‘Pride’: La unión hace el orgullo

Cuando a alguien un poco cinéfilo le hablan de los géneros que ha exportado el Reino Unido al Séptimo Arte, los que vienen a la cabeza son las películas de época y el “Free Cinema”, un movimiento que surgió como respuesta a ese engolamiento de historias de nobles y reyes de otros tiempos que olvidaban al pueblo llano contemporáneo. El “Free Cinema” tuvo sobre todo vigencia a finales de los 50 y principio de los 60, en paralelo a la “Nouvelle Vague” francesa, con el surgimiento de directores como Tony Richardson (‘La soledad del corredor de fondo’, ‘Mirando hacia atrás con ira’) y John Schlesinger (‘Billy, el embustero’, ‘Darling’), que buscaron dar al cine un mayor realismo mientras se investigaban nuevas formas de narración. Y también fue el embrión de otras corrientes luego características en la cinematografía británica, como el cine social, dedicado a mostrar las inquietudes de la clase obrera, que tantas veces se había quedado fuera de la gran pantalla. Ken Loach ha sido el gran paladín de ese cine social de tono reivindicativo, pero el subgénero ha sido transitado por multitud de directores y también ha tenido una variante más agradable, con filmes que han apostado por dar margen al humor en compensación al drama. Y en ese ámbito se inscribe ‘Pride’.

En el verano de 1984, siendo primera ministra Margaret Thatcher, ante los recortes en sus condiciones laborales, el Sindicato Nacional de Mineros convoca una huelga. Durante la manifestación del Orgullo Gay en Londres, un grupo de lesbianas y gays se dedica a recaudar fondos para ayudar a las familias de los trabajadores, pero el sindicato no acepta el dinero. El grupo decide entonces ponerse en contacto directo con los mineros y van a un pueblecito de Gales. Empieza así la curiosa historia de dos comunidades totalmente diferentes que se unen por una causa común.

‘Pride’ es el segundo largometraje de Matthew Warchus, británico curtido especialmente como director teatral tras un discreto debut en el cine con ‘Círculo de engaños’, a finales de los 90. Para este trabajo lleva a la pantalla un guion del actor Stephen Beresford inspirado en hechos reales, los que unieron de una forma llamativa a mineros y homosexuales en la reivindicación de sus derechos y sus protestas contras las políticas conservadoras de Margaret Thatcher. En los primeros años 80 no eran pocos los que consideraban a los homosexuales una plaga perniciosa y los llamaban “pervertidos”, mientras que los mineros empezaban a ser objeto de la reconversión industrial que llevaría al cierre de un buen número de pozos que habían dado trabajo a generaciones enteras en pueblos de todo el país.

Ambos colectivos tenían cosas por las que quejarse pero no estaban muy próximos en un principio, pues muchos de los mineros no dejaban de ser hombres de la vieja escuela a los que los homosexuales les parecían unos personajes a evitar, motivo de la reticencia de éstos a apoyar a los que los miraban con malos ojos. Sin embargo, la película nos habla del inicio de un grupo de gays y lesbianas que rompen esas barreras de lejanía mutua al comprender que, por diferentes que sean sus integrantes, la unión hace la fuerza ante las injusticias. Tras varias tentativas rechazadas de que algún grupo de mineros acepte las donaciones recogidas, la asociación de gays y lesbianas recibe el visto bueno de una pequeña comunidad galesa a la que se desplazarán para conocer de primera mano la situación. Y no será la única cosa que conocerán, pues si ya era difícil ser homosexual en el Londres de 1984, serán testigos de lo que supone serlo en un pueblecito galés donde algunos les miran como a gente venida de otro mundo.  Aunque, a pesar de las diferencias iniciales, el entendimiento irá surgiendo de forma natural.

‘Pride’ nos recuerda en todo momento que estamos ante una película de cine social, pero buenrollista, de modo que los momentos dramáticos no son demasiado dramáticos y son suavizados por otros más cómicos. La cinta se inscribe en la línea de otras como ‘Full Monty’ o ‘Billy Elliot’, más accesibles para el gran público al limar las aristas en los temas más espinosos. Si otros quizá hubieran pintado la experiencia de ser gay en un pequeño pueblo como una experiencia compleja, en ‘Pride’, tras los recelos iniciales de la mayoría, no tarda en dejarse a una sola familia compuesta por una mujer y sus dos hijos como los únicos malos de la función. Y mientras tanto, el resto empieza a apreciar a los visitantes por traer cosas allí nunca vistas, como hombres dispuestos a bailar.

Además de la lucha de mineros y homosexuales, la película desliza aspectos como el surgimiento del SIDA como enfermedad masiva en la comunidad gay o la lucha particular de un muchacho que debe desafiar a las prohibiciones paternas ante su curiosidad sobre ese mundillo al que otros califican como “pervertido” y en el que él se siente como uno más. Todo ello tratado con cierto trazo grueso y de forma que suena a ya vista, perdiendo parte de la efectividad del mensaje. No obstante, como es norma en estas producciones británicas, las actuaciones están a la altura de las circunstancias y en ‘Pride’ hay una buena conjunción entre los actores jóvenes y otros más veteranos, como Dominic West, Paddy Considine, Imelda Staunton o Bill Nighy.

‘Pride’ es una película entretenida y agradable de ver, bien sazonada con conocidas canciones ochenteras y que permite hacernos una idea de cómo hay ciertas cosas que nunca cambian y de cómo 30 años después siguen de plena actualidad problemas como los que plantea la cinta en las políticas conservadoras hacia homosexuales y trabajadores. Políticas que fomentan las actitudes individualistas del “sálvese quién pueda”, para favorecer sus intereses y ante las que se puede contraponer la fuerza de la unión. Esa es la idea de un filme que recoge esos postulados de la representación social tan “british” sin perder el toque comercial para llegar a las grandes audiencias, que lo cortés no quita lo valiente.