El secreto del éxito (‘Whiplash’. Damien Chazelle, 2014)

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‘Whiplash’ Damien Chazelle, 2014

Por Nacho Jouve

“No hay dos palabras más dañinas que: buen trabajo” 

¿Qué entendemos por el éxito? ¿Qué es para vosotros tener éxito? Mejor dicho, en la sociedad actual, ¿tiene todo el mundo el mismo concepto sobre lo que es tener o no tener éxito? Seguro que no, y si ya entramos en la manera de buscarlo, pelearlo, alcanzarlo, obtenerlo… Ni les cuento. La frase que encabeza este texto es de uno de los personajes de ‘Whiplash’. No de uno cualquiera, sino de EL PERSONAJE por excelencia de una maravilla de poco más de hora y media sobre cómo y cuándo alcanzar el éxito. ¿O más bien trata de cuestionar qué es el éxito para cada uno de nosotros? La cita del profesor Terence Fletcher se me antoja bastante elocuente.

Nacemos, nos educan, nos crían y vamos avanzado poco a poco dentro de una sociedad que muchas veces te clasifica por lo que tienes o lo que dejas de tener. Por si eres más o menos “agradable de ver”, por decirlo de una manera así como… Creo que ya me entienden. Eres señalado o marcado por esto o por aquello, todo vale. Una de las cosas más manidas para etiquetar personas, así, tal cual suena, es lo que quieres ser y a dónde quieres llegar y como el ser humano es como es, no solo no se conforma con eso, sino que además tiende a cuestionar la manera que tenga cada uno de hacerlo. No hay más que encender la televisión y sorprender a nuestra pareja, nuestra familia o, lo que es peor, a nosotros mismos, cuestionando a todos y cada uno de los que aparecen en la pequeña pantalla. Erigiéndonos en jueces de la corte más suprema para sentenciar si merecen o no estar ahí. Si han llegado por esto o por lo otro. Es tan solo un ejemplo pero no me puedo imaginar otro más injusto. Da igual que alguien haya llegado hasta donde está con tres carreras y un par de másters o lo haya hecho por tener una cara bonita. Da igual. Se le va a juzgar desde el primer momento en que asome su careto y, lo que muchas veces olvidamos, es que a lo mejor las dos apreciaciones que he mencionado coinciden en el tiempo y, lo que es más importante, en la persona.

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Milles Teller y J.K. Simmons en ‘Whiplash’

Volvamos a ‘Whiplash’ (si es que hemos dejado de hablar de ella). Situémonos. Nueva York. El mejor conservatorio del mundo, sí, ya saben, para los norteamericanos lo suyo siempre es lo más de lo más. Una pequeña sala de ensayo llena de aspirantes a músicos de ese universo propio que es el jazz y, entre ellos, un chaval. De primeras tiene pinta de todo menos de músico de jazz. Parece más un vendedor de seguros que alguien que quiere convertirse en el mejor batería de la historia de la música (ven, ya estamos etiquetando sin querer). Pero no se engañen, su aspecto es lo de menos. Su look no refleja todo lo que lleva dentro. Una determinación inquebrantable de querer ser el mejor batería de la historia. Sí, no le sirve con triunfar en la música. No le sirve con ser bueno. No le sirve con ganarse la vida haciendo lo que más le gusta. Tampoco le basta con ser el mejor de su clase, de su escuela, de su generación… No. Para él, eso es fracasar. Para Andrew (Milles Teller) lo único importante es ser el mejor de todos los tiempos. Los que han pasado y los que vendrán. Eso es para él el éxito. Eso es lo que está todo el día su cabeza. Repasen todo lo que hemos enumerado que no le sirve a Andrew. Seguro que muchos nos quedaríamos en alguno de esos pasos del camino, que en uno de ellos nos sentiríamos satisfechos y pensaríamos que habríamos alcanzado el éxito. A eso me refería al principio. Para Andrew no, para Andrew el éxito es otra cosa y no piensa parar hasta conseguirlo.

“Quiero ser grande”, dice Andrew.

“¿Y no lo eres?”, le responde Nicole.

