El final del sueño americano (Puro vicio, 2014. Paul Thomas Anderson)

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Por @NachoJouve

Viajan dos hombres en un tren y uno de ellos le pregunta al otro:

– “¿Qué es ese paquete que hay en el maletero que tiene sobre su cabeza?”
– “¿Eso? Eso es un McGuffin.”

No satisfecho con la respuesta, vuelve a preguntar:

– “¿Qué es un McGuffin?”
– “Un McGuffin es un aparato para cazar leones en Escocia.”
– “¡Pero si en Escocia no hay leones!”
– “Pues entonces eso de ahí no es un McGuffin.”

Así, más o menos, es como Hitchcock explica a Truffaut qué es un McGuffin en esa biblia cinematográfica que ambos escribieron (‘El cine según Hitchcock’ François Truffaut, 1967). Desconozco por completo si Paul Thomas Anderson tenía o no en su cabeza esa conversación al llevar al cine ‘Puro vicio’, la inadaptable novela de Thomas Pynchon, pero estoy convencido de que ‘El Colmillo Dorado’ es el nuevo Owen Taylor, una nueva personalidad de George Kaplan o el contenido del maletín que cambia las vidas de Vincent Vega y Jules Winnfield.

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Katherine Waterston y Joaquin Phoenix en ‘Puro vicio’

California, años 70. Sol, playa, hippies, heroína, marihuana, Charles Manson y su “familia”… Un momento en el que todos se dejaban llevar. Un contexto en el que la vida era aquello que sucedía entre viaje y viaje. No parecía haber esperanza ni tampoco muchas ganas por buscarla. Todo el mundo se limitaba a dejarse llevar. El sueño americano había terminado, bastaba con acabar plácidamente un día para poder disfrutar del siguiente. Un colocón casi constante. ‘Puro vicio’. En ese contexto conocemos a Larry ‘Doc’ Sportello (Joaquin Phoenix): Detective privado, hippie, porreta empedernido y con algo tan común como inherente a todo ser humano, un vicio: Shasta Fay (Katherine Waterston). Ella es eso a lo que nunca podrá decir que no y, aunque mientras lean esto estén renegando con su cabeza, estoy más que seguro de que le entienden perfectamente. Yo lo hago y no tengo miedo en admitirlo. Por ella emprende un viaje por la soleada y cool California. Uno que le lleva desde a tratar con simpatizantes de los Panteras Negras que hacen negocios con nazis, hasta judíos ricos y asentados cuya mejor compañía es una banda de motoristas amantes del Tercer Reich. Por cierto, ese ricachón judío es el león escocés de ‘Puro vicio’. Está liado con Shasta, colecciona corbatas con mujeres desnudas impresas en ellas, ha desaparecido y claro, ‘Doc’ no puede negarse a buscarlo cuando ella se lo pide. En esa búsqueda, la hoja de ruta, por decirlo de alguna manera, la marca ‘El Colmillo Dorado’. Barco de extraño origen y contenido que, a su vez, comparte nombre con la mejor tapadera que jamás se le ocurrió a nadie para las consecuencias del caballo.

Ahí empieza el viaje, uno en todos los sentidos, porque si ‘Doc’ Sportello se pasa todo el metraje entre peta y porro, el espectador, también. No, no estoy diciendo que para ver ‘Puro vicio’ haya que ir fumado hasta las orejas de marihuana pero la sensación al estar viendo la película puede que sea bastante parecida y, los personajes, la trama es lo de menos, fomentan esa levitación constante. Ese, no sé que demonios está pasando aquí pero no puedo dejar de seguir a esta gente. Junto a ‘Doc’ está él, Bigfoot, el abominable hombre de las nieves no, el mote del policía que encarna Brand, el hermano de Mickey. Perdón, Josh Brolin. Sublime, al nivel de Phoenix o incluso mejor. Detective de los Los Ángeles con una más que clara animadversión a los hippies pero con una fijación con su “compañero” de batallas y un amor por los pancakes casi comparable al que siente por los plátanos bañados en helado de chocolate. Cuando lo vean, lo entenderán. Como al saxofonista soplón que sólo quiere volver con su mujer (Owen Wilson), a la ayudante del fiscal colgada por el hippie (Reese Whitherspoon) o al mitad abogado, mitad capitán de barco (Benicio Del Toro) que hace las veces de salvoconducto de Sportello. Todos ellos, y muchos más, guiados por una voz en off femenina que marca las pausas necesarias.

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Fotograma de ‘Puro vicio’

Paul Thomas Anderson no es un director al uso, no se parece a nadie y nadie se parece a él. Probablemente ahí resida su genialidad. Su sello es tan particular que, cuando lo deja salir, inunda toda la pantalla. Lo hizo en ‘Magnolia’ con su lluvia de ranas, a lo largo de todo el metraje de la maravillosa ‘Punch Drunk Love’, seguramente su obra más personal, y lo ha vuelto a hacer ahora con ‘Puro vicio’. Cine negro del bueno, con tramas y callejones sin salida que te llevan sin sentido de un lugar a otro con un hilo conductor tan claro como difícil de percibir. Llámenme lo que quieran pero, para quien les escribe, lo último de Paul Thomas Anderson bebe mucho de ‘El sueño eterno’, un par de chupitos de ‘Con la muerte en los talones’ y un ruso blanco bien cargado de ‘El gran Lebowski’. ‘Doc’ Sportello y ‘El Nota’ comparten más de lo que quisieran y, a su modo, ambos son sencillamente inigualables. ¿La única diferencia? El segundo nunca tuvo la secuencia que vive el primero cuando, por segunda vez, Shasta Fey acude a visitarle. Maravillosa.

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Fotograma de ‘Puro vicio’