‘La teoría del todo’ y ‘Whiplash’: Interpretaciones con aroma de Oscar

Nos encontramos en plena temporada de premios y en nuestras pantallas se nota la llegada de películas que están presentes, de una manera u otra en la llamada ‘carrera de los Oscar’, tratando de conseguir premios que les den prestigio en el mundo cinéfilo. Y eso a pesar de todos los casos de galardones inmerecidos y grandes artistas sin reconocimiento que nos ha dejado la historia de la estatuilla dorada. El drama sobre un personaje real que tuvo que pasar por serias dificultades vitales antes de lograr el triunfo es una fórmula muy apreciada por la Academia de Hollywood y en ella se inscribe una de las cintas que más nominaciones han recibido para los Oscar de este año, La teoría del todo.

Muchos conocemos la figura de Stephen Hawking como ese astrofísico postrado en una silla de ruedas, dotado de una gran inteligencia y sin capacidad de movimientos, que tiene que expresarse a través de un dispositivo de voz artificial por los estragos sufridos a causa de la Esclerosis Lateral Amiotrófica, la ELA por la que tantos famosos decidieron tirarse un cubo de agua helada el pasado verano en muestra de una solidaridad un tanto circense. Pero no siempre Hawking ha estado en esa situación, pues hasta sus años universitarios tuvo una movilidad normal, antes de que se manifestaran los primeros síntomas de una enfermedad por la que le diagnosticaron 2 años de vida hace ya cinco décadas y a la que aún sobrevive. Y entretanto ha publicado libros como ‘Breve historia del tiempo’ o ‘La teoría del todo: el origen y el destino del universo’, de gran relevancia en el mundo científico.

Pero ‘La teoría del todo’ reparte su protagonismo entre Hawking (Eddie Redmayne) y la que fue su primera mujer, Jane Wilde (Felicity Jones), a la que conoció durante sus años en Cambridge y que se casó con él a sabiendas de que los médicos le daban poco tiempo de vida. De hecho, el filme de James Marsh (ganador del Oscar por el documental ‘Man on wire’) se inspira en las memorias de Wilde y en el relato que ella hizo de los más de 20 años que pasaron juntos, tiempo en el que llegaron a tener 3 hijos. Por ello, se presta una especial atención a una mujer que llegó a ser esposa y enfermera de un hombre con el que tenía algunas diferencias de base, siendo él defensor de las ciencias y ateo convencido y ella estudiante de letras y cristiana de misa obligatoria, algo que no fue impedimento para una relación entregada.

Si al principio de la película se pone énfasis en el origen de las ideas científicas de Hawking y del nacimiento de su relación con Jane, cuando la enfermedad hace acto de presencia la acción pasa a centrarse más en Jane y en el reto que supone para ella renunciar a una vida propia y amar a alguien que va perdiendo poco a poco la capacidad de moverse y hablar y que no desea recibir asistencia de nadie más. Todo ello mientras debe soportar la contradicción entre sus convicciones de buena esposa cristiana y la atracción que empieza a experimentar por otro hombre que se hace amigo del matrimonio Hawking.

Tras ver el tráiler de ‘La teoría del todo’ uno esperaba la clásica historia lacrimógena del amor como motor para superar la enfermedad sufrida por una inteligencia genial, al estilo de la oscarizada ‘Una mente maravillosa’. Pero lo cierto es que la película tiene una mayor contención emocional y no se cargan las tintas tanto como podría esperarse, dejando algunos apuntes interesantes sobre la supervivencia del amor en situaciones límite. Sin embargo, no nos olvidemos de que estamos ante una película que busca llegar al mayor número posible de personas y que cumple los peajes habituales en este tipo de historias basadas en hechos reales, ilustrando la peripecia con música de corte sentimental y limando las aristas más incómodas (como la relación sentimental de Hawking con la mujer que empezó a cuidarle después del cansancio de su primera esposa) para ofrecer un producto bien hecho que saque una lagrimita al espectador menos exigente.

Se dice que la Academia de Hollywood tiene debilidad por aquellos actores que interpretan a discapacitados y por ello el británico Eddie Redmayne es uno de los favoritos a ganar el Oscar a mejor actor (de momento ya se ha embolsado el Globo de Oro). Visto en películas como Mi semana con Marilyn y ‘Los miserables’, Redmayne muestra un gran parecido físico con el Hawking real y le da vida con gran sensibilidad, tanto en sus años de juventud como cuando la enfermedad hace acto de presencia y la afronta sin perder la esperanza. Sin embargo, creo que la que más atención merece en la película es Felicity Jones, estupenda y sin exageraciones ni momentos de “dadme un Oscar” a la hora de recrear a Jane Wilde y que muestra a una actriz a la que merece seguir la pista, algo que ya venía prometiendo en cintas como ‘Like Crazy’ o ‘The Invisible Woman’. Ellos dos son lo más destacable de una película correcta que se deja ver y se olvida rápido.

Y si la interpretación de Redmayne fue galardonada hace unos días con un Globo de Oro y suena fuerte para los Oscar, igualmente galardonada y aún más fuerte suena la de J.K. Simmons, en su caso a actor de reparto por su duro profesor en Whiplash.

