TIMBUKTU: UN POEMA DE RESISTENCIA (‘Timbuktu’. Abderrahmane Sissako, 2014)

 

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(‘Timbuktu’. Abderrahmane Sissako, 2014)

 

Por Esther García Sánchez

El nombre de Tombuctú evoca paisajes lejanos, cálidas dunas, nómadas touareg y leyendas del misterioso continente africano… Pero la ciudad actual dista mucho del histórico esplendor cultural de su madraza. Cuando se desarrolla la acción, está tomada por extremistas islámicos que pretenden imponer sus rígidas normas a la población. La primera escena es una cruel metáfora de sus métodos: un gamo corre por el desierto perseguido por un jeep de jihadistas armados que no cesan de disparar. Su consigna: “cansarlo, pero no matarlo”. Después practican tiro contra varias esculturas autóctonas… Y el silencio se rompe con una melodía (viento madera).

La amplitud del desierto frente a la estrechez de miras. La gente que vive a su aire, y las prohibiciones por megafonía: No fumar, no jugar al fútbol, no escuchar música … También las obligaciones, especialmente para las mujeres, que llenan las cárceles por pasear solas y deben llevar calcetines y guantes en el mercado. Aunque sean vendedoras de pescado y no puedan cogerlo…

Y frente a la irracional imposición, la rebeldía y la dignidad de las personas, que, hartas de las humillaciones, no se callan, les desafían constantemente con gestos y palabras: La pescadera que esgrime un cuchillo y grita que le corten las manos, ya de paso. La antillana desgarrada que pasea con descaro su gallo y sus trajes coloridos y extiende sus brazos para no dejar pasar al jeep. Los niños jugando al fútbol con un balón invisible porque el otro les fue requisado. El hombre que baila. El imán que afirma que libra la jihad contra sí mismo, que para extender el Islam es mejor usar la cabeza que las armas y que pregunta “¿dónde está Dios en lo que hacen?, ¿dónde han quedado el intercambio, el perdón y la piedad?”…

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El hostigamiento se extiende también a la jaima donde Kidane y Satima viven con su hija y un pastorcillo huérfano; tienen una relación cordial y cariñosa, basada en la confianza. Allí la doble moral de los opresores se hace patente: el mismo gerifalte que fuma a escondidas pide a la mujer que se cubra la cabeza mientras lava su cabello. La respuesta, cargada de aplastante lógica, “si te parece indecente, no mires” provoca una contenida irritación y los disparos a un matorral entre las dunas. Las puras líneas del paisaje se destruyen gratuitamente, porque una vez más, la maldad está en el que mira… (¿es un posible escondite, un resquicio de vida que destruir, una imagen de simbología freudiana?…).

Cuando la noche cae, los habitantes de Tombuctú se reúnen en sus casas. Algunos charlan y cantan. Mientras la música se alza sobre la prohibición, las figuras de hombres armados sobre las azoteas, acechándoles, se recortan a la luz de la luna. El canto de Fatou con su cálida voz transmite obstinación, aceptación y serenidad.

La población tiene miedo, pero sienten que no pueden huir siempre. Su desafío tiene un alto precio, pues la severa sharia se aplica sin piedad: 20 latigazos por jugar al fútbol, 40 por hacer música, el enterramiento hasta la cabeza y la lapidación por adulterio.

Kidane y su familia pronto sabrán que vivir fuera de la ciudad e intentar ser independientes no te libra del peligro. El desencadenante de la tragedia, como siempre, un incidente nimio e involuntario. La vaca preñada de Kidane, GPS (curioso nombre en esta región desubicada en que las gentes no consiguen encontrar el norte), se escapa mientras el pequeño rebaño bebe en el río y corre hacia las redes de un pescador, que la mata. Un forcejeo a contraluz, un disparo accidental…

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La espléndida fotografía muestra la belleza del paisaje, impregnado de calidez, de luz y colorido… Las visiones panorámicas enseñan un África rica y diversa, unas tradiciones y un Islam muchísimo más tolerantes y amplios que el fanatismo que algunos quieren imponer.

El noroeste de Mali siempre fue una encrucijada, un área de confluencia de viajeros y de intercambio cultural entre los pueblos, y esta riqueza se plasma en el lenguaje. En los diálogos se alternan con naturalidad el árabe, el bambara, el songhay, el tamaquesh, el francés y el inglés.

La música acompaña como un elemento narrativo más, enriqueciendo cuando hay que huir de la sombría realidad y entrelazándose con planos silenciosos. A veces equilibran un solo de clarinete o de duruk, unas notas de violín, unos acordes de guitarra… Otras la vibrante percusión de la música étnica africana y los instrumentos orientales se combinan con arreglos sinfónicos orquestales, que dan una dimensión más épica y universal a las escenas colectivas…

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‘Timbuktu’ es una película coral, pero a la vez, está llena de gestos y rostros, de ojos brillantes de mirada profunda (tiernos en los niños, dulces en los padres, fieros y orgullosos cuando retan, duros al matar…). El rostro de los seres amados será lo único que Kidane eche de menos cuando apliquen su castigo. El que le toca por no poder pagar la sangre derramada con 40 reses que no tiene… El de la desesperación y la incertidumbre por la próxima generación, que corre sin rumbo…

El film es un poema evocador, lleno de lirismo, ritmo y contrastes, lleno de sensibilidad y sutil ironía, de belleza profunda y de honestidad. Por eso se le perdonan fácilmente pequeñas debilidades del guión, por eso conmueve y deja poso en la memoria. Por eso está nominada al Oscar a la mejor película de habla no inglesa por Mauritania, estuvo en la selección Oficial del Festival de Cannes y ha sido galardonada en los Premios Lumière o, entre otros, en el Festival Internacional de Cine de Chicago.

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Si queréis conocer más de su belleza visual y sonora, aquí os dejamos “Timbuktu Fasso”, el videoclip que la Universal ha preparado, combinando el tema principal de la película (cuya banda sonora está compuesta por Amine Bouhafa y se ha grabado en París, Praga, Turquía y Túnez) y la canción de Fatoumata Diawara