Outland (‘Atmósfera cero’. Peter Hyams, 1981)

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Ya sea enclaustrados en un cubículo de una planta de un edificio de oficinas cualquiera o en una explotación minera de una luna de Júpiter establecida en un futuro no tan lejano, formamos parte de una gran máquina que funciona porque todo el mundo hace lo que se supone debe hacer. Es inevitable que a algunos esto acabe por parecerles una aberración y no les convenza el papel que se les ha asignado por defecto dentro de la gran estructura. El sistema está podrido y no es necesario buscar demasiado para encontrar motivos por los que se considere intolerable colaborar en su continuidad.

Nadie quiere entrar a formar parte de una lista negra, del grupo de los señalados como disidentes. Pensar no es nuestro cometido. La única manera de no acabar como un paria social (o peor) es mirar hacia otro lado. No hacer nada malo pero tampoco nada bueno. Mientras tanto, siguen abusando de todos nosotros. Como O’Niel en ‘Outland‘, deberíamos tener el valor de rebelarnos y descubrir si somos capaces de hacer notar nuestra voz discordante y marcar la diferencia. Vale la pena el riesgo si es para salvar la vida de trabajadores ya de por si explotados, tratados como ganado prescindible y convertidos en una cifra más dentro de una hoja de cálculo preparada para optimizar los beneficios corporativos.

Peter Hyams cambia el escenario pero continúa siendo igual de reconocible el arquetípico mito del western americano. Esté armado con una escopeta o embutido en un traje espacial, el Marshall sigue dispuesto a hacer frente en solitario a los hombres enviados para liquidarle en el último transbordador. En una sociedad cada vez más indolente, cobarde y alienada que vive únicamente para satisfacer una cuota de producción lo que faltan son héroes. No esos héroes perfectos que saben siempre qué hacer, sino aquellos capaces de reconocer el mal en lo cotidiano y que no dudan en posicionarse. Son los que se niegan a cooperar y tienen el valor de hacer lo correcto: luchar. Incluso aunque signifique sacrificarse sin tener la certeza de que sus actos servirán de algo.