Esa evolución que comienza con querer y termina con no parar hasta conseguirlo, cueste lo que cueste, la vemos en Andrew de principio a fin. Desde el primer plano hasta la intensa última secuencia. Por el camino se cae todo lo demás: Familia, amistad, amor… Lastres. Obstáculos. No sirven. Como el hogar. En el piso de Andrew, por no haber, no hay ni cama, ni nevera y ni mucho menos comida con la que alimentarse. No le interesan. No le hacen falta. Se podría decir que hasta le estorban. Su gasolina es otra. Lo único que él necesita para vivir es una batería, un reproductor de música y fotos en la pared de aquellos ídolos a los que no se quiere parecer. Aquellos ídolos a los que quiere superar. Ese es su alimento para subsistir. Para él eso es el éxito y, todo lo demás, merece ser despreciado. Para entender a Andrew es especialmente significativa la relación que se plantea entre él y Nicole (Melisa Benoist). Una de las mayores explosiones de sinceridad que se han visto últimamente en una pantalla.

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Melisa Benoist y Milles Teller en ‘Whiplash’

Dejemos a Andrew y vayamos al otro plato fuerte. Más bien, al corazón de la película. A ese “lo peor que se puede decir en este mundo es buen trabajo”. Al personaje que no solo mueve el film sino a Andrew, su destino y a todos y cada uno de los que estamos sentados observando con una tensión y una angustia constantes, pero ensimismados con el ritmo de la batería. Terence Fletcher es ese personaje que hemos visto mil y una vez pero nunca como aquí. ¿La culpa? Del guión de Damian Chazelle y de J.K. Simmons. Sobre todo de él. Su carrera hacia el Oscar no es más que un trayecto en el que, en cada parada que hace, recoge un más que merecido premio. Sublime. Como el personaje al que encarna. Un músico, un profesor que al igual que Andrew tiene su propia visión del éxito. Ya saben, lo peor que cualquier persona puede decirle a otra son dos palabras: “Buen trabajo”. Para él eso significa cobardía. Es lo que cada uno se dice a sí mismo para convencerse de que algo se ha hecho bien cuando la realidad es que no se ha intentado de verdad. Este “adorable” hijo de la gran p*** resume el éxito en descubrir al nuevo genio del jazz. Encontrarlo, formarlo y moldearlo a su manera. Objetivo para el cuál no piensa escatimar en nada. Si tiene que ofender, ofende. Si tiene que presionar, presiona. Si tiene que gritar, grita. Si tiene que insultar, insulta. Si tiene que vejar, veja. Si hay que humillar, humilla. Para él, para Terence Fletcher, el éxito solo se alcanza exprimiendo hasta la última gota de aquel loco que, por lo que sea, se encuentra en la misma partitura en la que él está.

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J.K. Simmons en ‘Whiplash’

¿Merece la pena? ¿Compensa? ¿Conviene asistir a las clases del profesor Terence Fletcher? Damien Chazelle teje una trama tal que cualquiera puede acabar entendiendo que sí. En cada plano, en cada secuencia, estás deseando que llegue la siguiente. Toda la película es un recital en el que puedes llegar a cuestionarte si los actores lo son de verdad, o son músicos reales de jazz escogidos para interpretar un papel. Mérito de ellos, del guión otra vez, de un montaje soberbio y de un director que consigue absorberte con lo que pone delante de tus cinco sentidos. Damien Chazelle te hace parte de la historia, no quiere que te limites a observar, quiere que tú también estés tocando la batería y encajando un golpe tras otro. Hasta el punto de llegar a comprender y empatizar tanto con Andrew como con el profesor Fletcher. Como ellos, y al igual que cualquier ser humano, tengo mi propio concepto del éxito y aunque no creo que llegase a sus extremos, ‘Whiplash’ consigue que realmente entienda a quienes sí son capaces. A aquellos para los que lo único importante es alcanzar esa meta que se han fijado. Sea la que sea: Escribir un libro, formar una familia, convertirse en el mejor batería de todos los tiempos o ser el descubridor, el creador, del próximo genio de algo a lo que amas más que a ti mismo. Yo de ustedes me lo pensaba dos veces antes de volver a dar las gracias cuando alguien nos diga aquello de “buen trabajo”.

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