‘El país de las maravillas’: Un mundo tan particular como universal

En una cartelera en la que cada semana llegan varias películas para reforzar la oferta de estrenos al alcance del espectador es habitual que se dé el caso de filmes que pasan desapercibidos, ya sea por haber sido poco publicitados y/o por haberse estrenado con pocas copias. Esto es algo que le suele suceder a la mayoría de cine europeo, muchas veces solo al alcance muchas de los espectadores de las grandes ciudades, donde no se sufren los efectos de las tiradas de copias que condenan a los de ciudades más pequeñas a esperarse unos meses para ver ciertas películas. Una de esas cintas que han llegado un poco de puntillas a la cartelera es ‘El país de las maravillas’.

Se termina el verano en un pueblo en Umbría. Gelsomina (Maria Alexandra Lungu) vive con sus padres y sus tres hermanas pequeñas en una granja destartalada, donde producen miel. Las chicas crecen al margen de la sociedad, pues su padre (Sam Louwyck), que cree que se acerca el fin del mundo, prefiere que estén en contacto con la naturaleza. Sin embargo, las estrictas reglas que mantienen unida la familia se relajan con la llegada de un joven delincuente enviado para seguir un programa de reinserción y un programa de televisión presentado por la singular Milly Catena (Monica Bellucci).

‘El país de las maravillas’ es el segundo largometraje de la directora Alice Rohrwacher, hija de padre alemán y madre italiana y hermana de la actriz Alba Rohrwacher (que además de tener un papel en la película como madre de las chicas ha participado en otras como ‘La soledad de los números primos’). Aunque ella ha negado que haya un componente autobiográfico en la cinta, lo cierto es que tiene algunos paralelismos, pues el patriarca es un hombre alemán afincado en la región de Umbría que se dedica a la apicultura, algo a lo que también se ha dedicado el padre de las hermanas Rohrwacher. Un patriarca que, en el caso de la película, es un hombre cascarrabias y algo excéntrico, poco amigo de la evolución.

La acción se sitúa en un tiempo quizá reconocible pero con un aire indeterminado. La propia textura visual de la película nos hace pensar en aquel cine europeo de los años 70 y 80, con colores algo apagados, aunque luego hay detalles tecnológicos, referencias musicales y de estilismo que nos llevan al menos a los años 90. Todo ello para reflejar la historia de una familia apegada a la tradición de la tierra, donde el paso del tiempo no parece tener lugar y que parece vivir al estilo de las comunas hippy, en una casa en el campo que tiene el aire decadente de haber conocido tiempos mejores.

Wolfgang es el cabeza de una familia y único hombre de un grupo compuesto por mujeres. Es un hombre afincado en las viejas ideas al que le gusta tener todo controlado y que se dedica, como no podía ser de otra manera, a una labor tan antigua y tradicional como la producción de miel. La idea de Wolfgang es que sus descendientes continúen el negocio familiar, mientras la mayor de sus hijas, Gelsomina, está iniciando la adolescencia y a esa edad se plantea el clásico desafío a la autoridad y la búsqueda de su propia identidad. Y en medio de esta situación, un jovencito conflictivo llega a la casa familiar para evitar el paso por un reformatorio y un programa televisivo dedicado a ensalzar las maravillas del campo italiano escoge la finca de Wolfgang para uno de sus programas. Demasiados cambios para un hombre instalado en el inmovilismo.

‘El país de las maravillas’ tiene mucho de fábula, aderezada con algunos de los componentes de realismo mágico a la italiana (con buenas dosis de ironía y absurdo) que caracterizaron buena parte del cine de Federico Fellini a la hora de retratar la peripecia de esa familia femenina regida por un duro padre de familia. Y también se aprecia cierta influencia de ‘El espíritu de la colmena’ de Víctor Erice en ese mundo rural que parece una tierra de nadie impermeable al paso del tiempo, en la familia dedicada al miel y su paralelismo con una colmena en la que la abeja reina dicta lo que las obreras deben hacer, además de esas niñas que empiezan a descubrir la vida, que va más allá del mundo que los rodea.

