La gran farsa – The Good Wife

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Por Juan Francisco Quesada

‘The Good Wife suena a violines y a silencios incómodos de ascensor, huele a vino italiano, el tacto es de traje inglés, sabe a beso en la comisura de los labios y todo lo que vemos es una maravillosa farsa. Me niego a considerarlo rutina porque a pesar de ser algo a lo que ya nos hemos acostumbrado, el hecho de que una serie aguante seis temporadas a ese nivel debería ser noticia. Con Alicia Florrick y sus desdichas me pasó lo mismo que con las alcachofas: las probé muy al principio y no me disgustaron pero decidí darles un tiempo; caprichos provocados por la euforia de la adolescencia que me impidieron seguir con ella hasta un par de años más tarde del estreno. Sería deshonesto decir que desde el principio reconocí al mirlo blanco; lo confundí con una paloma. Me gustó el piloto y le di varios capítulos, los disfruté pero mandé a la nevera el resto dedicándome a otras series peores porque ocurre que a veces no somos coherentes con nuestro propio criterio.

Cuando has subido tanto el listón es difícil cumplir las expectativas, y ellos las habían disparado después de la temporada anterior con el capítulo 5×05, ‘Hitting the Fan’, que es uno de los más brillantes de la serie, con una danza perfectamente organizada a la altura de aquel espectacular plano secuencia de ‘True Detective‘. Por eso esperaba, exigente pero comprensivo, esta temporada que no me está decepcionando.

La trama está muy centrada en Cary Agos y a veces daba la sensación de que estaban quemando al personaje pero con los últimos capítulos a la vuelta de las navidades han conseguido plantar la bases de futuro que pueden dar mucho juego. Ese muchacho rubio, guapo y rico, que a pesar de tener todos los ingredientes para odiarle consigue caerte bien, está sufriendo una transformación interesantísima, ya que lo están dotando de una gravedad como personaje principal que se verá reflejada a lo largo de la vida profesional de Matt Czuchry. Ya no es el niño pijo de Nueva Inglaterra que hace de niño pijo de Nueva Inglaterra como en Las Chicas Gilmore.

‘The Good Wife’ es a la televisión lo que Dean Martin a la música: algo tan elegante que no conviene tomárselo demasiado en serio. Creo que ni siquiera ellos lo hacen a pesar de haber tocado grandes temas de la sociedad americana: armas, pena de muerte, fraude electoral, violación, delitos de guante blanco, política internacional, NSA… Con una agilidad admirable para ajustar los guiones a los temas más candentes dejan que la trama subterránea fluya al ritmo que les convenga. Una de las grandes virtudes de la serie es la capacidad de adaptación tanto a la actualidad como a las apuestas de los guionistas en tramas secundarias que acaban destruyéndose.

Alicia Florrick sigue con su arco narrativo y no podemos decir dónde acabará, no sabemos si es Hillary Clinton o Leslie Knope pero disfrutamos del equipo que la rodea que es lo más divertido de la serie. El bestiario que pivota a su alrededor mantiene la tensión y ese humor latente que nos arranca carcajadas de incredulidad. En una conversación de limusina deliciosa, a la pregunta de si reza para ser buena persona Peter Florrick responde que reza para ser efectivo; es la declaración de intenciones de un hombre que ya ha dejado de buscar la redención y se conforma con hacer lo correcto cuando sus debilidades se lo permiten. En una ciudad donde todos están perdidos parece que la única que tiene el viento a favor es Alicia, una mujer que sólo parece relajada cuando rellena la copa de vino, que cuando parece transformada en una bruja intrigante te sorprende con la ingenuidad de la recién llegada. No es una mujer, es LA mujer.

Ice, Ice Baby

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