Aliens (James Cameron, 1986)

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Todo aquello que despierta nuestros más profundos miedos tiene al mismo tiempo algo de morboso y fascinante. El temor a la oscuridad contiene a la vez la curiosidad por descifrar qué es lo que esconde. Los ruidos extraños despiertan el interés por saber qué los provoca. No hay nada peor que ser conscientes de una amenaza inminente pero desconocida. Preferimos tenerla delante de nuestros ojos aunque su espeluznante visión nos paralice. Creemos que así tenemos una pequeña posibilidad de tomar el control de la situación, sabiendo a qué nos enfrentamos. Ridley Scott manejó estas ideas de forma brillante en ‘Alien‘, dando una auténtica lección de terror psicológico en la pantalla grande.

Pero llega un punto en que no vale esconderse y temer a la oscuridad. Al igual que Ripley, todos sentimos la necesidad de devolver el golpe, de una venganza catártica. Regresar al planeta LV-426 fue la idea de James Cameron para legitimar la existencia de ‘Aliens‘, paradigma de cómo realizar una secuela y adaptar material ajeno. Por sus compañeros en la Nostromo, por su hija, por los 57 años en hipersueño y por el riesgo de que una de esas criaturas llegue a la Tierra. Una sola idea pasa por la cabeza de la protagonista: acabar con todos y cada uno de los xenomorfos que han arrasado con una colonia de terraformación. Dejamos atrás el horror cósmico y la historia se convierte en un thriller de acción con toques bélicos.

Los monstruos de verdad existen y la clave para derrotarlos puede estar más en el ingenio de una niña para sobrevivir rodeada de sus peores pesadillas que en el armamento de un comando de militares altamente preparados. Nuestra mayor debilidad, la capacidad de sentir emociones, es a la vez nuestra fuente de inspiración más poderosa. Ripley pasa entonces de luchar por todo lo que ha perdido a hacerlo por lo que ha encontrado: una razón para seguir viviendo en un universo desconocido y hostil, en el que los intereses económicos se siguen poniendo por encima de los de la humanidad. Nunca se puede subestimar la abnegación de una madre con un lanzallamas.