’s Run‘. Logan 5 es uno de los encargados de dar caza a los “corredores”, aquellos rebeldes que quieren huir de su horrible destino: ser asesinados cuando cumplen treinta años en un misterioso ritual público para evitar la superpoblación en la ciudad que acoge a lo que queda de la humanidad tras una gran catástrofe. Logan mantiene una curiosidad impropia de alguien con sus funciones, pero las sigue cumpliendo hasta que comprende las motivaciones de los que huyen con la única esperanza de encontrar santuario.

Como en esta ciudad cúpula futurista, vivimos en una sociedad hedonista que ha alcanzado un alto grado de desarrollo, diseñada para satisfacer todas nuestras necesidades. Se nos exige una especialización máxima para ser considerados miembros productivos del sistema con la promesa de que cualquiera de nosotros puede alcanzar el éxito y progresar si sigue las reglas. Unas reglas que aceptamos porque asumimos que están pensadas para el bien común, para todos. En la práctica, las normas son diseñadas por tecnócratas amorales para justificar su propia utilidad y prevalecer. La mascarada comienza a mostrar sus grietas cuando las circunstancias no son las mejores, en momentos de crisis. Entonces unos pocos se cuestionan si la manera en que funcionan las cosas es la única posible o la correcta.

Lo cómodo es encajar y aceptar un camino marcado sin plantearse su verdadera naturaleza. Dejarse llevar en la corriente de pérdida de oportunidades y libertades que se legitima por el bien de la sociedad y la supervivencia, mientras elegimos en un Tinder con teletransportación a alguien para dejarnos satisfechos sexualmente y no pensar. No es hasta que nos afecta directamente la opresión de esta estructura totalitaria cuando reaccionamos. Y al final la esperanza es más poderosa que el miedo y el mayor catalizador del cambio, aunque requiera destruir el orden vigente para construir un nuevo futuro.