‘Corazones de acero’ y ’71’: Hombres en tiempos de guerra

La Segunda Guerra Mundial ha sido un filón para el cine, dando origen a películas de todo tipo y condición que han servido para que el espectador medianamente inquieto haya sido consciente, en formato de ficción, de los horrores que se produjeron entre 1939 y 1945 en los cinco continentes, en la guerra más cruel de la Historia. La producción de este tipo de tramas no se detiene y ahora tenemos en cartel una nueva muestra, Corazones de acero.

En abril de 1945, a pocas semanas del fin de la guerra, el veterano sargento Wardaddy (Brad Pitt) comanda una brigada de cinco soldados americanos a bordo de un tanque (el Fury), que ha de luchar en territorio alemán contra un ejército nazi al borde de la desesperación, pues los alemanes saben que su derrota estaba ya cantada por aquel entonces. A pesar de todo, este grupo de soldados será consciente de que la guerra no se ha terminado aún.

Más allá de los juegos de palabras que puedan hacerse con su apellido, David Ayer es un hombre que poco a poco ha ido ganando presencia en Hollywood y a día de hoy puede presumir de poder hacer cine con bastante regularidad y con repartos cargados de nombres conocidos. Todo ello al mismo tiempo que ha ido desarrollando un gusto por las temáticas protagonizadas por hombres recios, tipos duros de la vieja escuela, al estilo de lo vivido por él mismo en su vida personal. Tras una adolescencia en el problemático distrito de South Central en Los Ángeles y una experiencia profesional en la Marina estadounidense, empezó en el mundo del cine como guionista a sueldo en películas como ‘U-571’ y ‘A todo gas’ antes de dar la primera campanada con su guión para ‘Training Day’. Debutó como director con ‘Vidas al límite’, a la que han seguido ‘Dueños de la calle’, ‘Sin tregua’, ‘Sabotage’ y esta ‘Corazones de acero’, antes de estar inmerso en la adaptación de ‘Escuadrón suicida’, que será su debut en el cine de superhéroes.

Las películas de Ayer se han caracterizado por la presencia mayoritaria de figuras masculinas ubicadas en entornos difíciles e incluso hostiles, donde el compañerismo acabará teniendo una importancia capital. ‘Corazones de acero’ cambia las calles de Los Ángeles en nuestros días, donde se ha ubicado gran parte de su cine, por las llanuras alemanas de 1945, en las postrimerías de la guerra contra los nazis, un lugar donde la violencia tiene un papel primordial sobre cualquier otro sentimiento.

Al ver a Brad Pitt como protagonista de una historia de estadounidenses contra alemanes nazis, muchos pensarán en ‘Malditos bastardos’, pero lo cierto es que esta película no tiene el tono socarrón que tenía la de Tarantino y en ‘Corazones de acero’ hay poco margen para la risa y el humor negro. El personaje de Wardaddy es un tío que no se anda con chiquitas a la hora de llevar la iniciativa en su tropa y desea acabar con el mayor número de nazis que pueda, al igual que sus compañeros de tanque, algo que llamará la atención del joven taquígrafo (Logan Lerman) que es obligado a tomar parte de ese destacamento. No importa que sus compañeros sean gente de grandes convicciones religiosas (Shia LaBoeuf), estadounidenses de origen hispano que luchan por su país de adopción (Michael Peña) o auténticos tarugos que solo responden a los estímulos básicos (Joe Bernthal), todos ellos obedecen a Wardaddy ciegamente y llevan la violencia pegada a sus cuerpos tras años de combates.

La guerra plasmada por David Ayer es una guerra sucia a todos los niveles, con tanques y soldados manchados de lodo y sangre en un lugar sin compasión, donde los nazis antes de rendirse usan a mujeres y niños para oponer resistencia. Una visión del conflicto más cercana a filmes como ‘La cruz de hierro’ de Peckinpah que a otros más centrados en buscar la gloria del conflicto. Sin embargo, Ayer no es Peckinpah y a pesar de ciertos apuntes violentos, acaba tirando de algunos tópicos que le privan al resultado final de tener esa brutalidad interior que le haría ser más difícil de digerir para el gran público. No podemos olvidar que nos encontramos ante una película de estudio y la presencia de Brad Pitt como uno de los productores de la cinta, preocupado por no incomodar de más y de no alejar a potenciales espectadores.

Pitt es un actor que merece su estatus de estrella, pues siempre consigue que te fijes en él, más allá de que los papeles que haga sean mejores o peores. El Wardaddy que aquí interpreta es un tipo carismático, de aparente dureza pero con un interior más humano, como demostrará en su relación con el joven taquígrafo o en la escena ambientada en la casa de uno de los pueblos alemanes liberados por los estadounidenses. Wardaddy podría haber sido un auténtico hijo de perra de colmillo retorcido, pero tiene su corazoncito, porque como su alias indica es un hombre de guerra y también un “papi” preocupado por sus huestes.

