Blade Runner (Ridley Scott, 1982)

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Hubo un tiempo en que Ridley Scott comprendía como nadie la esencia del lenguaje cinematográfico. Su juventud unida a la necesaria dosis de arrogancia y ambición de cualquier creador para llevar hasta sus últimas consecuencias su visión artística dieron como resultado un hito irrepetible de la ciencia ficción, ‘Blade Runner‘. Con total seguridad se trata de la obra más bella, oscura, compleja, sutil y lúcida de su director. Como tal, es un espejo en el que los espectadores nos vemos reflejados y, del mismo reflejo, podemos aprender sobre nuestra propia naturaleza. Porque de eso trata el cine, una mirada sobre nosotros mismos a través de los ojos de otro. Una mirada que, como en este caso, con su perfección y brillantez puede trascender géneros, fronteras e ideologías y transformarse en atemporal y universal.

El primer plano de ‘Blade Runner’ de esa vasta ciudad de Los Ángeles hipertrofiada por el progreso quita el aliento. Si la ambientación siempre es clave para proveer de un escenario creíble al relato, en una elaborada distopía futurista como esta es la base de cualquier verosimilitud que se quiera insuflar a la historia. El impecable diseño de producción y la fotografía están aquí al servicio del tratamiento de un detallado trasfondo sociocultural y político casi exclusivamente mediante el uso de referencias visuales. Una densa narrativa que se revela con insondable complejidad a través de conflictos sociales que nos atañen como civilización, pero que en sus innumerables ramificaciones acaba resonando de manera muy específica y personal. Todos somos replicantes, viviendo esclavizados de una u otra forma y también intentamos descubrir quienes somos y cómo otorgarle significado a nuestra existencia.

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El universo de ‘Blade Runner’ se integra perfectamente en esa visión pesimista del contexto histórico de principios de los ochenta al que pertenece la producción de la película. Los efectos de la globalización, la superpoblación, las consecuencias en el medio ambiente del crecimiento descontrolado y cómo la explotación comercial de las corporaciones traspasa los límites de la razón, hasta llegar al diseño y fabricación de seres orgánicos artificiales indistinguibles a primera vista de un ser humano. Una generación de androides inteligentes creados para satisfacer nuestras necesidades sin ninguna otra consideración. Se trata de la omnipresente y total carencia de ética en pos de un crecimiento económico sostenido y desbocado, la gran utopía del capitalismo. Los gigantescos avances tecnológicos y la colonización de otros planetas dan igual: la humanidad se muestra en el cenit de su desarrollo científico y capacidad intelectual pero sigue sin desprenderse de sus miserias más básicas.

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Deckard observa a Rachael, una replicante tan evolucionada que pone a prueba su capacidad para distinguirla de una persona real, y cambia su concepción del mundo. Rachael ve en los ojos de Deckard una verdad inesperada cuyas profundas consecuencias hacen que se cuestione su vida. ¿Puede tener sentimientos? ¿Puede ser amada? ¿Es su identidad personal auténtica o pertenece a otro? Roy contempla el universo con una comprensión inimaginable que va más allá de la de cualquier humano. Pero él junto con Pris, Leon y Zhora pretenden conocer a su creador, una misión imposible a la que hemos aspirado como especie desde que tuvimos conciencia de nuestra mortalidad. Como un reflejo de nuestros deseos primordiales, lo único que ansían los replicantes es superar su programación genética para evitar la muerte prematura y ser libres. Deckard se enfrenta a Roy y advierte sus mismos fundamentales anhelos. Roy le devuelve la mirada y encuentra a su igual, luchando por esquivar la muerte y sobrevivir a pesar de las circunstancias para que sus valiosas experiencias no se pierdan como lágrimas en la lluvia.

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