Welcome to fucking Deadwood!

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Por Julia Gómez

Empiezo con una mala noticia: ‘Deadwood‘ es una serie incompleta, cancelada. El resultado de la enorme inversión que hizo HBO para crear una serie excelente tuvo la respuesta esperada por parte de la crítica (ganó 8 premios Emmy y un Globo de Oro), pero no por parte de la audiencia. Los resultados económicos mandaron y en 2006, ante la indiferencia de muchos y la desesperación de unos pocos, el canal anunciaba que la prevista cuarta temporada no llegaría, aunque se comprometía a realizar un largometraje para atar los cabos sueltos que quedaban. Ese compromiso no se hizo realidad, y la serie “acaba” con un episodio final un tanto torpe, un desenlace imposible para una historia que pedía mucho más que puntos suspensivos.

La buena noticia es que la ausencia de un broche de oro no importa. ‘Deadwood’ merece ser vista. Sus tres temporadas son magníficas porque, si bien esa búsqueda de HBO de la excelencia no fue fructífera en lo comercial, sí lo fue en la calidad. Así, puede presumir de unos diálogos geniales, de un gran reparto, y de una ambientación de 10. Sus decorados nada tienen que envidiar a las grandes producciones de Hollywood, en la espectacularidad y en el detalle.

‘Deadwood’ nos habla del nacimiento y transformación del poblado así llamado, y también de su integración en la nueva nación americana. No son procesos fáciles ni libres de violencia, nos encontramos en el oeste más salvaje. Sí, ‘Deadwood’ es un western, pero no esperéis indios ni vaqueros (aunque alguno sí que hay), ni a héroes a lo John Wayne. La serie está más allá de los relatos épicos que narraban con idealismo la historia de América, más allá de sus lecciones morales. Mira con realismo al pasado y encuentra mucho fango y mucha sangre.

Para relatarnos esa historia nos traslada a Dakota, alrededor de 1870. Deadwood (que existió en la realidad) es un asentamiento provisional levantado tras el descubrimiento de yacimientos de oro, un agujero inmundo a donde llegan hombres y mujeres que quieren empezar de cero. Muchos pretenden hacer fortunas fáciles, muchos sólo se preocupan por sobrevivir, y unos pocos anhelan ganar dinero de forma honrada y establecerse. No faltan aquellos que quieren poder, y harán lo que sea por conseguirlo. Y quien manda es el más fuerte, o el más violento, porque en Deadwood no hay gobierno ni hay ley. Los problemas se resuelven a golpes, en las calles cubiertas de un fango que todo lo ensucia, hasta las almas. En los caóticos comienzos del poblado, quien manda es el despiadado Al Swaerengen (Ian McShane). El dueño del burdel está por encima de todo y de todos, todo lo controla desde su balcón…hasta que llega a Deadwood Seth Bullock (Timothy Oliphant). Bullock se cuenta entre los pocos que pretenden llevar una vida tranquila y honrada, pero su profundo sentido del deber no le permitirá permanecer indiferente a los desmanes de Al, y no tardará en involucrarse y hacerle frente. Ellos son la “pareja” protagonista, un malo y un bueno que marcarán (y se verán marcados por) el destino de la ciudad.

El amigo fiel, la borracha entrañable, el malvado millonario, la puta con corazón de oro… A los habitantes de Deadwood les da vida un gran reparto plagado de caras conocidas para los amantes de las series: Ian McShane, Timothy Olyphant, Titus Welliver, Powers Boothe, Anna Gunn, Dayton Callie, Paula Malcomson o Gerald McRaney. Entre todos ellos destaca McShane: Al Swaerengen es uno de los mejores villanos que han pasado por la pequeña pantalla, un malo tan fascinante en su maldad que acaba ganándose el cariño del espectador (al menos el mío).

Como escribía al comienzo, ‘Deadwood’ también puede alardear de guión, de unos diálogos ágiles y brillantes que están plagados, por cierto, de palabras malsonantes. De hecho es la serie con más insultos y tacos de la historia de la televisión, un vocabulario que puede chocar al principio, pero que refleja a la perfección el salvajismo de alguno de los habitantes Deadwood.

Quiero aclarar que no todo es oscuridad en ‘Deadwood’, que también hay un lugar importante para la humanidad, para las buenas acciones, y para la redención. Y es que al fin y al cabo, la historia de este pequeño asentamiento y la de los hombres y las mujeres que lo habitan, es la historia del ser humano.
Por todos estos motivos, ‘Deadwood’ es brillante. Brilla en su propia suciedad como el oro sobre el que se construye, como el oro por el que se mata y se muere.

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