David Ayer consigue extraer buenas interpretaciones de su elenco protagonista y sabe dosificar los momentos puramente bélicos (muy logrados) con otros más intimistas que muestran la particular relación de este grupo de soldados. Por ello, ‘Corazones de acero’ (cuyo título en español y ciertos detalles de la temática recuerdan a ‘Corazones de hierro’, la película sobre la guerra de Vietnam que Brian de Palma firmó a finales de los 80 con Sean Penn y Michael J. Fox) es un digno filme bélico, que quizá no pase a la historia pero que nos depara un par de horas entretenidas dentro del caos de una contienda.

Y de la Segunda Guerra Mundial pasamos a otra guerra que no ha sido denominada como tal, sino como un conflicto, aunque ha tenido ingredientes cruentos de sobra. Me refiero al conflicto de Irlanda del Norte, que entre 1968 y 1998 se llevó la vida de más de 3.000 personas con las luchas entre el ejército británico, defendiendo la pertenencia del llamado Ulster al Reino Unido y la banda terrorista IRA, tratando de unir a toda la isla en el mismo país, sin escatimar en muertos. No sólo fue una cuestión territorial, sino también una cuestión religiosa, con un Ulster que en su mayoría profesa la religión protestante, a diferencia del catolicismo del resto de la isla. Una lucha que se llevó a mucha gente inocente por delante y que afortunadamente a día de hoy parece ser parte de la Historia. El cine ha fijado su interés en este conflicto, que ha dado lugar a películas de indudable interés, como ‘El largo Viernes Santo’, ‘Agenda oculta’, ‘En el nombre del padre’ o ‘Domingo sangriento’, suceso este último que también inspiró una de las canciones más famosas de los irlandeses U2.

La que ahora ha llegado a los cines es ‘71’, que cuenta la peripecia de Gary (Jack O´Connell), un soldado británico que tras una emboscada se queda aislado del resto de su pelotón, atrapado en un barrio de Belfast lleno de simpatizantes del IRA que lo buscan para acabar con él.

La cinta es el debut en la gran pantalla del francés afincado en Gran Bretaña Yann Demange, curtido en series como ‘Dead Set’ o ‘Top Boy’ y responde a los cánones del mejor cine de aquellas islas, de un cine que no se anda con remilgos ni con visiones idealizadas en sus personajes y va al grano. Porque a los pocos minutos de metraje, tras un inicio en el que vemos los entrenamientos de un grupo de soldados, un batallón es conducido a Belfast para vigilar que no haya incidentes durante unos registros en el barrio unionista en busca de terroristas. Sus superiores les dicen que no será necesario ir muy protegidos ni usar la violencia, pero lo que estos soldados desconocen es que un uniforme del ejército no es bien recibido en esos lares y tras una llamada a la acción por parte de las mujeres, que usan las tapas de los cubos de basura para alertar a la gente, esos soldados se verán cercados y la violencia no tardará en surgir.

A partir de ahí, tras quedarse aislado del resto y solo ante el peligro, Gary tratará de salvar su vida. Para ello contará con la ayuda de gente que intenta vivir como puede en medio del conflicto sin meterse con nadie y también tendrá que evitar el contacto contra aquellos exaltados con ganas de sangre que saben que hay un soldado británico en su barrio. El director plantea la historia como un western en el que un forastero acaba en un pueblo rodeado de gente amigable y otra más hostil. Un western lejos de desérticas llanuras, ubicado en un entorno lluvioso y gris, en el que el “saloon” es un pub y las cabañas son casas de ladrillo de dos alturas en las que uno se puede encontrar cualquier cosa. Y en medio de todo ello una serie de intereses encontrados, entre aquellos que defienden la violencia contra todo lo que suene a inglés y entre aquellos que prefieren la protesta pacífica, sin olvidar a oficiales del ejército británico que tratan a sus hombres como peones para una serie de intereses poco honestos.

‘71’ es un filme muy solvente y bien interpretado, con mención especial para su protagonista, el joven Jack O’ Connell, que encadena otro papel marcado por la resistencia ante las dificultades tras su participación en el ‘Invencible’ de Angelina Jolie. Por su parte, Yann Demange rueda con gran realismo y buen pulso una historia que evidencia que se puede hablar del pasado más reciente sin adscribirse necesariamente al cine político, poniendo al espectador en la situación de desorientación del protagonista y ofreciendo un relato de supervivencia que da una idea sobre un conflicto que convirtió en zona de guerra y dividió en dos partes a ciudades como Belfast. Ciudades rotas por diferencias políticas y religiosas, con muros que remitieron a otros muros nacidos tras la Segunda Guerra Mundial y que remiten a otros muros aún existentes en conflictos aún duraderos, en una espiral que muestra la historia del ser humano como una historia marcada por las guerras.