La película de Alice Rohrwacher es una buena muestra de ese cine que sabe reflejar un mundo tan pequeño y universal al mismo tiempo, donde el pasado y el presente se confunden y sus protagonistas observan la vida. Con la propia directora tuvimos la ocasión de hablar para que nos contara algunas de sus impresiones a la hora de llevar a la gran pantalla esa historia.

La directora Alice Rohrwacher

En alguna otra entrevista, has dicho que el título (“Le meraviglie” en italiano original) es porque quieres hacer una declaración de amor al concepto de maravilla. Explícanos esta cuestión.

Para mí “maravilla” es una palabra con dos sentidos. Por una parte se usa mucho en italiano en el mundo de la publicidad para vender algo y por otra parte es una palabra linda porque proviene de mirar, de lo que no se dice con palabras, de lo que se siente.

La película tiene un aura felliniana que es muy curiosa, pero en otras entrevistas, cuando te han preguntado por ello, has dicho que una influencia de verdad suele ser inconsciente. Mi pregunta es, en tu inconsciente, ¿qué influencias tienes para haber sacado esas imágenes que recuerdan tanto a Fellini?

Hay una referencia directa de Fellini porque Gelsomina es un personaje de Fellini. Yo quería decir algo sobre los padres de ella por el nombre que le ponen a ella y a sus hijas, como Caterina o Marinella, personajes de libros, de películas. Sus padres son personas que viven en el campo, pero aman la cultura y la cultura que aman es la misma que yo amo, como Fellini, De André o Elsa Morante. Al ser inconscientes las referencias son complicadas de definir y menos mal que no lo sé, porque si no, no haría nada. Sería como si dijéramos “ahora me voy a dormir y a soñar esto y esto”. No se puede controlar.

¿Cuándo rodaste esta película pensaste que iba a tener tanta repercusión en festivales como Cannes o Sevilla? ¿Cómo ha cambiado tu vida como directora después de recibir los premios que recibiste en esos festivales?

Nunca se sabe cuando estás haciendo la película si ganarás premios, cuando estás trabajando te parece todo un desastre. Mi vida no ha cambiado y no concibo pensar la vida de esta manera en la que unos premios te cambien. Hay mucha más responsabilidad, pero también mucha felicidad.

La película también habla de todo el espectáculo de la televisión, de los realities que se montan con cualquier cosa…

La televisión que quería reflejar era la televisión de la edad de piedra tecnológica, que eso era lo que queríamos hacer, ambientar la película en la edad de piedra tecnológica en el sentido de hablar de el hoy como si fuera la prehistoria. Se trata de una televisión de la que no sabemos su historia, no podemos contar qué pasa en esa televisión sino lo que es en este momento específico.

¿Pensaste desde el principio en Monica Bellucci para el papel de la presentadora de televisión?

Sí, porque ella es la única persona del reparto que todo el mundo conoce, una persona unificadora. Cuando haces una película necesitas algo así, algo que da mucha energía, alguien que unifica a todos, que los chicos y las abuelas saben quién es.

Desde que debutaste (con ‘Corpo celeste’ en 2011), ¿qué es lo más importante que has aprendido que te haya servido para realizar esta película?

Se aprende a hacer un trabajo que cada vez que lo haces lo quieres hacer mejor, pero no se aprende nada definitivo. Para mí es como ser un funambulista, que es la acción más simple porque es andar, pero hay que hacerlo sobre un hilo muy fino y eso no lo aprendes. Lo puedes saber hacer, pero siempre hay un peligro, un riesgo.

En la película devuelves la vida a una casa abandonada, ¿qué te mueve a devolver la vida a algo que ya se da por perdido y por qué esa casa en concreto?

Es justo eso que dices. Lo primero que quise al hacer esta película fue buscar una casa abandonada de las muchas que hay en mi país, y encontrar un objeto, un elemento de quien hubiera vivido allí e imaginar lo que tuvieron allí. En esta casa encontramos la cortina que aparece separando el cuarto de las niñas, y que aparece en la última imagen de la película, que fue la primera que rodamos en ella cuando estábamos buscando las localizaciones.