Elvira: Mistress of the Dark (James Signorelli, 1988)

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La sociedad actual se ha configurado con la revolución sexual que se inició en los años sesenta pero siguen manteniéndose multitud de tabúes y una represión heredada por los códigos morales de otras épocas. Paradójicamente se educa a los niños dejándoles delante de la televisión viendo películas repletas de violencia, pero se ve con malos ojos que en los medios de comunicación se muestren desnudos o comportamientos sexuales de cualquier tipo. Se nos hace pensar que la sexualidad es algo malo, algo que esconder. Manifestar o compartir tus deseos públicamente sólo puede provocar entonces sentimientos de vergüenza. Tampoco ha dejado de ser algo controvertido que la mujer disponga de su cuerpo como mejor le parezca.

Más allá del llamativo físico y estilismo de Cassandra Peterson en ‘Elvira: Mistress of the Dark‘ hay un personaje autoparódico que subvierte clichés y roles de género, mientras acepta sus propios defectos de forma totalmente natural. Lejos de ser una mujer objeto, Elvira usa su sexualidad de forma consciente mientras suelta sus ingeniosos diálogos, repletos de juegos de palabras y dobles sentidos. Se trata de una mujer con iniciativa que no duda en enfrentarse a un grupo de puritanos que pretenden quemarla en la hoguera o a las oscuras intenciones de un poderoso brujo que quiere hacerse con un antiguo libro de recetas, sin dejar de intentar vender la casa heredada de un desconocido familiar para montar su soñado espectáculo en Las Vegas.

Aparentemente Elvira es el típico mito erótico ochentero que enciende las fantasías de cualquier adolescente. Aunque a priori anacrónica y hasta ofensiva para ciertas sensibilidades y lo políticamente correcto, hoy la necesitamos más que nunca. Elvira es todo un icono feminista que, utilizando como sus principales armas la sátira y el sarcasmo, realiza una reivindicación todavía tristemente válida de que expresar la propia sexualidad libremente no debería tener connotaciones negativas. Lo deleznable es valorar a una mujer por el tamaño de su escote o juzgarla por lo que haga en la intimidad con quien prefiera. Rechazar nuestros instintos es como mínimo un acto de vergonzosa hipocresía y negar lo que nos hace humanos.