El objetivo de Andrew Neiman (Miles Teller), un joven y ambicioso baterista de jazz, es triunfar en el elitista conservatorio de Nueva York en el que estudia. Marcado por el fracaso de la carrera literaria de su padre, Andrew alberga sueños de grandeza. Terence Fletcher (J.K Simmons), un profesor conocido tanto por su talento como por sus rigurosos métodos de enseñanza, dirige el mejor conjunto de jazz del conservatorio. Cuando Fletcher elige a Andrew para formar parte del conjunto musical que dirige, cambia para siempre la vida del joven.

‘Whiplash’ es el segundo largometraje de Damien Chazelle tras la inédita en nuestros lares ‘Guy and Madeline on a Park Bench’ y la escritura del guión de ‘Grand Piano’, también ambientada en el mundo de la música, aunque con un enfoque diferente. Antes que largometraje, ‘Whiplash’ fue un cortometraje galardonado en Sundance y volvió a ser premiado por el jurado del certamen en 2014, ya en su formato de largometraje, convirtiéndose en una de las revelaciones de la temporada. Chazelle ha asegurado que la idea de su nueva producción tiene tintes autobiográficos, basándose en uno de sus profesores en su frustrada etapa como estudiante de música jazz, que le hizo acabar aborreciendo aquello y dedicarse al mundo del cine. Y es que esta película nos habla de algo que puede ser reconocible por todo el mundo, más allá de su marco musical, de la presión que ejercen algunas personas sobre otras y de los sacrificios y los límites que pueden establecerse en las disciplinas artísticas para lograr un objetivo.

Terence Fletcher es un tipo que no se anda con rodeos, que quiere que sus alumnos den lo mejor de sí mismos, que no se limiten a cumplir con lo mínimo. Y para ello no duda en usar toda la presión psicológica posible sobre unas almas aún por formar y no acostumbradas a una disciplina casi militar, impropia de un mundo artístico. Fletcher es el clásico profesor hueso que todos hemos tenido en nuestra etapa de estudiantes, que no buscaba ser simpático con nadie y con el que había que darlo todo para aprobar. Fletcher es también el clásico jefe con ínfulas de dictador que hace enmudecer a sus pupilos con el ruido de sus pasos y que no tiene miramientos en expulsar a aquel que no cumple con sus expectativas. Y Fletcher también es el clásico entrenador deportivo que usa malos modos para motivar a su plantilla y no duda en enfrentar a unos con otros para fomentar la competitividad. Y sin embargo, no podemos evitar pensar en que Fletcher tiene parte de razón en lo que hace para sacar lo mejor de sus muchachos.

Eso es lo que también cree Andrew, un joven aficionado a la batería que aspira a ser tan bueno como sus ídolos y que tras su timidez inicial acaba mostrando un ego comparable al de su maestro, convirtiéndose en un digno pupilo, aún a costa de menospreciar a aquellos que le rodean, considerándolos mediocres e incapaces de llegar a las cotas a las que él aspira. Porque Andrew está dispuesto a ensayar durante horas cada día hasta que le sangren las manos para ser lo mejor posible y así ganarse la aprobación de su maestro, que acaba convirtiéndose en una suerte de figura paterna. Un maestro que detesta decir a alguien que ha hecho un buen trabajo cuando está por debajo de lo que podría llegar a dar.

Chazelle plantea ‘Whiplash’ (que juega con el doble significado del nombre de un tema interpretado en la cinta y con el significado de la palabra, “latigazo” en castellano) con la caligrafía visual de una película bélica, con un instructor que parece salido de ‘La chaqueta metálica’, unos alumnos que parecen sus soldados y una disposición de las actuaciones como si fueran batallas, en las que llega a haber derramamiento de sangre. Un campo de batalla en el que destacan el fiero profesor y el alumno aventajado en un duelo para establecer quién se sale con la suya.

Uno de los puntos fuertes de la cinta son las interpretaciones de sus dos protagonistas, Miles Teller (‘Divergente’) como el alumno y J.K. Simmons como el maestro, ambos espléndidos. Para Simmons, su personaje de Terence Fletcher es ya un premio en sí mismo tras una carrera donde siempre le ha tocado hacer de secundario en películas de todo tipo, como los filmes de Spiderman dirigidos por Sam Raimi (donde fue J. Jonah Jameson, el malhumorado editor de Peter Parker), ‘Juno’ (donde fue el padre del personaje de Ellen Page) o ‘Quemar después de leer’ (donde fue un jefe de la CIA superado por las circunstancias). Fletcher podría haber sido un villano sin matices, pero Simmons lo dota de cuerpo y corazón, haciendo que el espectador lo desprecie y aprecie al mismo tiempo. Quizá en el mundo real Fletcher y sus métodos políticamente incorrectos no sobrevivirían mucho en un ambiente académico, por la cantidad de quejas que recibiría a diario, pero ‘Whiplash’ nos permite disfrutar de uno de esos personajes que quedan en la memoria cinéfila. Uno de esos malos que consiguen encantar.